julio 13, 2020

¿Que esperar de Morales, Mesa y Ortiz?


Por Editorial La Época -.


Por el momento y a pesar de los últimos eventos (la renuncia de Edwin Rodríguez a la vicepresidencia de Bolivia Dice No), tenemos un escenario nacional donde dos de los tres principales actores políticos en competencia por el control del Estado no son plenamente abiertos en cuanto a qué tipo de país imaginan para los años venideros; tal vez por que implícitamente sabemos que de alguna manera el candidato es el programa.

Es decir, que cada uno de ellos, por sus condiciones de clase, por su historia personal y sobre todo por sus contextos sociales, actuará de una u otra manera, favoreciendo ciertos objetivos y alianzas por encima de otras. La ventaja la tiene Morales, quien ha dado a conocer la Agenda del Bicentenario, que apunta a colocar a Bolivia en las condiciones del siglo XXI.

Ahora bien, se puede criticar que los dos últimos planes de gobierno del MAS no han sido cumplidos plenamente, pero sabemos que los ejes a los que respondieron se impusieron, aunque sea de forma no sistemática, en las principales políticas de gobierno que se vienen ejecutando desde 2006: una fuerte presencia del Estado en la economía; una reivindicación incuestionable sobre la soberanía de los recursos naturales; una retórica de independencia política y regional frente a los EE.UU. y una distribución de la renta formal e informal inclinada hacia los más pobres y excluidos de nuestra sociedad.

Por el otro lado tenemos a dos candidatos que no son muy transparentes frente a éstos tópicos, no se pronuncian abiertamente sobre ellos; y ese silencio debería incomodarnos. Tanto en su versión moderada, como es Carlos Mesa, como en su versión más radical, como es Oscar Ortiz, se parte de un rechazo a la Bolivia que ha construido el “Proceso de Cambio”; desde cuestiones tan sutiles y simbólicas como la declaración y fundación del Estado Plurinacional, hasta el manejo de la economía, la justicia y la administración de los servicios públicos, entre muchos otros aspectos, algunos de los cuales podrían ser o no pertinentes.

Tenemos entonces, por una parte, a Carlos Mesa, que ha sido muy explícito respecto a sus convicciones políticas democráticas y liberales, pero no lo ha sido, por otra parte, respecto a otras cuestiones un poco más estructurales como el lugar que debería tener Bolivia en la construcción de un nuevo orden mundial que supere el unipolar de la década de los 90s, que es la década a la que se lo puede remitir a él como época de origen.

Si la mejor forma de predecir el comportamiento futuro es revisar el comportamiento pasado, entonces existe una razonable sospecha de que dejará de lado los cuatro ejes que actualmente guían al gobierno, sobre todo aquellos relacionados a la construcción de un Estado fuerte, soberano e independiente. Que no sea un nacionalista de pura cepa como Morales no es un delito, pero si puede resultar fatal para nuestra sociedad cuando fuera de casa se está desarrollando una guerra comercial entre dos potencias que se están disputando la supremacía internacional y a las cuales les importa muy poco el futuro de éste humilde rincón del planeta. Nuevamente, la indecisión de Mesa o la ausencia de una postura clara e inconfundible frente a algo cuestiones como la independencia nacional, es otra debilidad que debemos tomar en cuenta. Su posición de alineamiento a los Estados Unidos, da cuenta de su posición en materia internacional.

Oscar Ortiz, por otra parte, es la expresión más políticamente correcta que los sectores oligárquicos de nuestro país han podido encontrar hasta el momento. Es la personificación más civilizada de sus arcaicas aspiraciones. Empresario, miembro de los logias y sociedades anónimas de empresarios millonarios, partidario de un Estado reducido y creyente en los dogmas derrotados de Friedman, autonomista federalista y regionalista radical, Ortiz es como un rezago de inicios de éste siglo, cuando Morales parecía más una enfermedad pasajera que el inicio de algo nuevo. Aún se resiste al cambio y sigue pensando como pensaba la vieja élite política: Bolivia es un país pequeño y dependiente que debe mantenerse estrechamente cercano a los Estados Unidos de Norte América. Lastimosamente para él y sus partidarios, la derrota de las consignas regionalistas hace casi una década y su propia personalidad y candidatura improvisada, le dan pocas oportunidades de alcanzar el poder.

Estos prejuicios se confirmarán o serán desmentidos éste 21 de julio, cuando los partidos publiquen en el sitio web del TSE sus respectivos programas de gobierno.

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