noviembre 25, 2020

Carlos Mesa: el déspota ilustrado

Por Jhonny Peralta Espinoza-.


En la primera parte del siglo XVIII, la burguesía fue partidaria del despotismo ilustrado, una forma de limitación del poder de los reyes que no pasaba por la historia, sino por el saber, la filosofía, la técnica. Carlos Mesa se ha construido como hombre del saber a partir de su estudio de la historia, aunque en el fondo aspira a ser un hombre que esté más allá del bien y del mal, porque hasta ahora no dijo ni una palabra sobre las masacres de Senkata y Sacaba, quizás pensando que esas muertes justifican la pacificación y presunta tranquilidad de los que queden, olvidándose que es un precio demasiado caro, porque la pregunta que no se hace Mesa es: ¿qué razones pueden tener esas mismas mujeres y hombres para levantarse hoy contra la corrupción, el autoritarismo, la violencia y el racismo de este gobierno, que él mismo ayudó a instalarse?

Carlos Mesa, como candidato de la derecha, hoy se presenta con la cara de lo políticamente correcto y afirma: “Soy candidato porque represento adecuadamente lo que el país necesita en este tiempo de inflexión histórica… necesitamos vivir en democracia, tener una mejor educación, trabajo, salud y justicia… defensa del medio ambiente y la igualdad entre hombres y mujeres… un país unido, con valores y causas… Estoy dispuesto a luchar por estas causas, que van a definir nuestro futuro”.[1]

Nadie puede estar en desacuerdo que la vida debe ser libre para cada uno, pero aquí hay un matiz fundamental, que esa libertad para todos debe ser justa para la mayoría, en otras palabras, que la libertad del banquero o del agroindustrial no puede afectar la libertad de los marginados que aspiran a tener más salud y educación, mejores salarios y una justicia más benigna. Exaltar salud, justicia, educación, trabajo sin tener una posición clara y firme sobre a quiénes debe más beneficiar esas causas, es no decir nada; es tener una actitud reaccionaria, en el sentido más objetivo y menos reconfortable de la palabra.

Por estas razones Mesa se pregunta: “¿Qué representa hacer política hoy en la Bolivia de la transición? Primero cuestionar las etiquetas políticas. Izquierda y Derecha, por ejemplo, conceptos que nacieron en la Revolución Francesa hace más de dos siglos y que ya no son suficientes para explicar una propuesta de país… ¿Izquierda y Derecha? No alcanzan para describir un compromiso con el futuro en clave de renovación generacional y de mente digital acorde con el siglo que vivimos”.[2]

Es esta posición ideológica que Mesa utiliza para justificar su pseudoconducta de lo políticamente correcto, sin comprender que la batalla política por la libertad es, en última instancia, la batalla por el control de los bienes comunes en beneficio de las grandes mayorías que lo conforman los indios, las obreras, las mujeres de pollera, los hombres de tez morena. Es en esta posición “neutra” de Mesa donde comienza el truco, la argucia de querernos hacer creer que la política de poder, cualquiera que sea, puede darnos una sociedad mejor, la liberación social de todos y todas; cuando bien sabemos, sin ser historiadores, que la dirección del país durante 181 estuvo en manos de su clase social y que el dominio de la patria nunca dejaron de tenerlo y que esta política de poder se descubrió que era una traición en la medida en que durante los 14 años del Proceso de Cambio el pueblo sacó una conclusión radical: “que hay un desarrollo que libera y un desarrollo que no libera” (Zavaleta Mercado).

Y esta referencia a la gestión de los bienes comunes en favor de las clases mayoritarias, que no acepta Mesa por su rechazo a definirse como izquierda, nos permitió ver cómo esos bienes comunes durante 181 años se cerraron de manera progresiva en el proceso de proletarización y de pauperización de hombres y mujeres que quedaron excluidos de la mismísima sustancia de sus vidas. Mesa, hombre “políticamente correcto” no entiende que en el espacio político hay claras diferencias, para la izquierda la línea divisoria política atraviesa todo el cuerpo social, mientras que para la derecha la sociedad es una totalidad jerárquica alterada por intrusos marginales; en otras palabras, el MAS acepta el carácter antagónico de la sociedad y, por lo tanto, acepta la necesidad de tomar partido, algo que a Mesa le repele porque si o si tiene el deber de defender a su clase.

Y entonces Mesa toma coraje y se atreve a definir el rol de Estado y afirma: “…el Estado tiene un rol que jugar en la educación, en la salud, en la construcción de condiciones amigables con la iniciativa individual y colectiva de los ciudadanos, desde la inversión empresarial hasta los pequeños emprendimientos, por modestos que estos sean… Este nuevo tiempo, finalmente, es el de la reconciliación y el reencuentro en el que debemos entender la igualdad y la equidad como nuestro gran desafío”[3]… y refuerza su posición oligarca con una sentencia: “primer punto y muy importante, cero nacionalizaciones de aquí en adelante… segundo punto y muy importante, incentivo a la inversión privada que tiene que jugar un rol protagónico nacional como internacional”.[4]

