El mundial de fútbol ha sido utilizado por la oposición para criticar el viaje de Evo Morales a Moscú. Pero la razón de fondo es su rechazo a las relaciones cada vez más estrechas de Bolivia con China y Rusia. Esto le molesta a Washington y a sus operadores en el país.
Los últimos movimientos geopolíticos del presidente boliviano Evo Morales en su visita a Rusia y China, donde ha logrado acuerdos importantes en los campos energético, militar y comercial, han reafirmado su visión estratégica de que Estados Unidos no es el centro del mundo y su apuesta, sin vacilaciones, por contribuir desde Bolivia a la configuración de un mundo multipolar.
Pero también ha puesto en evidencia el profundo malestar de la oposición boliviana, que no puede ocultar su improductivo rechazo a una exitosa política exterior del Estado Plurinacional que, a diferencia del pasado, ha diversificado las relaciones internacionales con todos los países del mundo sobre la base del mutuo respeto, el derecho internacional y la soberanía política, conceptos que la derecha boliviana solo los conoce desde una perspectiva teórica subordinada.
Evo se salió con las suyas y una vez más, la oposición no ha ocultado su molestia. Pero esta vez no destiló directamente su rechazo cargado de odio a la mayor presencia de Rusia y China en América Latina para atacar a Morales, quien, para mayor enfado de los políticos, analistas y medios de comunicación opositores, no se inmutó en absoluto ante la campaña mediática desplegada en su contra. La derecha boliviana, que tiene más tuit y artículos que seguidores a su causa –según reflejan estudios de tendencia electoral- ocultó la verdadera razón de su crítica al viaje del presidente y activó una campaña en redes y medios que apuntaba a construir una imagen de banalidad del presidente indígena por viajar a Moscú un día antes de la inauguración del Mundial de Fútbol. La absurda campaña incluso contó con el activo medio impreso de oposición, Página Siete –bastante conocido por su sistemática coordinación con la embajada de EE.UU. y la oposición boliviana, aunque particularmente Unidad Nacional (UN)-, que colocó en su portada principal la fotografía de no más de cinco militantes de ese partido de oposición, pero disfrazados de “activistas”, mostrando un balón de futbol, un cojín y un vaso de agua como obsequios para que el jefe del Estado Plurinacional siguiera el torneo mundial desde Bolivia.
Pero, en realidad, el enojo de la oposición boliviana -bastante alineada a los conceptos contemplados y desarrollados en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. para el mundo, presentada por Donald Trump en diciembre de 2017-, está cargada por un profundo rechazo a la estrecha coordinación de los movimientos geopolíticos del presidente Morales con sus similares de Rusia y China, a quienes considera “aliados estratégicos”. Desde políticos tradicionales como Samuel Doria Medina y Jorge Tuto Quiroga –el primero, al que cada voto que obtiene en su participación electoral le sale bastante caro y, el segundo, que a pesar de no rebasar la frontera del 7% en intención de voto es el operador más importante de EE.UU. en sus planes contra Venezuela, Cuba y Bolivia-, hasta intelectuales –muchos de ellos de renegada militancia de izquierda- y medios de comunicación, no se han cansado de criticar duramente la posición boliviana en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde en coordinación con Rusia y China se ha opuesto a los ataques aéreos de EE.UU. contra Siria y a la ampliación de sanciones contra Rusia por el presunto asesinato de un ex espía ruso en Inglaterra, así como por el estrechamiento de mayores lazos comerciales con ambos países.
El sistemático ataque de la oposición a la presencia de empresas chinas y rusas en Bolivia tiene que ver, más que con acuerdos puntuales con tales o cuales empresas, con el carácter de la política exterior boliviana que ha roto con la tradicional subordinación a los Estados Unidos, que desde principios del siglo XIX no se ha cansado de instalar en la política y la academia el concepto eje de la Doctrina Monroe de que “América es de los americanos”.
Como es lógico, Evo Morales echa por tierra el ideario de la oposición boliviana al hacer un giro radical de la política exterior de la caricatura republicana y al privilegiar, entre varios ejes, principalmente dos: el latinoamericanismo -como concepto opuesto al denominado Panamericanismo con el que Estados Unidos ha dominado América Latina y el Caribe-, y las relaciones sur-sur, con las que Bolivia aspira lograr –junto a otros países- un mundo distinto al modelado por el capital. No por nada es uno de los impulsores del ALBA, la UNASUR y la CELAC, junto a Cuba, Venezuela y Nicaragua.
En realidad, Evo le ha dado a Bolivia un papel importante en la geopolítica latinoamericana. De ser un país despreciado -a pesar de su privilegiada ubicación geográfica en Sudamérica-, por los Estados Unidos en su propio orden de prioridades, Bolivia ha empezado a desempeñar un papel de incidencia geopolítica, particularmente en América Latina. Lo hizo marchando en dirección contraria a las recetas fundamentales del neoliberalismo: nacionalizó sus recursos naturales, recuperó empresas que fueron enajenadas para beneficio de las trasnacionales, democratizó el acceso a la riqueza y en materia internacional volcó sus ojos, primero hacia América Latina al ser parte del ALBA, y luego impulsó otros criterios de integración con varios países de otros continentes, entre los que podemos citar a China, Rusia, Irán y otros.
