agosto 17, 2026

Historia de los Juegos estratégicos China – Estados Unidos por Latinoamérica

Un artículo que sirve para entender los juegos políticos que EE.UU. y China llevan adelante en el mundo y que, con métodos distintos, también involucran a América Latina y el Caribe.


Por H. Ernesto Sheriff B. *-.


Desde mediados de 2018, el actual gobierno de Estados Unidos, a través de varias instancias, ha manifestado malestar por la creciente importancia de China en Latinoamérica. Dicha importancia se manifiesta en asuntos políticos, económicos, comerciales y culturales e interesa en este artículo preguntarnos cuán profunda es la presencia china en el continente y cuál el interés (real) que pudiera existir al disputarse la hegemonía de estos dos países por esta parte del mundo. En caso de existir tal interés cuáles las posibilidades y estrategias encaminadas a dicho fin.

El inicio

En el plano político probablemente China ha despertado el malestar norteamericano desde la propia guerra de Corea (a mediados del siglo XX) a poco de haber consolidado su revolución comunista. El ingreso a Latinoamérica tuvo luz verde desde que la Organización de Naciones Unidas (ONU) aceptara en 1971 a la República Popular de China y se iniciara una guerra comercial y política con la vecina isla de Taiwán en el mercado latinoamericano. Mientras Taiwán popularizó el “Made in Taiwán” en los productos de baja calidad a todo nivel en los mercados populares de Latinoamérica, China, con un régimen comunista extremista para los estándares soviéticos, exportaba su revolución “maoísta” convirtiendo en simples excursiones a las guerrillas procubanas comparadas con la violencia sin límites de movimientos como Sendero Luminoso.

El apoyo norteamericano en la década de 1970 contra movimientos comunistas (prosoviéticos o prochinos) fue intenso y se fue debilitando a medida que la Unión Soviética se acercaba a su colapso y China se sumía en rencillas intestinas hasta bien entrada la década de 1980. Tal vez ello explique en parte la sensación de desamparo que sufrió Perú, por ejemplo, cuando Sendero Luminoso incursionó en su territorio, con una economía estadounidense debilitada al extremo y un gobierno de Reagan que tuvo que desviar fondos para solventar unas pocas intervenciones, siendo la más saliente su apoyo a la contra nicaragüense. Esa priorización de intervenciones confirmó a los antiguos aliados de Estados Unidos que el “apoyo” norteamericano ya no sería suficiente nunca más, simplemente porque ya no había dinero suficiente para hacerlo significativo.

A fines de 1980, concretamente entre el 15 de abril y 4 de junio de 1989, en China se produce la masacre de la Plaza de Tiananmén donde, según documentos de la Cruz Roja china y la inteligencia británica, mueren entre 2.600 y 10.000 jóvenes chinos, pero finalmente el movimiento fue dominado y extinguido. La condena de los países del Pacto de la OTAN contrastó con la posición no confrontacionista de los países latinoamericanos abriéndose las puertas a un tímido acercamiento inicial. De dicho acontecimiento se define la China actual. Se continuaron las reformas económicas y comerciales iniciadas a principios de la década pero se ralentizaron e incluso suprimieron muchos avances en el plano político, determinando que, actualmente, China sea un país gobernado por un poderoso Partido Comunista y plenamente integrado (en esas condiciones) a la economía global.

La incursión comercial china

China empieza a ingresar con fuerza en las transacciones comerciales a partir de la década de 1990 y su ingreso se produce por el lado comercial antes que por el lado político. El acercamiento se produce con una fuerte dosis de pragmatismo; China se presenta como como un gran vendedor de lo que América Latina ya no tiene o pretendió mal tener y como gran comprador de materias primas que es lo único que tiene América Latina para ofrecer a la economía mundial.

