Por Javier García De Alarcón -.
Es fácil dividirnos por parentesco, basta ver quiénes son de tu familia y quiénes no. Es fácil dividirnos por frontera, viendo en certificados de nacimiento la condición de amigo/enemigo. Es fácil dividirnos por edad o sexo, características que son parte inseparable de nuestros cuerpos. Pese a eso, la principal división política que existe en Bolivia en a lo largo de este siglo XXI está basada en cultura.
En esa narrativa, el camba y yo somos dos personas totalmente opuestas, nos vemos como miembros de colectivos enfrentados, enemigos. Puede que veamos las mismas series japonesas o apreciemos el punk de los años 90, pero aunque nuestras prácticas sociales, es decir nuestra cultura, sean las mismas, en la narrativa separatista, que todavía permea la televisión y es hegemónica en las redes, somos dos fuerzas antagonistas. Así, siendo muy parecidos, llegamos a vernos como enemigos.
Esta es la terrible contradicción de nuestros tiempos en Bolivia: pese a que día a día las distintas herencias culturales de nuestros pueblos se mezclan más y más en las metrópolis modernas que construimos aumenta también la división en base a líneas étnicas. Pese a ser cada día mas iguales, la división se vuelve más y más relevante en nuestras mentes. Es sobre esta situación latente en el consciente de nuestras ciudades que se encuban brotes de violencia, como el que ocurrió la anterior semana en Santa Cruz.
En parte es la ansiedad de presenciar la diferencia; para la tarijeña católica devota le genera ansiedad ver que en vez de rezar arrodillados los aimaras que llegaron a la ciudad veneran a la misma virgen bailando, así como a los aimaras ver a la tarijeña con un jean hasta la rodilla en la iglesia. Esa ansiedad nos inunda como país, el no entender porque actúa así la otra persona nos aleja, nos hostiliza hacia el otro.
Así mismo, la ilusión de jerarquía persiste. Al cruceño los menonitas le parecen raros, pero no va a afirmar que su catolicismo es mejor que el calvinismo de los menonitas o que su español más civilizado que su alemán; pero gritará a los cuatro vientos que su español es mejor que el del colla, que su iglesia es mejor que los achachilas del otro. Como resultado del legado colonial, no todas las culturas valen igual ni todas las raíces son igual de dignas. Debilitado, aun así el legado colonial sigue presente en los juicios de valor en toda nuestra sociedad.
Así, la ansiedad de la diferencia nos divide mientras que la ilusión de jerarquía nos polariza entre opresores-civilizados y oprimidos-incivilizados. No es secreto alguno que los patrones de voto de todas las elecciones desde 2005 van acorde a esta división. 15 años después el voto étnico persiste, la división persiste.
Pero aquí la contradicción se ve al revés, pese a estar tan divididos, somos cada vez más iguales. Urbanización, globalización, modernización y migración hacen trizas las identidades esculpidas en piedra durante siglos.
La velocidad demográfica y tecnológica de los cambios hace pensar si identidades como camba, chapaco, aymara o quechua sobrevivan en sus formas actuales de aquí a 30 años. El mismo hecho que identidades como lo colla, amalgama de lo aimara y lo quechua, existan muestra el posible camino.
Los tiempos nos empujan a la fusión de nuestras identidades, llevándonos a la etnogénesis, literalmente “creación de etnias/culturas”, mientras que nuestra historia y nuestras tradiciones nos llevan a la división y conflicto. Nadie ha escrito en piedra el futuro, pero quizá reflexionar sobre esto nos permita entenderlo y más importante aún, elegir una de las alternativas.

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