El cambio de la relación de fuerzas en Sudamérica, con la instalación de gobiernos de corte conservador en Brasil –producto de un golpe de estado no convencional – y Argentina –con el triunfo electoral de Macri-, además de otros gobiernos de corte neoliberal en los países que lo rodean, no ha impedido que Morales sume apoyos a sus iniciativas estratégicas. De ahí que no sea una casualidad, por ejemplo, la aceptación de varios países a la propuesta del Corredor Bioceánico de la Integración (CBI) con la que Bolivia quiere comunicar al Atlántico y el Pacífico. Los chinos y los rusos han mostrado su disposición a participar de esa iniciativa estratégica.
Por eso, el resultado de los objetivos específicos que Morales se propuso en su gira por Rusia y China hay que medirlo desde ese contexto construido a fuerza de ideas e iniciativas. En Rusia logró un acuerdo de 1.220 millones de dólares para los trabajos de exploración en el campo Vitiacua, ubicado entre los departamentos de Santa Cruz y Chuquisaca a través de Gazprom, la otorgación de un crédito para la importación desde Bolivia de vehículos a gas natural (GNV) y gas natural licuado para la renovación del transporte público y el aporte de la empresa rusa en materia de planificación de la cadena hidrocarburífera. También se alcanzó un acuerdo entre YFPB y Acron –una empresa líder mundial en la producción y distribución de fertilizantes-, por el que Bolivia le suministrará a la empresa extranjera durante 20 años un volumen de entre 2 y 4 millones de metros cúbicos día (Mmcd) a partir del año 2022 y que significarán ingresos por el orden de más de 7.000 millones de dólares a precios superiores de los que ahora se comercializan con Brasil y Argentina.
Pero si hay un campo en que también Bolivia aspira a sacar provecho de la relación con Rusia, es el militar. Sin perder de vista que no se trata la URSS, es evidente que algún nivel de cooperación militar de Rusia siempre será mejor y con mayor respeto a la soberanía boliviana respecto de lo que desde el siglo XX fue, con diferentes modalidades, la asistencia estadounidense, caracterizada más bien por entrometerse en asuntos internos.
Por otra parte, los convenios acordados con China en materia de ampliar los lazos comerciales a través de la exportación boliviana de productos no tradicionales como la quinua, el banano, el café, carne y soya, adquieren importancia para el proyecto gubernamental de hacer esfuerzos para diversificar la economía. Ni hablar de la cooperación o inversión china en otras áreas estratégicas para el país.
A manera de ir rematando este corto análisis. Desde una mirada estrictamente geopolítica, la presencia de Morales en Moscú (13 y 14 de junio) y en Pekín (16 y 17 de junio), se traduce en los siguientes aspectos generales:
Primero, confirma la importancia estratégica de la presencia China y Rusia en América Latina y la molestia que provoca en los Estados Unidos y sus viejos y nuevos aliados de la región. Los primeros cuestionamientos a la influencia china en América Latina datan de la década de los 80, cuando los estrategas norteamericanos advertían de ese hecho en los documentos Santa Fe I, II y IV. De ahí que no es nada extraño que Trump haya calificado a China y Rusia como “potencias rivales” al presentar su nueva Estrategia de Seguridad Nacional en diciembre pasado, pues ya George W. Bush los llamó “rivales estratégicos” y Barak Obama “competidores estratégicos”. China y Rusia, que ideológicamente no son lo mismo, representan para Estados Unidos “enemigos estratégicos” de carácter geopolítico, según se desprende de la lectura de la nueva estrategia con la que el imperialismo quiere dominar el mundo
Segundo, ratifica la acertada línea geopolítica desplegada por los gobiernos de izquierda y progresista en sentido de que las relaciones con ambos países pueden ayudar a construir condiciones más favorables para el desarrollo de una política de cooperación más autónoma y no subordinada a los Estados Unidos, en un momento en que la administración Trump exige de sus aliados de la región mucho más a cambio de casi nada. La política proteccionista del controvertido presidente del “gobierno temporal” de los EE.UU. va incluso en contra de los postulados que los aplicados alumnos de las medidas de ajuste estructural ejecutaron obedientemente en América Latina a partir de los 70, primero con gobiernos militares como el de Pinochet en Chile, y luego con “democracias neoliberales” desde los 80.
La línea geopolítica de tomar distancia de los EE.UU. independientemente del corte político e ideológico de los gobiernos, planteada como uno de los principios fundacionales de la CELAC, encuentra a Morales como a uno de sus principales ejecutores. Es eso y no otra cosa lo que le saca roncha a la oposición boliviana.

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