noviembre 28, 2020

¡¡¡Adiós al palacio quemado barroco!!!


Por Esteban Ticona Alejo *-.


 La inauguración de la Casa Grande del Pueblo (CGP) el pasado 9 de agosto del año en curso, ha despertado una serie de reacciones, desde las más reflexivas hasta los más racistas que dicen “que no es bueno porque fue ideado su construcción por un indio”, refiriéndose al Presidente Evo Morales. Aunque otro grupo de ciudadanos/as pide que se reconozca al “palacio quemado” como un lugar histórico patrimonial y creo que eso está implícito cuando se anuncia que muy pronto se convertirá en un museo y su acceso masivo al público. Lo más importante de la CGP es haber logrado la total desvalorización del lugar central y colonial de la ciudad de La Paz: La Plaza Murillo. La ubicación y la construcción de la CGP, a pesar de estar en el centro histórico, han puesto en crisis la típica simbolización de la ciudad de La Paz: el kilometro cero de la Plaza Murillo.

Hay que recordar que su trazado, como de muchas otras ciudades latinoamericanas fundadas por los españoles, alberga a La plaza principal o plaza mayor, cercada por la Catedral, la Gobernación y la Asamblea legislativa. Para los que reclaman que ya no haya actividad del poder ejecutivo en el “palacio quemado”, es importante precisar que las ciudades latinoamericanas fueron fundadas sobre otras ciudades, sobre las wak’as o lugares sagrados ancestrales, ejemplos hay muchas como Tenochtitlán en México, Cusco en Perú y nuestro Chuqiyapu marka.

Para los colonizadores de Abya Yala o América apareció como un continente casi vacío, casi sin población y sin cultura; pero en la idea de los españoles, la escasa población y su nivel de civilización significaba totalmente desdeñable. Así se constituyó la mentalidad fundadora, es decir, se implantaba casi todo sobre la casi nada, sobre una naturaleza que se desconocía, sobre una sociedad ancestral que se aniquilaba, sobre una cultura que se daba por inexistente. La ciudad se convirtió en un reducto europeo en medio de la nada. Así se organizó el sistema político y administrativo colonial, los usos burocráticos, el estilo arquitectónico, las formas de vida religiosa, las ceremonias civiles, de modo que la nueva ciudad comenzara cuanto antes a funcionar, como si fuera una ciudad europea extendida, ignorante de su contorno, indiferente al mundo subordinado de los indios, los negros al que se superponían.

A pesar del proceso del colonialismo triunfalista, el peligro de un levantamiento de los indios se mantuvo latente en muchas ciudades y obligó a sus pobladores a mantenerse en pie de guerra. Por eso crearon la ciudad-fuerte, la ciudad-fortín, que les garantizaba la unión de grupo colonizador, la continuidad de sus costumbres y ese ejercicio de la vida “noble” que se había grabado en su memoria de emigrados. En síntesis así se construyó la sociedad barroca colonial, escindida en privilegiados y no privilegiados. La idea de ciudad-fortín también fue aplicado en su cabalidad a la ciudad de La Paz, ¿acaso no se convirtió en fortín frente al levantamiento de Tupaj Katari-Bartolina Sisa en 1781 y movilizaciones indias y populares contemporáneas? Esa idea de ciudad-fuerte fue el justificativo para que los indios no ingresen a la Plaza Murillo. A aquellos que se lamentan que el viejo palacio de gobierno ya no se utilice ¿añoran estas causas coloniales y racistas?

Este desmarque de la CGP no sólo es físico ni arquitectónico sino fundamentalmente es descolonizador frente a un emblema que hasta hace poco representaba el ejercicio del poder político central fundado por la colonización y continuado por sus seguidores.


*              Es aymara-boliviano. Dr. en Estudios Culturales Latinoamericanos y es Docente en la UMSA.


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