A inicios de 1990 las economías latinoamericanas en su totalidad abandonaron los esquemas populistas que la llevaron a soportar 5 hiperinflaciones casi en línea (Nicaragua, Bolivia, Argentina, Brasil y Perú) y episodios cuasi hiperinflacionarios en México y Uruguay. El descalabro económico que trajo la inflación desnudó la debilidad económica de las economías latinoamericanas cuyas industrias no pudieron hacer pie en condiciones de libre competencia. Los esquemas de sustitución de importaciones, en su fracaso, alentaron la incursión de China en Latinoamérica. Dado que el poder adquisitivo de los ciudadanos latinoamericanos quedó fuertemente reducido en términos reales después de las medidas de ajuste de corte ortodoxo, dicho poder de compra se limitaba a lo más necesario y lo más barato, es decir, productos chinos. Estados Unidos, en ese contexto no tenía nada que hacer, con sus productos caros y sofisticados al tiempo que poco competitivos en presencia del tipo de cambio sobre valuado que ya se presentaba en China.

La incursión china pronto se tradujo en movilidad de recursos humanos con fuertes migraciones especialmente a Canadá (el otro patio trasero norteamericano) pero también a países emergentes como en ese momento eran Argentina y Brasil. La empobrecida Latinoamérica era atractiva por simples razones comerciales, sin geopolítica de por medio y, por tanto, la profundidad de la incursión china está en directa relación con las posibilidades que le daba el propio sistema capitalista adoptado en plenitud tras las medidas de ajuste. Las quejas de los industriales de que “el producto chino nos está matando” empezaron en esa década. Así, los migrantes chinos empezaron a abrir restaurantes, invertir en bienes raíces, importar directamente de su país toda suerte de bienes desde baratijas hasta maquinaria intermedia, y como es natural, poco a poco establecieron incursionaron como socios o propietarios en industrias, bancos, seguros y todo el quehacer económico en general. Más tarde, ya con auspicios del gobierno chino, las inversiones se hicieron fuertes en finalmente en minería, hidrocarburos, infraestructura y minería.

China en la economía global

Bajo el gobierno de Clinton 1993 – 2001, se producen las primeras reacciones, desde la típica óptica demócrata. En 1995, con los siempre escasos fondos que dispone Estados Unidos, el gobierno logra reunir 25.000 millones de dólares americanos para el “rescate” de la economía mexicana sumida en una profunda crisis económica tras su devaluación de diciembre de 1994. En el esquema visionario de Clinton, la prosperidad vendría aparejada de cambios políticos prodemocráticos. Bajo ese esquema se apoyó a Polonia y Corea del Sur y, naturalmente se influyó en China y Rusia. Es precisamente Clinton quien alentó con más fuerza la inclusión de China en el capitalismo global y en 1999 firmó un acuerdo por el que China ingresaba en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y por lo tanto aceptaba abrir sus mercados a las importaciones a cambio de su incorporación.

A partir de ese momento “se abre” la economía china a Latinoamérica. Dejaba de ser vendedor e inversionista, también se convertía en comprador e incluso como destino de inversiones (pese a que su economía no está totalmente abierta para ese efecto).

Estados Unidos promovió el Tratado de Libre Comercio con Canadá y México (TLC) y logró que la OMC se convirtiera en árbitro del comercio global. En esas condiciones, al menos en el plano comercial, la relación con China habría de ser más armoniosa aunque eso duró poco. El régimen político chino no cambió sustancialmente con la apertura y con el advenimiento de Bush empezaron a entrar en juego consideraciones geopolíticas desde el lado norteamericano.

A inicios del siglo XXI, China empieza a tener crecientes superávits en cuenta corriente que tienen como haberse convertido en acreedor/inversor en todas las latitudes del mundo, incluyendo obviamente las propias empresas norteamericanas. Ello hace de por sí inviable algún objetivo geopolítico serio de desplazar a China de Latinoamérica ya que los propios contribuyentes del gobierno norteamericano son accionistas chinos. Por otra parte, como adelantaba Adam Smith en el principio de los tiempos, el comercio hace que los vínculos entre países se solidifiquen al máximo. De hecho, China está en el propio código genético comercial latinoamericano, como cualquier otro socio comercial duradero y masivo.

¿Hay geopolítica de por medio?

