abril 11, 2021

Debate Quispe vs. Quispe: mi lectura


Por Carla Espósito Guevara-.


El 15 de agosto pasado la Red Uno de Bolivia propició un debate televisivo entre Felipe Quispe (el Mallku), como representante de los bloqueos del Altiplano, y el Tata Quispe, como representante gubernamental, que dio lugar a variadas interpretaciones en torno a quien ganó y quién perdió. Más allá de quien metió más goles yo lo calificaría como un duelo ente el “indio permitido” y el indio “subversivo”, las dos metáforas desarrolladas por el neoliberalismo multicultural en torno a lo que es ser indio.

El concepto de “indio permitido” fue acuñado por Charly Hale (2007) para explicar en la práctica los mecanismos de la gubernamentalidad, que es un conjunto de tácticas de gobierno, desplegadas para gobernar desde lejos. Según Foucoault la gubernamentalidad busca gobernar la población, que aparece como el propósito mismo del gobierno, como su objeto y su campo de intervención, cuyo fin es manejarla y disciplinarla de manera racional y consciente.

Hale, a partir de este concepto de gubernamentalidad, busca explicar cómo determinados Estados usan técnicas para gobernar y manejar poblaciones específicas como la indígena, dando cuenta de tácticas, técnicas y mecanismos por los cuales el Estado neoliberal procesa, gestiona y disciplina las demandas indígenas a través del multiculturalismo.

En ese marco acuña la noción de “indio permitido” que es un mecanismo de la gobernanza neoliberal por el que el poder modela lo que significa ser indio en una sociedad, es decir, cómo delinea la imagen de una indignidad deseada por el poder, por la que los indios son reconocidos como ciudadanos por las elites gobernantes siempre y cuando no cuestionen o amenacen el proyecto de poder existente ni su relaciones productivas dominantes.

A través de este mecanismo el poder divide los movimientos indígenas y coopta ciertas voces y figuras que reúnen las características de la indigenidad deseada, tolerándolas de manera condescendiente en sus círculos políticos y sociales, con esto busca mostrar una imagen de tolerancia multicultural hacia afuera, mientras separa al indígena “permitido”, del indígena “radical” “no permitido” que queda expulsado de toda concesión.

Es usual que el “indio permitido”, como indigenidad deseada, sea imaginado en los macos de la utopía roussoniana del “buen salvaje”, como el “indio civilizado”, “racional”, moderado, enmarcado en los códigos y lenguaje del poder. En cambo el indio subversivo representa el caos, el estado de naturaleza, por tanto, se le convierte en la síntesis del “salvajismo y la irracionalidad”. Son los “intransigentes”, los que no “entienden”, los janiguas, los “radicales”.

El Tata Quispe ha sido convertido hoy en “indio permitido” del poder, como en su momento fue Víctor Hugo Cárdenas durante el gobierno neoliberal de Sánchez de Lozada, desde cuya posición lideró las reformas multiculturales del Estado neoliberal. El objetivo es hoy, como entonces, que el Tata Quispe actúe como agente disciplinante frente al resto del mundo indígena. El “indio permitido” es genuflexo con el poder (“lleva sus bacines”, dijo el Mallku), por eso es premiado, se le hacen concesiones y regalos, se le otorgan cargos políticos, mientras que el indio “no permitido” (el Mallku) es pasible a ser reprimido y enjuiciado; de este modo, las demandas más radicales que amenazan el poder, son neutralizadas y calificadas desde arriba y por los medios de comunicación como estrategias políticas, concebidas y promovidas por un “pequeño grupo de líderes oportunistas y sedientos de poder, para arrancar el apoyo de unas bases ingenuas”.

El debate del 15 de agosto pasado fue una batalla simbólica entre estas dos representaciones de lo indígena en Bolivia, y más allá de las innumerables alusiones a la masculinidad indígena, lo importante para mí es señalar acá cómo el poder y los medios de comunicación intentan promocionar al “indio permitido” como mecanismo para manejar y neutralizar aquellas demandas que cuestionan el poder.


  • Socióloga

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