agosto 15, 2026

Panamá y la unidad posible


Por Osvaldo Rodríguez Martínez


Panamá-. Panamá vuelve a la normalidad tras una semana donde una sola camiseta, la tricolor, demostró que la unidad fue posible cuando los intereses convergieron en acoger a peregrinos encabezados por el papa Francisco.

‘Noble’, al decir del arzobispo local José Domingo Ulloa, fue el calificativo que el Pontífice encontró para el pueblo que colmó calles, parroquias y espacios abiertos, tras dejar en casa las discrepancias religiosas, culturales, políticas, económicas o de otra índole, y entregarse a ofrecer lucidez a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).

Tal vez el chovinismo que intenta inculcar cierta propaganda quedó opacado por saberse a sí mismos capaces de un proyecto-país con las fuerzas mancomunadas de una sociedad soberana, sin nacionalismos baratos, donde las diferencias crearon abismos que se creían insalvables.

Miles de familias (más de las necesarias) ofrecieron sus casas para recibir a personas extrañas que en pocas horas se convirtieron en parte del hogar, en un gesto altamente valorado por los foráneos, quienes aseguraron que la hospitalidad es el valor que más apreciaron en los panameños.

El agobiante tráfico en las principales arterias capitalinas lo sustituyeron grupos de jóvenes que en diferentes lenguas cantaban mientras enarbolaban sus enseñas nacionales, desandando largos trayectos desde los lugares de descanso hasta las sedes de las actividades.

La organización de la JMJ dejó el sabor de que sí se puede lograr un funcionamiento adecuado, en un país donde el caos se apodera con frecuencia de los servicios, cuando la desidia de empleados privados y públicos, empresarios, autoridades y funcionarios predomina sobre el sentido común.

Estas reflexiones se hacen ahora en los medios de prensa, extensivas a hogares, centros laborales y lugares de concentración de público, aunque el rebrote de las críticas comienza en el mismo punto donde fueron dejadas semanas antes y cada cual interpreta a su manera lo que dijo el papa.

‘¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?’, frase bíblica muy a tono cuando se retoman los señalamientos a terceros, y el concepto ‘nosotros’ desaparece al buscar al destinatario de las palabras de Francisco y sus duras críticas a todos los estratos, sin distingos.

Ricos, pobres, gobernantes, gobernados, políticos, empresarios, jóvenes, mayores y los pastores de la propia iglesia, tuvieron su cuota de reprimendas de quien también asume responsabilidad en los errores y ausencias que consideró causas de los flagelos tan abundantes en la región visitada por el vicario de Cristo.

Liturgias cargadas de simbolismos, coronadas por discursos de Francisco con profundas metáforas a estudiar, convocó en esta capital a un numeroso y heterogéneo público durante la celebración de la JMJ, cuya promoción se centró en los conceptos religiosos a contrapelo de las realidades y actitudes denunciadas.

El Papa intentó traer el cielo a la tierra y sin abandonar mensajes pastorales del proselitismo religioso, conspiró con los jóvenes para que se rebelen de forma pacífica y ocupen el lugar que les corresponde como agentes del cambio imprescindible en la sociedad, incluso dentro de la propia iglesia.

Sus palabras coincidieron más con quienes son considerados los ‘anti-sistema’, que con los que a nombre de la democracia defienden su status quo y desean (o al menos lo dicen) solo cambios cosméticos para demostrar (más que todo a sí mismos) que responden a las necesidades populares.

Esto se refleja -dijo- ‘en tantos rostros que sufren la indiferencia satisfecha y anestesiante de nuestra sociedad que consume y se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus hermanos’.

El Pontífice se refirió al ‘conformismo paralizante’, por el cual ‘hemos desviado la mirada, para no ver; nos hemos refugiado en el ruido, para no oír; nos hemos tapado la boca, para no gritar’.

Dentro de la esperanza que dejó la visita, está que al menos uno solo de los millonarios que escucharon atentos su discurso, estrecharon la mano de Francisco y pidieron sus bendiciones, actuaran a partir de ahora en su supuesta vocación religiosa y buscaran eliminar la desigualdad social y la pobreza de su Panamá.

De ser así, Jorge Mario Bergoglio, devenido el Papa de los pobres, podría ser considerado santo en vida, pues habría hecho el más grande de los milagros, solo comparable con los que la Biblia le adjudica a Jesús.

Sería entonces el principio del fin de la hipocresía de quienes dicen ‘Dios primero’, pero piensan en silencio: ‘después de mí’.

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