mayo 31, 2020

Verde que te quiero verde


Por Canela Crespo Sánchez (@canela_cs)-.


Hoy parece que cualquier análisis u opinión que no gire en torno a la pandemia mundial de Covid-19 es banal o prescindible. Al ser esta la prioridad del mundo entero, muchas de las luchas sociales de los pueblos han quedado relegadas cuando en realidad, en algunos casos, debieran ser potenciadas. Sucede esto con la lucha por los derechos de la Madre Tierra y la justicia ambiental, que es una de las que más capacidad transformadora tiene hoy en el mundo y también una de las más urgentes y necesarias.

Replantearnos la ecología social es especialmente importante en esta crisis sanitaria mundial porque, en condiciones más favorables, quizás la propia naturaleza hubiera podido evitar el brote del virus. El sistema capitalista se alimenta tanto de la explotación de hombres y mujeres como de la explotación de la Madre Tierra y tiene sobre ella el mismo efecto devastador y empobrecedor que tiene sobre los seres humanos.

El brote de coronavirus hubiera sido menos probable (o casi improbable) con ecosistemas correctamente conservados, que propiciaran una mayor diversidad genética en los animales, disminuyendo así su carga vírica. En cambio, el murciélago de la sopa de Wuhan era un animal estresado, que había sido maltratado, manipulado en condiciones insalubres, que venía de un bosque alterado; es decir, con una alta carga vírica y con mucha más probabilidad de que uno de los virus “salte” a un humano.

Actualmente, los científicos no tienen dudas de que la vacuna contra el Covid-19 será prontamente desarrollada; sin embargo, hay que entender que las vacunas son reacciones a las enfermedades y no su solución. Esta pandemia la hemos pagado en vidas humanas. Las siguientes, que las habrá con certeza, debieran ser atenuadas de raíz y, por ende, en mayo de 2020, la lucha por la justicia ambiental debe estar más vigente que nunca. Las visiones desarrollistas capitalistas no pueden ser las que decidan, en última instancia, qué derechos deben o no respetarse: la vida debe estar por encima del cálculo material.

Cada día que pasa, los seres humanos destrozamos un poco más nuestra casa común. Un ejemplo global es que la pandemia ha relanzado el consumo de plásticos tanto para usos hospitalarios como domésticos, retrocediendo en lo poco que se había logrado hasta hoy; en muchas playas del mundo encontramos mascarillas y guantes desechados flotando.

También tenemos el ejemplo local en Bolivia de la promulgación, hace pocos días, del Decreto Supremo N° 4232, que abre la posibilidad a nuevos eventos transgénicos en cinco cultivos, atentando contra el patrimonio genético de los mismos, arremetiendo contra la soberanía alimentaria y significando altos riesgos para el medio ambiente. Con menor diversidad genética, mayor vulnerabilidad a plagas y enfermedades y mayor necesidad del uso de pesticidas que conlleva a más contaminación.

En este momento, con una crisis sanitaria mundial que solo parece robustecerse y con la amenaza permanente de futuras pandemias, las posturas antisistémicas verdes son primordiales. Los discursos abstractos no deben quedar sin acciones reales; es el momento de que la protección de los derechos de la Madre Tierra se convierta en el límite del agronegocio y de la explotación desmesurada de los recursos naturales así también como del uso de plásticos y transgénicos.

Esta vez y en esta coyuntura, me quedo con las palabras de René (Calle 13) grabadas: “No volvamos a la normalidad, mejor comencemos de nuevo”.

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