agosto 19, 2026

Latinoamérica: misma enfermedad, otros tiempos


Editorial La Época-.


Todas las semanas nos hablan de Venezuela, de sus infortunios, de sus dilemas. No todas nos dicen la verdad. El escándalo que el New York Times desmintió esta semana nos obliga a poner en duda todo retazo de información que cae en nuestras manos. Maduro no ordenó interceptar y destruir ningún cargamento de ayuda “humanitaria”, ni tampoco ordenó el abrir fuego contra civiles y militares desertores. Es más, el propio CNN desmintió que el atentado contra Maduro del año pasado fue un telón de humo del “régimen chavista” para auto victimizarse, sino una real conspiración para cometer magnicidio contra el presidente constitucional de ese país. La información revelada por el canal de noticias RT, ruso, también señala que incluso el reciente apagón que trastornó la vida de millones de ciudadanos de este país fue provocado premeditadamente con la intención de sumirlos aún más profundamente en una crisis que no parecen encontrar un final. Fue provocado por fuerzas externas.

¿Qué conclusiones podemos sacar de esto? Que no se puede confiar en los medios de comunicación oficiales es una verdad bastante obvia y que se sabía desde hace mucho. Qué los EE.UU. tienen un interés por encima de la democracia en Venezuela es algo que hasta los analistas menos serios admiten. No se puede confiar en una sola voz. Afortunadamente, tenemos más de una. La labor periodística de RT, de Telesur, así como de otras fuentes no alineadas y menos conocidas nos permitieron ofrecer argumentos para evitar una invasión promovida por las mismas personas que cometieron y admitieron haber incursionado en rumbos de acción que no pueden ser calificados de otra forma que terrorismo e injerencia.

¿Y por qué tenemos éstas voces alternativas a nuestra disposición? Porque el mundo, desde inicios de éste siglo, se encuentra atravesando un cambio que no era imaginable a finales de la década de los 90s. Nuevas potencias emergen, con nuevos puntos de vista. El paralelismo con los años de la Guerra Fría es inevitable. Y eso son buenas y malas noticias al mismo tiempo. El siglo de la brutalidad que denunció Hannah Arednt en su famoso trabajo sobre los totalitarismos nos vuelve a tocar la puerta. Las apuestas son altas, y las potencias constituidas y por venir no escatimarán en ningún gasto, sea económico o sea humano. Los EE.UU. extienden sus brazos sobre un continente que consideran de su propiedad.

Los años 70s y 80s del siglo pasado rindieron su cuota de horror y crueldad desde Latinoamérica, tal como Europa durante la primera mitad. Sin la Guerra Fría, Pinochet y Banzer no hubiera sido posibles. Una infinidad de atemorizantes posibilidades se presentan ahora, y Nuestraamérica es el escenario de ésta batalla entre un mundo unipolar y otro diferente. El curso de los acontecimientos parece dirigirse a éste sumidero de vidas. Venezuela es, en ese sentido, sólo es el inicio de tiempos que se prometen sangrientos.

Venezuela tiene una capacidad de respuesta equiparable solamente a los de Cuba durante el periodo especial. Las similitudes son evidentes, así como las diferencias. No es una revolución en el sentido clásico del término, pero tampoco es un caos sin sentido como pretenden mostrarnos muchos intereses poco humanitarios en estos días. Es el epicentro de un choque de fuerzas que amenazas con destruir la precaria paz que estábamos a punto de alcanzar con los acuerdos de Paz en Colombia a finales de 2016.

El objetivo es hacer que Venezuela se declare en bancarrota. Rendir al pueblo venezolano como lo lograron con el nicaragüense a finales de los 80s. Mediante el terror y el hambre. Pero como dijimos, aunque hay mucho en común con los días de la Guerra Fría, la diferencia cualitativa es que Latinoamérica ya pagó su cuota de terror, de forma muy involuntaria, en el pasado. Las atrocidades del pasado no eran posibles en un mundo interconectado y sin secretos, y es por ello que hoy incluso jóvenes del Primer Mundo se oponen a una intervención estadounidense. Los derroteros de estos tiempos serán otros. Esperemos que sin campos de concentración ni bombas atómicas.

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