
Por Julio A. Muriente Pérez *-.
Las elecciones celebradas en México el pasado primero de julio, y la juramentación del candidato vencedor, Andrés Manuel López Obrador como nuevo presidente el pasado primero de diciembre, han conducido a ese país a una compleja y a la vez esperanzadora situación.
Con sus casi dos millones de kilómetros cuadrados, más de 130 millones de habitantes, inmensas riquezas naturales y una frontera de 3.000 kilómetros con Estados Unidos, México es uno de los países más importantes de Nuestra América.
Probablemente lo más dramático de esas elecciones no ha sido la victoria anticipada de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y la alianza de izquierda que encabezaba, sino el colapso de los dos partidos tradicionales —Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Partido Acción Nacional (PAN) — que se han repartido el control del gobierno por décadas.
Los electores no votaron solamente para elegir un nuevo presidente. Mostraron un afán por cambios profundos en la sociedad mexicana.
El caso más significativo es el del PRI, institución que asumió las riendas de México, poco después de finalizada la así denominada Revolución Mexicana (1910-1917).
Con el pasar del tiempo, el PRI se convirtió en ideología y en modo de vida que ha influenciado a ese pueblo por muchos años. En México se aplicó el modelo populista más exitoso de América Latina, por medio del cual el capital impuso —a las buenas o a las malas— injustas y desiguales relaciones entre la mayoría empobrecida —mestiza e indígena— y la minoría enriquecida de la población.
Según cifras de 2015, en México el diez por ciento de la población es dueño de más de dos terceras partes de la riqueza, incluyendo a Carlos Slim, uno de los más ricos del planeta.
El populismo priista ha ido desacreditándose progresivamente, mientras México ha sido entregado al gran capital transnacional, sobre todo estadounidense. La corrupción y la violencia más descarnada han arropado al gobierno, sus instituciones y la sociedad toda, al tiempo que el narcotráfico se ha entronizado y decenas de millones de mexicanos abandonan el país ante la imposibilidad de tener una vida digna.
En 2017 se cometieron 28.710 asesinatos. En mayo de 2018 se alcanzó una cifra record mensual: 2.890 asesinatos. El narcotráfico mueve más de 100 mil millones de dólares al año.
Entrega, corrupción, violencia, narcotráfico y emigración. Y un pueblo que reclama cambios que le permitan vivir en paz y felicidad. Ese es el país que le tocará presidir a López Obrador. Un virtual narcoestado, empobrecido y saqueado, urgido de cambios profundos.
Mientras tanto, hay señales positivas en cuanto a la política exterior. Bajo el gobierno saliente de Peña Nieto-PRI, México ingresó al llamado Grupo de Lima, compuesto por una docena de gobiernos fieles a Washington. López Obrador ha reiterado que su gobierno se ceñirá al respeto a la soberanía nacional de los países vecinos y del mundo. Eso, esperamos, aplicará lo mismo a Estados Unidos que a Venezuela y Cuba.
En un sentido mayor, caribeño y latinoamericano, la victoria de López Obrador ha sido un respiro, tras los avances del conservadurismo más duro en Argentina, Brasil, Paraguay, Honduras y Ecuador.
No se trata de una victoria revolucionaria, sino de un triunfo electoral que en buena medida dependió de acuerdos con los sectores más disimiles de la sociedad mexicana, desde los empresarios desafectos del PRI y el PAN hasta la iglesia Evangélica.
No representa una derrota estratégica del populismo priista ni del neocolonialismo creciente. Es una victoria electoral que genera muchos sueños y esperanza en el pueblo mexicano. La que, ciertamente, hay que celebrar aunque sin hacernos de falsas ilusiones.
* Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico.

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