agosto 23, 2026

En Latinoamérica habrá sólo dos posiciones: con o en contra de los EE.UU.

El siglo XXI inició de forma desconcertante, con un mal augurio: el atentado contra las torres gemelas en New York el 11 de septiembre de 2001. Se sabía desde ese momento que la era de tensiones geopolíticas que se había dado por superada con la caída del Muro de Berlín no había, en realidad, terminado, y que EE.UU. no abandonaría el uso de la fuerza para garantizar su sitial de potencia dominante por lo pronto.

Casi al mismo tiempo que EE.UU. bombardeaba Afganistán e Irak, China comenzó a emerger como un actor económico relevante y en menos de lo que canta un gallo Latinoamérica amaneció cubierta de gobiernos progresistas que compartían, entre otras cosas, un rechazo bien justificado al unilateralismo estadounidense. Luego saltarían al escenario Rusia como potencia no sólo económica sino diplomática y militar, junto con los BRICS, entre los que se encontraba Brasil hasta hace poco.

Una década después del atentado de las torres gemelas, el mundo se veía como un lugar muy diferente. Su principal diferencia con el siglo pasado: la aparición de diferentes actores geopolíticos globales que reconfiguraron el paisaje unipolar dominado por los EE.UU. por uno de cada vez más incuestionable multipolaridad.

Y el mundo no ha dejado de cambiar desde entonces. E incluso se puede decir que nunca había cambiado tan rápido como lo hace ahora. Corea del Norte y Corea del Sur han dado el primer paso hacia un posible entendimiento que las ayudará a superar su categoría de región peligrosamente conflictiva e inestable; Rusia ve cada vez más tensionada su relación con las potencias occidentales de la EE.UU. y la Unión Europea, al mismo tiempo que Washington trata de detener el asenso Chino mediante una guerra comercial que se vislumbra como potencialmente negativa para el mundo entero.

Latinoamérica, que acaba de concluir la Cumbre de las Américas, no es ajena a ésta dinámica de competencia y rivalidad hegemónica. Es más, aunque ya no es el primer escenario de conflicto, no deja de ser relevante para los fines de todas las partes en disputa, particularmente para los EE.UU. La posición que adopte Latinoamérica como región frente a Venezuela, Bolivia y Brasil tendrá un peso considerable para determinar hacia qué lado se inclina la balanza del poder mundial. Es por el bien de todos que no se incline a favor de los EE.UU. La predecible actuación conspirativa de Bruce Williamson como encargado de Negocios de la embajada de los EE.UU. era una movida predecible, que junto con los aprontes de Almagro, indican que pronto nuestro continente y nuestros países estarán divididos por dos tendencias: aquellos que apoyan la restauración del dominio gringo y aquellos que no se dejan arrastrar por el dicho de “más vale diablo conocido que diablo por conocer”.

China y Rusia tienen sus propias agendas, pero en todo caso, sus agendas tienen más puntos en común con Bolivia y Latinoamérica que la agenda de Washington. Sea con nacionalismos regionales o con un internacionalismo latinoamericano, debemos aprovechar esta coyuntura, que aún es decisiva, para expulsar a ese incomodo amigo de nuestras espaldas.

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