por: Valter Pomar
El desenlace de la campaña por la libertad de Lula, la movilización social contra las medidas del gobierno golpista, las definiciones estratégicas que el PT venga a adoptar, así como el desenlace de la próxima elección presidencial van a decidir no sólo el futuro de Brasil, sino también el futuro del propio PT.
En 1960 el pueblo brasileño asistió a las urnas y eligió su presidente. En 1964 se produjo un golpe militar. Uno de los motivos del golpe era impedir la posible victoria, en las elecciones presidenciales de 1965, de Leonel Brizola, liderazgo del Partido Laborista Brasileño. Después del golpe de 1964, tuvimos 21 años de dictadura militar, en que la presidencia de la República estuvo ocupada por generales. Fue apenas en 1985 que un “colegio electoral” compuesto por parlamentarios eligió a un presidente civil, expresidente del partido que apoyo a la dictadura.
Sólo en 1989 el pueblo brasileño reconquistó el derecho de elegir, a través del voto directo, al Presidente de la República. En esta elección de 1989, Luís Inácio Lula da Silva, principal dirigente del Partido de los Trabajadores (PT) concurrió a la presidencia de la República por primera vez. Casi venció las elecciones. Después y perdió otras dos elecciones presidenciales: en 1994 y 1998. Sin embargo, Lula continuó disputando las elecciones y por fin venció las elecciones presidenciales de 2002 y 2006. Después, con el apoyo de Lula, la presidenta Dilma Rousseff, también del PT, ganó las elecciones de 2010 y 2014.
Los sectores derrotados en las elecciones de 2014, 2010, 2006 y 2002 no se conformaron con la situación. Y pasaron a articular un golpe de Estado. En 2016, sin que hubiera ningún crimen, una mayoría parlamentaria de centro-derecha, apoyada por la cúpula de la justicia y las fuerzas armadas, el oligopolio mediático y el gran capital, aprobó un impeachment totalmente ilegal.
Desde agosto de 2016, la presidencia de Brasil es ejercida por el hasta entonces vicepresidente de Dilma Rousseff, un señor llamado Michel Temer, afiliado a un partido llamado Movimiento Democrático Brasileno (MDB). El gobierno golpista de Michel Temer viene aplicando un programa que destruye la soberanía y entrega las riquezas nacionales, desmonta los programas sociales, genera desempleo, acaba con los derechos laborales y reduce las libertades democráticas. Las encuestas informan que el gobierno golpista de Michel Temer es rechazado por más del 90% de la población brasileña. Y las encuestas de intención de voto apuntan que Lula es el preferido para ganar elecciones presidenciales de octubre de 2018.
Para impedir que esto ocurra, desencadenaron una campaña de medios contra Lula y el PT, amenazan con cesar la leyenda del Partido, procesaron y condenaron a Lula sin que hubiera pruebas. Y ahora lo arrestaron.
La Constitución brasileña es clara: nadie puede ser arrestado antes de ser considerado culpable por todas las instancias de la justicia. Hasta el momento, quien condenó a Lula, en un juicio lleno de irregularidades y sin pruebas, fueron jueces de primera y de segunda instancia. Y en la justicia de Brasil existen tres instancias. Por lo tanto, según la Constitución brasileña, Lula no podría ser arrestado y ni siquiera podría ser considerado culpable. Pero la más alta corte judicial del país ha dado su respaldo para la prisión de Lula.
No es sólo Lula que está bajo ataque. El Partido de los Trabajadores, así como los movimientos sociales y demás partidos de la izquierda brasileña, también están siendo atacados. Pero, aun si, las encuestas siguen confirmando que Lula es el preferido para vencer las presidenciales de 2018. Las mismas encuestas confirman que el PT sigue siendo el Partido que cuenta con la mayor simpatía del pueblo brasileño.
Por esto, si dependerá del sector que comanda el golpismo, Lula quedará preso por muchos años, siendo impedido de concurrir a las elecciones de 2018 e incluso impedido de hacer campaña. Si esto ocurre, las elecciones presidenciales de 2018 tienden a convertirse en un fraude.
Hoy existen 21 precandidaturas a presidencia da Republica. De estas, 16 apoyaron directa o indirectamente el golpe de 2016. Si Lula es candidato, la izquierda seguramente estará en la segunda vuelta. Pero si Lula no es candidato, las encuestas indican que una candidatura de extrema derecha es la que tiene mayor posibilidad de estar en la segunda vuelta.
Frente a esto escenario, hay diferentes posiciones en la izquierda brasileña.
Un sector de la izquierda defiende participar en las elecciones presidenciales, sea por creer que la izquierda puede vencer y / o por creer que las elecciones serían una oportunidad para dialogar con la población y acumular fuerzas.
Otro sector de la izquierda defiende que, si Lula es impedido de concurrir como candidato e incluso impedido de hacer campaña, el resultado ya estará predeterminado y lo mejor sería llamar el voto nulo en las elecciones presidenciales.
Ningún sector de la izquierda defiende boicotear las demás elecciones – para diputados estatales y federales, para senadores y gobernadores – que van a ocurrir simultáneamente a la elección presidencial.
La posición del Partido de los Trabajadores, aprobada por su dirección nacional en diciembre de 2017 y reafirmada tras la detención del presidente Lula, es la siguiente: Lula es nuestro candidato a presidente de la República y será inscrito ante el Tribunal Superior Electoral en el plazo previsto en la ley, es decir, hasta el 15 de agosto.
A pesar de ser la posición del PT, hay importantes liderazgos petistas que defienden lo siguiente: si la candidatura de Lula es impugnada por la justicia electoral brasileña, el PT debería lanzar otra candidatura del propio PT o incluso apoyar una candidatura de otro partido.
Este debate sobre la táctica electoral está vinculado, directa e indirectamente, a un debate sobre la estrategia del Partido. Desde 1995, el PT ha adoptado una estrategia que podemos denominar “cambio sin ruptura”. El supuesto fundamental de esta estrategia es que la clase dominante brasileña respetaría las “reglas del juego”. Así, sería posible vencer seguidas elecciones presidenciales y legislativas y utilizar los espacios institucionales para, de forma paulatina y progresiva, aumentar el bienestar social, ampliar las libertades democráticas y afirmar la soberanía nacional de Brasil.
El golpe de 2016 confirmó algo que sectores minoritarios del PT siempre dijeron: la clase dominante brasileña no aceptaría perder sus privilegios y, si fuera necesario, rompería con la legalidad.
Es lo que ha ocurrido em 2016 y la nueva situación exige al PT una rediscusión de su estrategia a medio plazo. Esta rediscusión puede llevar al PT a aceptar el nuevo status quo. O puede llevar al PT a adoptar nuevamente la estrategia que el mismo defendía en los años 1980, a saber, la de hacer “cambios también a través de rupturas”.
El desenlace de la campaña por la libertad de Lula, la movilización social contra las medidas del gobierno golpista, las definiciones estratégicas que el PT venga a adoptar, así como el desenlace de la próxima elección presidencial van a decidir no sólo el futuro de Brasil, sino también el futuro del propio PT. El PT puede convertirse en un partido “con un gran pasado por delante”. O puede continuar siendo la principal expresión política de la clase trabajadora brasileña.
* Exsecretario ejecutivo del Foro de Sao Paulo.

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