Normalmente, a las sociedades no les cuesta mucho reconocer cuando algo ésta mal con ellas, de la misma forma que sucede con los individuos. Normalmente, un alcohólico sabe que es un alcohólico; un estudiante perezoso puede, en el fondo, reconocer su desidia; y así, un rudimentario nivel de conciencia es suficiente como para identificar aquellos problemas que deben ser resueltos en nuestras vidas, personales y en sociedad.
El megacampo de Incahuasi es sólo una expresión más de tres problemas constantes a lo largo de casi toda nuestra historia republicana: extractivismo, rentismo y regionalismo. Piénsese en estos tres fenómenos como una suerte de patologías con efectos sumamente negativos sobre la vida de las y los bolivianos.
La primera condiciona toda la institucionalidad de nuestro país a la producción de materias primas. Todo lo que se hace acá indirectamente está relacionado con esa simple función impuesta por la división internacional del trabajo y nuestra propia incompetencia para romper con tal designio. Así, la educación, la salud, la justicia y todas las instituciones que en sociedades más desarrolladas serían una prioridad, están condicionadas acá por la necesidad de crear ingresos por la explotación de nuestros recursos naturales.
Este problema nos conduce a otro: el rentismo. De la misma forma que nuestro Estado no puede imaginar otra forma de subsistir que no sea la producción de materias primas, nuestros ciudadanos no pueden imaginar otra fuente de riqueza más atractiva que el Estado. El problema de Incahuasi, ¿no será en el fondo una lucha entre burócratas con discursos muy regionalistas pero nada más que preocupados por su pega? El CEDLA ha demostrado que muchos de los habitantes de esa región aún viven en pobreza, siete de cada diez para ser precisos. El rentismo es muy complejo de explicar, pero la concentración de poder y riqueza entre aquellos que controlan el Estado y la completa exclusión de los que no forman parte de su entorno es una de sus características más notables.
Finalmente, el regionalismo, que es sólo la revestidura ideológica de los dos fenómenos anteriores. La necesidad de procurar empleos e inversión desde el Estado para una región hace que sus habitantes desarrollen una identidad regional como una forma de afirmación propia sino como una forma de negar las frustraciones que el modelo de distribución fiscal del país ocasiona. Uno se siente más cruceño o chapaco que boliviano, pero lo hace porque sabe que ser boliviano a secas no garantiza nada.
Es posible que la integración que Hugo Chávez tenía en mente nos hubiera ayudado a romper la división internacional del trabajo que está en el fondo de todo esto como causa originaria de todos nuestros problemas, pero la inminente desintegración de UNASUR es una puerta más que se cierra para nosotros. Y ahí otra consideración importante. Al parecer, para países pequeños como el nuestro, la única forma de romper con la división internacional del trabajo es a través de bloques regionales. O al menos una forma más segura que hacerlo mediante el aislacionismo.
En fin, Incahuasi debe ser motivo de reflexión. La pelea entre burócratas por regalías, no tanto.

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