Lima-. Los pobres y otras víctimas son el objeto de preocupación del nuevo arzobispo de la capital peruana, monseñor Carlos Castillo, lo que para muchos marca un cambio radical especto a su antecesor, el jubilado cardenal Juan Luis Cipriani.
Militante en su juventud de la progresista Unión Nacional de Estudiantes Católicos, Castillo asumió ayer en una ceremonia marcada por el colorido y el calor popular -que incluyó una comparsa folclórica-, que atenuaron el clima protocolar y solemne de los ritos eclasiásticos.
Los aires de cambio que vienen del también renovado Vaticano parecían respirarse en el gentío reunido para compartir el acontecimiento, en la plaza mayor (principal) de Lima, donde se encuentra la catedral de la ciudad, escenario del acto.
Contra la tradición de designar como arzobispo de la mayor jurisdicción católica del país a una autoridad eclesiástica, el papa Francisco nombró a un ‘cura de base’.
El nominado estaba a cargo de la humilde parroquia de San Lázaro, del popular municipio del Rímac. Se moviliza en bicicleta, viste sencillamente y realiza su labor religiosa fuera de las paredes del tiempo, en las zonas de población necesitada.
‘Ahí están los cristos sufrientes que creen y luchan, que nos llaman a construir con ellos esa iglesia-hospital de campaña que el papa Francisco reclama’, dijo Castillo en la ceremonia, a la que asistió su amigo Gustavo Gutiérrez, uno de los pilares de la Teología de la Liberación y proscrito hasta que lo reivindicó Francisco.
El flamante arzobispo evocó también como referentes al Concilio Vaticano Segundo, que en la década de los 60 del siglo pasado estableció el compromiso social de la iglesia católica y su secuela, la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín de 1968, que ‘diseñó una iglesia sencilla, pobre, misionera y pascual’, según dijo.
Planteó recrear la iglesia y dijo que esta vive días aciagos y debe dar signos de transparencia sin esconder los problemas; reconociendo los errores, pecados, y hasta delitos, que si existen deben ser enfrentados con la justicia y la verdad, lo que pareció aludir las denuncias de pederastia y otros abusos sexuales cometidos por sacerdotes.
‘Nunca la iglesia y menos la jerarquía eclesial puede ser cómplice de abusos y delitos’, dijo, al propugnar ‘transparencia, para que la iglesia pueda ser creíble’, además de fustigar la corrupción y la violencia contra las mujeres, un grave problema en Perú.
Tras su designación, dijo estar dispuesto a dialogar con las víctimas de abusos cometidas por sacerdotes del Sodalicio -un grupo extremadamente conservador-, a quienes Cipriani nunca quiso recibir y fue indiferente ante el tema.
El sociólogo David Sulmont dijo que la designación de Castillo, precedida por el nombramiento de otro prelado progresista, Pedro Barreto, como cardenal, marca un giro hacia la atención de temas sociales, en la línea del papa Francisco.
Como Francisco y Barreto, Castillo es defensor del medio ambiente y de las comunidades nativas afectadas por la depredación de la amazonía y otros territorios.
Para el diario La República, está claro que el nuevo arzobispo ‘marca un giro notable, casi sideral, respecto de Juan Luis Cipriani, su antecesor, quien no mostró gran interés frente a estas urgencias sociales’. Las expectativas sobre la labor de monseñor Castillo, son pues altas y el desafío que enfrenta es grande.
Cipriani, entretanto, va sumiéndose en el ocaso, después que en enero pasado el papa Francisco aceptó con inusual celeridad su renuncia al cargo de arzobispo, presentada, como es tradicional, tras cumplir 75 años, el 28 de diciembre pasado.

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