junio 18, 2021

Sobre mayorías y minorías


Por Agustín Vega Cortés *-.


De nuevo la confrontación, la desmesura, y la falta de respeto a los ciudadanos que acabamos de votar, convirtió la constitución del nuevo Parlamento en un espectáculo bochornoso.

Es como si no hubiéramos votado. Los líderes de los grupos políticos persisten en la patología del insulto; en la descalificación absoluta del contrario, y en el deseo declarado de su destrucción política. No importa lo que diga el otro porque ya se ha decido lo que quiere decir, y se ha decretado que sus intenciones son las contrarias a las que confiesa. Es como si la política fuera un duelo de gladiadores en un circo romano, y solo uno de ellos pudiera quedar en pie.

Pero no es viable una democracia que no combata esa propensión tan primaria a extrañar al que piensa de otra manera en lugar de hacerle un hueco. Ese anhelo de tener un enemigo para construir, en la confrontación con él, el significado de la causa que se enarbola como reclamo para agrupar a los propios. Yo creo que todo líder político que instituye al adversario en enemigo, y a la disidencia política en beligerancia, lo que busca en el fondo es la sumisión de los suyos. Eso es el caudillismo. Y donde hay caudillos no hay democracia, por mucho que se vote.

Porque votar no es lo que hace a la democracia. En las dictaduras también se vota. Imponer la voluntad de la mayoría sobre la minoría tampoco es lo sustantivo de un sistema de libertades ciudadanas. También las dictaduras se justifican como la respuesta a una necesidad de las mayorías. De hecho, a lo largo de la historia, muchas de ellas fueron apoyadas por sectores sociales muy amplios. El régimen más despiadado de la historia moderna, que fue el nazismo, empezó con una victoria electoral del partido de Hitler, y después tuvo el apoyo de la inmensa mayoría de los alemanes. Mussolini, Franco, y después Pinochet, Videla, y otros dictadores, han tenido, en algún momento, el apoyo de grandes masas. Lo que define a una dictadura no es si cuenta o no con el apoyo de la población, sino el destino que le espera a los que no están de acuerdo, y la complicidad ante sus crímenes de los que si la apoyan o, simplemente, la pasividad de los que miran para otro lado. Estos últimos sí suelen ser la mayoría.

Lo verdaderamente constitutivo de una nación democrática es el sincero convencimiento de que el otro es necesario. Que la disidencia es imprescindible en el pensamiento político, y que lo importante no es defender la voz de las mayorías, que por serlo ya tienen garantizado su papel protagónico en todos los órdenes, sino que las minorías tengan lugar y palabra. Lo primordial en una democracia es no confundir las matemáticas con la razón. No equiparar ganar con la verdad. Es más; lo deseable dentro de una ciudadanía democrática, es que nadie tenga demasiada razón, para que el otro también sea visible y se considere necesario. En realidad, una democracia cabal es un régimen que se combate a sí mismo para que los que son muchos no arrasen a los que son menos. O sea, todo lo contrario de lo que nos cuentan.

* Rebelión.

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