Por Carla Espósito Guevara *-.
El 2018 concluyó con una noticia que conmocionó a la sociedad boliviana en sus valores más profundos. La violación en grupo a una joven de 18 años en Santa Cruz, que levantó una gran polémica e indignación en todos los medios de comunicación y en las redes sociales que vino a denominarse como el caso de la “Manda”, evocando el sonado suceso en España ocurrido en las fiestas de San Fermín. El estado de indignación se agravó cuando, días después se destapó una red familiar de primos que también se dedicaba a la violación de mujeres encubierta por sus propios parientes en la fiscalía.
No faltaron quienes culparon a las víctimas de su propia violación, quienes crucificaron a las mujeres por ejercer su libertad o quienes enfocaron el problema como una anomalía, como un acto demente de unos individuos enfermos o quienes empañaron el debate con argumentos sin sentido sobre el machismo y el feminismo, como si fueran dos cosas equiparables, cuando uno es un sistema de opresión y el otro una teoría de la liberación social. Pero más allá de los argumentos y de lo errados o acertados que estos fueran, lo que el debate dejó ver es el estado de la conciencia social sobre este tema, lo poco equipados que estamos como sociedad para enfrentarlo y lo mitificados que están sus componentes.
Lo primero que debe decirse al respecto, es que la violación no es un acto individual, sino social, pues como dice Rita Segato, el violador es el actor, el protagonista de una acción de toda la sociedad. El que viola encarna y actúa los valores presentes en una sociedad respecto a las mujeres. La violación en realidad es el producto más violento y brutal de una sociedad permeada por los valores del patriarcado, que forma tanto a hombres como a mujeres cuya eficacia radica justamente en que se ha hecho un sentido común de la cultura que atraviesa todos los valores sociales, el humor, los comentarios y las jerarquías sociales, la educación, los medios de comunicación y todas las formas cotidianas de relacionarse.
La violación es también y, fundamentalmente, un acto de poder del que fue envestido del mismo, pues es la sociedad la que enviste al hombre del poder de disponer de otros como si fueran cosas y acá no solo hablo de los cuerpos de las mujeres, sino de todos los cuerpos de aquellos despojados de poder, de los cuerpos de los niños y de la población LGBT, de los prisioneros y victimas de conflictos armados. Por eso la violación es también un arma utilizada contra las poblaciones vencidas en conflictos bélicos y es ahí donde se expresa con más crudeza la naturaleza de este acto.
El caso de la violación grupal en particular, supone un elemento adicional y es que no es un acto con una mujer, sino un acto entre machos, es la escenificación de un macho para que otros machos lo vean y tiene por función reafirmar su masculinidad, una masculinidad mal y monstruosamente construida, por tanto pone en el centro del debate la forma en que la sociedad construye a los hombres en nuestra sociedad, que los obliga a probar y demostrar permanentemente su masculinidad simbolizada en su sexo.
Si la violación es un acto social y un acto de poder autorizado por los valores patriarcales, no es un problema criminal, ni un problema genital, entonces no se resuelve ni con la cárcel, ni con la castración química. Se resuelve cambiando los valores de la sociedad, educando y reeducando a las familias, a los hombres y a las mujeres, educando a los educadores, educando a los periodistas y a quienes manejan los medios de comunicación, educando a las autoridades, que también reproducen el sentido común patriarcado.
Con esto no exculpo a los violadores, pero hago responsable a toda la sociedad y pongo en evidencia que no se trata de un problema sencillo de enfrentar, sino de un problema muy complejo que involucra a todas las instituciones del estado y valores de la sociedad ya que es una lucha contra el patriarcado en su totalidad.
* Socióloga.

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