Por Carla Espósito Guevara *-.
Haití está siendo sacudido por una ola de intensas manifestaciones, que se ha llevado un número considerable de muertos, el gobierno, casi en estado de autismo, no ha podido responder a la indignación popular, mientras la prensa internacional y el resto del continente guardan silencio frente a la crisis social y política que parece ser la constante en tierra de las revoluciones olvidadas.
Pese a que Haití fue epicentro una revolución sin precedentes en la historia de la humanidad, pues fue la única verdaderamente universal que declaró la libertad para todos sus residentes sin excepción alguna de raza, nacionalidad, género o clase y, pese a que tuvo profundas implicaciones políticas para la los procesos de descolonización en el resto del continente, fue, no obstante, silenciada y olvidada.
Luego de la revolución haitiana, Francia, bajo la complicidad silenciosa del mundo entero, impuso a Haití el pago de una vergonzosa indemnización como castigo ejemplificador por lograr su libertad que hasta hace pocos años la Isla seguía pagando, que la condenó a la situación de pobreza más indignante.
Haití fue también víctima una de las dictaduras más sangrientas del continente bajo el gobierno de Jean-Claude Duvalier, conocido como “Baby Doc”, quien fue derrocado por una revuelta popular que dio fin a su atroz dictadura, a las constantes violaciones de derechos humanos y a los numerosos casos de corrupción que se vivieron durante su mandato.
El año 2004 frente a la crisis social y política desatada después de que el presidente Bertrand Aristide partiera de Haití para el exilio, en el periodo posterior al conflicto armado, la respuesta de la comunidad internacional fue el envío de una Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití de cascos azules (MINUSTAH) para controlar los ímpetus del hambre. El 2010 sufrió un devastador terremoto que se cobró la vida de 220.000 personas y la respuesta del Consejo de seguridad fue nada menos que aumentar la dotación general de la MINUSTAH para poyar la reconstrucción que, sin embargo, dejó una estela de abusos y violaciones de mujeres, el esparcimiento del cólera y otras violaciones a los derechos humanos, todo, nuevamente frente la mirada cómplice y silenciosa de las Naciones Unidas.
Hoy en día Haití es el país más pobre del continente, la pobreza alcanza al 70% de su población, situación agravada por elevados índices de corrupción. La “ayuda” humanitaria solo ha tendido a empeorar la situación de crisis del país y la colaboración de alimentos con semillas de Monsanto proveniente de Estados Unidos, ha destruido la agricultura local, provocando la profundización del hambre en la tierra más hambrienta de este lado del mundo.
El 7 de febrero pasado el Tribunal Superior de Cuentas de ese país emitió un informe de auditoría que evidencia una infinidad de irregularidades, la terrible gestión de recursos y las posibles desviaciones de fondos prestados por Venezuela en 2008 para ayudar y potenciar el desarrollo económico y social de Haití con el programa de Petrocaribe, hecho que desató la furia popular que vive una crisis de hambre, de salud y de servicios.
El país está ahora sumergido en una situación de extrema incertidumbre, el gobernó declaró situación de urgencia económica, la devaluación de la moneda frente al dólar de manera exponencial, que se suma a la escasez de combustible y a la amenaza de una crisis migratoria.
Mientras tanto la prensa internacional, enfocada como esta en la crisis venezolana, casi no se ha pronunciado sobre la situación de Haití. Nuevamente la región guarda silencio frente a las tragedias que vive la Isla. Carente de riquezas naturales, Haití, la cuna de la independencia latinoamericana, es la hermana olvidada de un continente que mira indiferente como un país se destruye por el hambre, la corrupción y los efectos de la famosa “ayuda humanitaria”.
* Socióloga.

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