diciembre 2, 2020

Caso Assange: EE.UU. hackea la democracia


Por José Galindo *-.


Hackear significa, a grandes rasgos, modificar un sistema mediante el uso de habilidades técnicas con un propósito determinado. Assange y Manning hackearon fuentes de información confidencial en orden de revelar las acciones de un gobierno en el resto del mundo que no coincidía con la visión imperante de la democracia, donde se supone que el poder del Estado debe tener límites. EE.UU., de lograr la extradición de Julian Assange ahora que Lenin Moreno se lo quitó y posibilitó su detención, lograría hackear todos los instrumentos internacionales que protegen al individuo y la libertad de prensa y de expresión. Europa y el mundo estarían aceptando que Washington tiene la prerrogativa de decidir qué información puede y no puede ser revelada, dentro y fuera de su territorio.

Wikileaks, Anonymous y otras organizaciones de ciberactivistas son todos la expresión de un nuevo fenómeno político e incluso de un nuevo eje de la filosofía política universal y no simplemente una reedición de capítulos escandalosos del siglo XX, como el Watergate sesentero. Snowden, Manning y Assange tienen hoy la misma relevancia y trascendencia que tuvieron alguna vez Rousseau, Montesquieu y Moro. Si a estos les preocupaba la relación entre la autoridad, el Estado y la sociedad, nuestros contemporáneos están concentrados en el problema que nos plantea hoy la relación entre el poder y la información.

Estados Unidos, jugando, una vez más el papel de una fuerza conservadora y reaccionaria, se ha propuesto ponerle un alto a una tendencia que, de ser fructífera, cambiará radicalmente la forma en la que las actuales comunidades políticas de todo tipo ejercen el poder. Por otra parte, de prosperar la intención de Washington respecto de extraditar a Assange por el supuesto delito de divulgar información confidencial, seríamos testigos de un peligroso precedente para el derecho internacional: estaríamos aceptando, casi resignadamente, que el gobierno de los EE.UU. puede determinar que es y que no es legal de publicar. La libertad, como la pensaron los clásicos y como la piensan ahora millones de periodistas, está en riesgo.

Como si fuera suelo estadounidense

Julian Assange no tiene ciudadanía estadounidense, la información que reveló no fue publicada desde territorio estadounidense y la relevancia de la misma afectaba a más sujetos que los políticos estadounidenses. A pesar de ello, el Departamento de Estado de los EE.UU. quiere juzgar las acciones de este activista como si el mismo fuera estadounidense. Europa, al doblegarse ante las demandas de los norteamericanos, estaría contribuyendo a ahondar aún más su crisis multidimensional, hasta ahora reversible.

Pero, además, también estaría violando una de las bases fundamentales del derecho internacional referidas a asilados políticos y refugiados: La Convención de Viena de 1951 establece muy claramente que, “un refugiado no podrá ser devuelto a un país donde el mismo enfrente serias amenazas a su vida o a su libertad”. Como verán, además de ser un problema de carácter geopolítico, es también un problema de carácter filosófico, en el sentido de que pone en entredicho principios básicos de la democracia liberal, como la libertad de prensa, la libertad de expresión y otras (además del derecho a la soberanía política que EE.UU. infringió al espiar a sus aliados europeos y que fue revelada justamente por Assange y Manning). Un verdadero momento decisivo para liberales y progresistas de todo el mundo que, como pocas veces, tienen razones para luchar juntos.

Nuevo, en forma y en contenido

Pero es también un momento adecuado para reflexionar sobre la naturaleza y las intenciones de estas nuevas legiones de activistas que ocupan cada vez mayor relevancia en la esfera política de sus sociedades y, sobre todo, a nivel internacional. Si las guerrillas latinoamericanas fueron el resultado de una combinación de varios elementos como la Guerra Fría, las luchas por la descolonización, la emergencia del Tercer Mundo como actor político relevante y la inclusión de millones de personas a la esfera de la política, ¿Qué son los ciberactivistas, hackers, o como se quiera llamar a esta nueva clase de políticos que actúan desde el ciberespacio? Es evidente que se trata de una nueva modalidad de acción política, concepto sumamente relevante, pues comprende el momento en que una filosofía política deja de ser ideología o literatura y se convierte en eso: acción, acción política.

