agosto 16, 2026

La democracia en Chile

por: Mauricio Osorio

En la transición chilena existe una excepcionalidad. Que no consiste precisamente en la fortaleza de la cultura democrática ni menos en la profundidad de la democratización sino, al contrario, radica en las imperfecciones de ésta.

El 11 de septiembre de 1973, los sectores más reaccionarios del capital económico, financiero e industrial chileno y extranjero (léase gobierno de EE..UU.) dieron cuerpo al proyecto que con bastante tiempo ya venían planificando: Golpe de Estado contra el Gobierno constitucional de Salvador Allende.

Este hecho significaría no solamente la muerte del presidente y el fin del gobierno, sino el golpe más cruento a una democracia burguesa que había permitido que en su interior germinara un proyecto que podía ser a la vez, gestora de una nueva forma de sociedad. El programa básico de gobierno contemplaba la construcción de un Estado Popular y una economía planificada, que en gran parte sería estatizada. Aunque la ley de nacionalización del cobre fue aprobada sin oposición en el Congreso, no ocurrió lo mismo con el intento de estatizar las grandes empresas. Al no contar con mayoría parlamentaria, el gobierno decidió echar mano de un olvidado, aunque vigente decreto, que le permitió expropiar cualquier industria que fuese considerada estratégica para la economía. Además de la expropiación, el gobierno utilizó otros mecanismos como la compra de acciones, lo que le permitió controlar casi el 80 por ciento de las industrias y un número importante de bancos.

La transición

Una vez derrocada la dictadura el 11 de marzo de 1990, comienza un complejo proceso de transición a la democracia en Chile, que se desarrolla en varios planos, como el político, económico, jurídico y social. Es también, el esfuerzo de numerosos acercamientos, consensos y pactos, que ya se venían dando desde los primeros años de la Dictadura Militar.

La transición chilena no tiene un carácter único o singular. Es similar a las condiciones globales de las transiciones llamadas sistémicas, institucionales, cuyo desarrollo está determinado por las reglas y procedimientos establecidos por los gobiernos autoritarios precedentes.

En ese sentido, el caso chileno es semejante al español o al brasileño. Pero, así como hay semejanzas típicas, hay también peculiaridades. Son claras las diferencias del caso chileno con el caso español. En este último, la muerte de Franco impulsó una transformación y un realineamiento político del franquismo. En Chile nunca se dieron las condiciones de una “ruptura pactada”. El tirano estaba vivo y también activo.

En la transición chilena existe una excepcionalidad. Que no consiste precisamente en la fortaleza de la cultura democrática ni menos en la profundidad de la democratización sino, al contrario, radica en las imperfecciones de ésta. Lo excepcional proviene del éxito de la cúpula de la dictadura en llevar adelante un proyecto neoliberal y en la capacidad de imponer y de legitimar un sistema institucional que garantiza la reproducción de ese esquema. El caso chileno es el mejor en que se logra preservar el edificio institucional del autoritarismo, a través del esquema de la llamada “democracia protegida”, consagrada por la Constitución de 1980. En Chile no se produjo, después de la derrota electoral (plebiscito) de Pinochet, la dictación de una nueva Constitución, como sucedió en España, sino una negociación superficial y cosmética, en la cual los sectores democráticos negociadores se debieron regir estrictamente por la lógica del mal menor.

Democracia y cambios culturales

Es necesario señalar que la democratización chilena no sólo se explica por factores políticos. Las limitaciones tienen raíces más hondas, responden a los profundos cambios culturales impuestos en el período de la “contrarrevolución burguesa”, ejecutada bajo la dirección política de la dictadura militar.

Chile, en el pasado, no solamente construyó tempranamente su Estado, consiguió también funcionar como nación con mayor eficacia que otros países de América Latina con muchos más habitantes, extensión y recursos naturales. Esto tiene mucha relación con el papel crítico jugado por la violencia en ciertas coyunturas claves; papel que, por otra parte, siempre está ligado a los procesos de construcción y reproducción estatal, especialmente en situaciones de crisis.

Según el sociólogo y cientista político chileno, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales de Chile 2015, Tomás Moulian, “en el fortalecimiento del espíritu societal jugaron un papel importante las funciones cooptativas y/o integrativas del sistema político, el cual durante mucho tiempo canalizó los conflictos sociales bajo la forma de competencia regulada por el poder político, pese a la fuerte significación relativa de la identidad clasista. Por haber sido la política un importante mecanismo de integración social, ésta era una sociedad adiestrada en el manejo discursivo de los conflictos y en la construcción discursiva de legitimidades. También era una sociedad en que diferentes sectores sociales, siempre que estuvieran organizados, tenían posibilidades de representación a través de una gama plural de partidos. La politicidad insuflaba en la sociedad polaridad, movilización y conflictividad, pero en revancha también atenuaba la separación entre la elite y la masa”. Agrega que “esa misma politicidad le otorgaba a la sociedad su tono historicista, porque —desde la década del sesenta— en cada elección estaban en juego grandes cambios sociales. La política apasionaba porque había causas detrás de ella y no meras estrategias de poder de individuos u organizaciones”.

En una sociedad como la chilena priman las estrategias individuales de ascenso y movilidad, no se gratifican o bien se castigan las estrategias asociativas. Hay una especie de “ley de la selva” que el Estado no puede regular, porque le es negada la legitimidad.

Finalmente, la sociedad chilena es distinta de la del pasado, donde ahora priman el mercado globalizado y los mass media, cuya conjunción crea un nuevo campo de estructuración de lo público. Las lógicas de regulación del mercado están desligadas de cualquier patrón objetivo. A su vez, los mass media, envueltos en una loca competencia globalizada, están regidos por un “criterio interno”, el “rating” asociado a la espectacularización.

Para Moulian “el desapego ante lo público tiene que ver, sin duda, con un ethos ahistórico que ha reemplazado el ethos historicista que sucumbió con la derrota de las revoluciones. La sensación que predomina es que los hombres no hacen la historia, que ésta tiene un destino fatal, manejado desde las sombras por potencias incontrolables: el mercado, incontrolable por su atomicidad (a menos que se quiera quebrar el equilibrio y generar caos) y los mass media, incontrolables por su ligazón con los grandes poderes”. 

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