abril 11, 2021

Respirar en tiempos del Covid-19

Por Emma Lazcano-.


La corrupción es un acto obsceno que insiste en las esferas del Estado, su presencia retorna una y otra vez pese a que existen normas para combatirla; parece que nada se puede hacer al respecto, salvo rendirse ante los espectáculos que ofrece. No obstante, la corrupción ha sido el estrago que se ha llevado por delante a más de un gobierno, al rebasar la tolerancia de una población que, llegada la hora, impone un límite. Eso ha sucedido, incluso, cuando la opinión pública fue ganada por una especie de justificación o legitimación amoral de los actos de corrupción, por ejemplo, bajo la afirmación: “roba, pero hace”; muy similar a enunciaciones del siguiente tipo que hoy abundan en las redes sociales: “si otros lo hicieron, estos tienen derecho”.

Transparencia Internacional define la corrupción como: “El abuso del poder delegado para obtener beneficios privado”. Casi siempre funciona como una red, porque involucra a más de una persona y se sostiene en un principio de reciprocidad perversa. La “gran corrupción” es cuando ese abuso es de alto nivel y beneficia a unos pocos a expensas de muchos, causando graves daños a las personas y a la sociedad.  En medio de la pandemia en curso, una muestra de esta clase de corrupción gira en torno a una adquisición realizada por el gobierno transitorio boliviano, con un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Se trata de la compra irregular de 176 ventiladores artificiales “Respira”, requeridos con urgencia para auxiliar la vida de los más afectados por el Covid-19, pero que han quedado como meras cajas vacías; ni gato por liebre.

El escándalo ha empujado a que la gobernante, Jeanine Áñez, se comprometa públicamente “a impulsar todo el peso de la ley contra los que hayan cometido corrupción”, instruyendo una investigación con el imperativo de “caiga quien caiga”. Era previsible que Áñez pronunciara un discurso de este tipo, con libreto balsámico y políticamente correcto, tomando en cuenta el doble papel que debe sostener; por un lado, como responsable primera del gobierno transitorio, y por otro, como candidata presidencial en carrera, salvo que el escenario político fagocite antes su imagen y/o traiga alguna novedad de fondo.

A la fecha, en torno al caso, se incrementan las denuncias, surge más información reveladora y existe varios detenidos que reportaron más datos. Los pormenores aluden a altos funcionarios de gobierno, incluida Áñez, y han puesto en entre dicho al mismo BID; veta desde la cual muchos bolivianos se pregunten sobre el manejo y destino de los numerosos préstamos y donaciones otorgados al Gobierno por la Comunidad Internacional, para gestionar la emergencia sanitaria.

Ante el escándalo, Áñez también ha dicho que equipará los hospitales del país con transparencia, haciendo que “toda compra sea revisada en detalle por el público en las redes”; empero, ha dejado intactos los decretos supremos y resoluciones que emitió para hacer compras estatales, evadiendo los procedimientos que manda la norma, incluso gozando de cláusulas de confidencialidad. Con todo, si algo de honor tienen sus palabras, al menos debiera comenzar con restablecer en todo su alcance y prerrogativas al Sistema de Información de Contrataciones Estatales (Sicoes), en su calidad de instrumento web para el control público abierto.

La pandemia no puede justificar actos ilícitos en la administración de lo público, mucho menos en el manejo de los recursos destinados a la emergencia sanitaria y todos sus apremios. Lo contrario significa perpetrar un grave atentado contra las posibilidades de supervivencia de todos y cada uno de los bolivianos, ante las amenazas del Covid-19. Trágicamente, esto ha sucedido con la compra irregular los 176 ventiladores, lo cual ya parece hablarnos de un caso de corrupción en tanto “crimen de lesa humanidad”. Lo siniestro, aquí, no es el Covid-19, sino el hecho de constatar que, en la extrañeza del confinamiento, nos ha sido timado aquello destinado a auxiliar nuestras vidas, en un momento de peligro real; quizá, cuando más nos haga falta respirar.

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