Acción política virtual, sin por ello dejar de ser muy real, y que varía tanto en forma como en contenido según las circunstancias: en algunos países las redes sociales fueron usadas para impulsar movimientos contestatarios (con fuerte carga de pensamiento liberal), como los que protagonizaron millones de personas en el Medio Oriente durante la Primavera Árabe; en otros casos individuos con capacidades muy superiores a las del resto logran ingresar a fuentes de información que luego divulgan con consecuencias de carácter diplomático, geoestratégico y hasta militar, como sucedió con las revelaciones hechas por Edward Snowden cuando hizo públicos los planes del gobierno de EE.UU. de infectar computadoras, ordenadores, celulares y demás equipos electrónicos de países considerados enemigos e incluso de sus propios ciudadanos en 2012; y aunque es todavía muy debatible, el uso de bots en las redes sociales para manipular la opinión pública en orden de asegurar determinados resultados electorales. Todo esto sin mencionar la potencialidad de estos medios tecnológicos para establecer un control absoluto por parte de los gobiernos sobre sus sociedades. Es decir, el hackeo, las redes sociales y otras formas de usar la tecnología de la comunicación y la información pueden ser usadas tanto por fuerzas conservadoras y autoritarias como por fuerzas contestatarias y disidentes.

La acción política virtual es, no obstante, una forma de acción política por excelencia hoy en día y uno de sus ejes de atención o de planteamiento del problema parece girar en torno al uso que le debe dar la especie humana a la información, hoy, en la era del conocimiento. Libertad, software libre, límites al poder del Estado y las corporaciones, serán sus principales puntos de debate durante la siguiente década. Es, después de todo, un universo muy dinámico el del dominio digital.

Hackers por la democracia

En el caso que nos ocupa ahora, esta acción política virtual se adelanta como una forma de enfrentarse a los poderes establecidos; casi una forma de acción progresista, o por lo menos indudablemente liberal, y consecuentemente liberal. Los cables revelados por la organización Wikileaks entre 2010 y 2011, que pusieron bajo la luz de los reflectores no solo las practicas poco legítimas y transparentes de la diplomacia estadounidense, sino también varias atrocidades cometidas por su ejército durante las ocupaciones de Irak, Afganistán y Libia. En éste último capítulo, los protagonistas Assange y Manning enfrentan ahora las consecuencias de haberse rebelado ante el poder geopolítico más intimidante de nuestra era: el gobierno estadounidense, que al parecer, no escatimará recursos para hacer de ellos un ejemplo elocuente para disuadir así a futuros problemáticos. Al parecer, lo hicieron guiados por la convicción de que la información podía ser una forma de establecer límites al poder político.

La reacción del gobierno estadounidense era previsible, más no por ello menos indignante. El gobierno de los EE.UU., a través de numerosos Think Tanks, Fundaciones y Universidades, se ha arrogado el derecho de señalar quien es y quien no es democrático, guiado por parámetros de medición arbitrarios pero innegablemente construidos desde un paradigma liberal de la democracia. Partiendo de John Stuart Mill, de Hanna Arendt, de Robert Dahl, y de otros teóricos de la democracia que ponían énfasis en la libertad del individuo como uno de los principios centrales acerca de cómo concebir la democracia. Assange y Manning, creyendo en aquellos principios, decidieron revelar la información que encontraron en sus trayectorias profesionales como analistas de inteligencia o como periodistas, creyendo que el poder del Estado debía tener límites, sobre todo en cuanto al derecho a la privacidad y anonimato del individuo. ¿Emitirá un comunicado en defensa de Assange la Sociedad Interamericana de Prensa? ¿se pronunciará en contra de la extradición de Assange la Heritage Foundation? ¿Dirán algo Reporteros Sin Fronteras? Esperemos que sí, aunque es poco probable.

La advertencia

Nada de esto hubiera sido posible si el presidente del Ecuador, Lenin Moreno, no hubiera decidido retirar el asilo político que Rafael Correa le concedió a Assange cuando él mismo era presidente; ni tampoco si el resto de los gobiernos del eje progresista se hubieran animado a darle la misma condición. Al haber afectado los intereses de un tipo clase política que entró en crisis desde que Donald Trump llegó al poder, es obvio por qué Assange no puede conseguir un refugio con seguridad en la propia Europa. Él termino siendo víctima de circunstancias y movimientos tectónicos que lo fueron apresando cada día más, hasta llegar el momento actual, en el que parece no haber escapatoria.

Es, en realidad, una advertencia de los alcances que podría tener sobre el resto de los movimientos progresistas una eventual reconstitución de la hegemonía estadounidense en el mundo. Las violaciones a los Derechos Humanos por parte del gobierno de los EE.UU. no son una novedad ni en este siglo ni en el pasado, pero a medida que las fuerzas antisistema pierdan influencia en sus propios países, es claro que posibles gobiernos títeres podrían entregar con facilidad y alegremente a cualquier persona que sea considerada como un peligro para la seguridad de los EE.UU. Esto incluiría a miles de políticos, líderes sindicales, periodistas, intelectuales y activistas en Latinoamérica que hasta ahora han podido criticar e incluso interferir con los intereses del capital estadounidense. La llamada nueva Guerra Fría tiene ahora otro frente de batalla, en los ordenadores y hoy, a diferencia del siglo pasado. EE.UU. ya no puede, ni aún en el discurso, presentarse como defensor de la democracia. Y menos como defensor de la libertad de prensa.


* Es politólogo.

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