China fue muy cautelosa (intencionalmente o no) en su geopolítica respecto de Latinoamérica. No influyó en sus gobiernos, no se inmiscuyó en asuntos políticos ni emitió criterios en los fuertes vaivenes de los inestables gobiernos latinoamericanos. El ingreso de capitales chinos incluso los más grandes, en tanto el país fuera solvente, se dieron sin grandes condicionalidades, es más casi sin condicionalidad alguna. En la medida que los países muestren menos solvencia, naturalmente, los condicionantes son mayores. Ello explica el tratamiento chino a la deuda venezolana sumida en un descalabro macroeconómico que ya no tiene retorno.

El hecho de que por algunos años se dieron en América Latina gobiernos de izquierda abiertamente hostiles a Estados Unidos, le permitió estrechar a China vínculos comerciales con dichos países pero de ninguna manera lazos de tipo ideológico. Así, China no hizo absolutamente nada ante la caída en dominó de dichos gobiernos en los últimos cinco años.

La industria latinoamericana no puede competir con el producto chino, y ello es una constante desde el propio ingreso de China en la economía global, siendo la principal causa de malestar entre los industriales y políticos que buscan maximizar el empleo para sus ciudadanos. Las grandes inversiones chinas también han chocado con movimientos ecologistas que denuncian constantemente daños a los ecosistemas en las inversiones chinas en recursos naturales y energía.

El llamado Eje político Sur – Sur es una expectativa de las decaídas economías latinoamericanas que muestran tasas de crecimiento muy inferiores de sus pares africanos. Si bien las relaciones han evolucionado a niveles no vistos antes, no logran trascender a la política, por lo que construir lazos políticos con los tres últimos países izquierdistas que quedan (Nicaragua, Bolivia y Venezuela) para formar un “bloque de liberación” o rótulo similar, es solamente demagógico. China en su pragmatismo comercial, seguirá negociando con todo aquel país que demande sus productos y sus capitales. Frente a ello, los propios aliados políticos de Trump tienen inquebrantables lazos comerciales con China.

Sin embargo, el Eje Sur – Sur económico y comercial sí existe aunque a nivel incipiente. La importancia de Latinoamérica para China es de largo plazo. Probablemente en el futuro, sea necesario para este país influir en la política para potenciar sus intereses económicos en la región. El constante debilitamiento norteamericano le estaba facilitando llegar a tal situación, sin embargo, la agresividad e imprevisibilidad del gobierno de Trump hace pensar que aún Estados Unidos pretende defender su “patio trasero” sin razones comerciales de fondo más que las geopolíticas.

Brasil, siempre Brasil

Brasil es la quinta economía del planeta. Es un país sumido en la incertidumbre constantemente, al punto de que un economista israelí dijo que en Brasil hasta su pasado es incierto. Respecto de China tiene un rol ambivalente. Mientras Lula da Silva pregonaba el Eje Sur – Sur consciente de que el único país que tenía mayor simetría con China era Brasil y de ese modo tener la posibilidad de una complementación como socio, en el gobierno de Bolsonaro se ve a China como un rival a todo nivel.

La creciente presencia china obliga a Brasil a ver África como el destino de sus exportaciones pese a que la propia China es gran compradora de materias primas brasileras. China produce cada vez más bienes de mayor agregado y por lo tanto compite con Brasil en todos los campos, en baratijas y en tecnología, llevándole la delantera siempre. La existencia de un eje Sur – Sur podría colocar a ambos en calidad de socios igualitarios y complementarse en la atención de los mercados latinoamericanos, así lo veía Lula da Silva. Brasil pretende llegar a China más barato y por tanto promueve corredores bioceánicos, Paraguay – Argentina – Chile se presentan como los socios más adecuados para dicho fin al sur y Perú al norte. Bolivia puja por ser parte de esos corredores habilitando un corredor central. Desde la óptica brasilera todo es bueno si le permite llegar barato a China.

En ausencia de afinidad ideológica con China, Bolsonaro realiza su primer viaje oficial a Estados Unidos. Trump pretende eliminar o mantener a raya a los últimos vestigios “progresistas” y ve a China como el principal potenciador involuntario de tales gobiernos. Brasil ve a China como una competencia comercial y ya no como potencial socio. Ante objetivos diferentes probablemente surjan estrategias no consistentes y solamente más discursivas. El futuro dirá.


* El autor es Master en Economía con Mención en Economía Internacional y Desarrollo Económico y Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Consultor y profesor de Economía.

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