Y Evo no habló en la Cumbre de los Pueblos, pero lo hizo en la de los presidentes, desnudando las raíces y mecanismos de la corrupción y centrando su discurso en una frase: “El verdadero desafío está en desmontar el sistema mismo en que prospera la corrupción, el sistema capitalista”.
¿Por qué será que en los clásicos del pensamiento crítico no aparece la corrupción como un problema trascendente de la sociedad capitalista? Originalmente las élites aristocráticas burguesas tenían al Estado como una estructura de poder a su total servicio, y eran ellas mismas o sus familiares cercanos, las que lo gobernaban. No tenían necesidad de torcer las reglas del juego porque las hacían y deshacían a su gusto. Acudían a las dictaduras militares para frenar y aplastar la lucha de clases y de los pueblos, y luego de permitirles asesinar y robar por un tiempo, los acusaban de corruptos y antidemocráticos y recuperaban el manejo del aparato del Estado.
El proceso de concentración transnacional de la economía abrió el paso al libre comercio de capitales y mercancías, que incluyó economías paralelas que aprovecharon el “dejar hacer, dejar pasar” del libre mercado, multiplicando los capitales especulativos y mafiosos. Fue así que los sectores delincuenciales, que eran marginales en el sistema, se fueron configurando como burguesías emergentes vinculadas a la reproducción y blanqueo de capitales generados por el tráfico de drogas, armas, personas y la evasión fiscal. La lógica sistémica fue normalizando esa relación corrupta entre el Estado, las empresas transnacionales y el sector financiero, con ese mundo oscuro de acumulación de capital “por otras vías”.
La estrategia neoliberal agudizo la lucha interna por las tajadas legales e ilegales del presupuesto público. Se debilitó la función del Estado como órgano de regulación y control de la economía; se redujo el margen de control político a los espacios parlamentarios; y se ahogaron los esfuerzos sociales y políticos por avanzar en el control y veeduría sobre los recursos públicos. Se privatizó la salud y la educación, la previsión social, los servicios y las obras públicas, creando un botín adicional que multiplica las posibilidades de enriquecimiento para unas castas políticas acostumbradas a apropiarse del presupuesto público, “en su justa proporción”, según frase célebre del expresidente Turbay. Los dineros ya no provenían de paupérrimos presupuestos municipales sino de las grandes licitaciones nacionales e internacionales de macro contratos, lo que aumentó la disputa entre los antiguos y nuevos sectores de la burguesía por las “comisiones” y negocios torcidos que se acumulaban en paraísos fiscales. Odebrecht es sólo la punta del témpano, la parte que le interesaba desenmascarar a Estados Unidos, pues con ello podían golpear al gobierno progresista de Brasil, poner de rodillas a los demás, y de paso, abrir el camino a sus propias empresas. Una estrategia maniquea que presenta como solución el quitar las cosas “malas” del sistema (los corruptos y los gobiernos de izquierda) y dejar las “buenas” (ellos), mientras oculta las causas estructurales de la crisis.
Frente a la creciente desigualdad y el descontento social que el modelo ha generado, los gobiernos neoliberales esconden la apropiación “lícita” de los recursos públicos, con la pantalla de la lucha contra la ilícita corrupción, a la cual, como nuevo fetiche, responsabilizan de todos los males de la humanidad. Desde un país donde “sus últimos 5 expresidentes están acusados por corrupción”, como reseña la periodista peruana Cecilia Remón, donde los presidentes Santos y Peña Nieto “visitan” en su casa al expresidente recién destituido por corrupto, el presidente Evo Morales envió una idea fuerza que dice: en tanto no cambiemos las causas estructurales de la corrupción, nada será suficiente para visibilizar las verdaderas causas del crecimiento de la desigualdad en todo el mundo.

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