Mesa deja al Estado las tareas de salud y educación, pero también ese Estado debe crear “condiciones amigables” a la inversión privada grande o pequeña, nacional y extranjera, y sin nacionalizaciones. Con esta declaración Mesa toma partido por el rol que debe jugar la empresa privada nacional o extranjera en la economía nacional; sin importarle que Bolivia todavía forma parte de los desarrollos geográficos desiguales y en esta situación la inversión privada busca y se desplaza a países donde los costos de producción sean bajos, porque las ganancias deben tener plazos más cortos, sin importar el crecimiento a largo plazo, así ese mantra que adora Mesa y que se llama inversión privada presionará a la baja de los salarios, una inversión privada que no va a querer compartir los beneficios mediante el aumento de salarios. En otras palabras, se intensificará la desigualdad: pocos ricos y más pobres. Mesa como historiador no ha aprendido que su clase, ya sea nacional o extranjera, ha tenido la dirección y el dominio del país durante 181 años, y que la inversión privada ha sido el símbolo de la subordinación económica, porque nunca se ha materializado en la lucha contra la desigualdad y, lo más fundamental, en el fin histórico que es lograr un país con  independencia, soberanía y dignidad nacional.

Para realizar estas ambiciones económicas Mesa propone: “Nada de esto será posible sin una transformación de la democracia. Respuestas de presente y de futuro a los valores más importantes de la sociedad que construyan una justicia para todos, el respeto a la diferencia, la batalla sin cuartel para terminar con la discriminación y el racismo, el ejercicio de gobierno con una verdadera separación de los cuatro poderes del Estado y el pleno uso de los derechos y libertades del conjunto”.[5]

Comencemos viendo con qué clase de democracia se identifica Mesa: la primera, es con la democracia entreguista y desnacionalizadora de la economía y la política como fue el gobierno de Sánchez de Lozada y, la segunda, la democracia golpista y racista, como la encabezada por Camacho, Tuto, Marincovik; por lo tanto, Mesa no comparte un vínculo básico con la mayoría de los bolivianos votantes que durante 14 años y por amplia mayoría han votado por el Proceso de Cambio, entonces Mesa no se siente comprometido con las elecciones democráticas, porque Mesa ha venido repitiendo que: “sería una desgracia que vuelva a gobernar el MAS”, que “no volverá el autoritarismo, el despotismo, la corrupción del MAS”, son afirmaciones que expresan sus sentimientos políticos e intereses vitales, que como los movimientos sociales e indígenas no le aceptan ni le comprenden, Mesa está dispuesto a no aceptar el veredicto del 18 de octubre si pierde, aunque sea por 38% a favor del MAS y 23% a favor de su partido. Por tanto, lo que nos plantea Mesa es un problema profundo sobre la democracia: si las elecciones democráticas solo funcionan cuando la mayoría de un país comparte esa creencia política común y son un método para zanjar desacuerdos, y como Mesa y la derecha no está de acuerdo que regrese y gobierne el MAS, ese acuerdo básico se tambalea y lo único que le resta a Mesa es la confrontación, por esta razón desde el inicio del golpe de Estado nunca se manifestó abierta y firmemente en contra del ejercicio violento y racista de este régimen.

Estas razones le permiten a Mesa reivindicar a los pititas: “¿Qué es la ‘revolución de las pititas’? Una visión de la política, una convicción, una acción, un compromiso… Una vez más los jóvenes y las mujeres, pero esta vez reconocidos, protagonistas, centro vigoroso de un movimiento que no se cansó y que no se rindió nunca, al que se sumaron liderazgos de los más importantes movimientos cívicos del país… Fue un hecho para la historia, las pititas probaron que la estrategia de lucha no violenta funciona, que la resistencia organizada con fe e inteligencia da resultado, que acorrala a los poderosos y los deja sin argumentos. Todo a partir de la sociedad organizada, todo a partir de la vitalidad solidaria”.[6]

Con estas frases se retrata el historiador Mesa que desde antes y después de las elecciones de 2019 vociferaba “que Evo Morales salga del gobierno porque ha hecho un fraude monumental”, el asunto era que para salga Evo implícitamente pedía que otros realicen esa tarea, lo mismo que pasó con la masacre de octubre junto a Sánchez de Lozada, los militares asesinaron por ellos. Y lo que Mesa llama la “revolución de las pititas”, no es más que la movilización de individuos atomizados y aislados que, en su desorganización, se despojan de su apatía y ven la oportunidad de ejercer su violencia pura y dura, con el añadido de un racismo perverso. Las pititas que fueron los títeres movidos por Mesa y la derecha, solo tuvieron una forma de hacer política: el terror; donde nunca se los trató de organizar como clases, sino como la fuerza pura del número.

Y es a través de las pititas que Mesa hace historia de clase y dice: “Esa insurgencia democrática inscrita en la historia para siempre, no puede ni será negada por la mentira, por la manipulación mediática internacional, por la red de seguridad que desde la ‘izquierda’ le cuenta al mundo que en Bolivia hubo un ‘golpe de Estado’ y que la presidenta Áñez es una ‘gobernante de facto’… Que revisen los heroicos veintiún días y cierren la boca, que reconozcan por una vez en sus vidas que el patrimonio del heroísmo y la democracia no es exclusivo de una ideología”.[7] Sabemos que la ideología, ese conjunto de ideas, creencias, conceptos está destinado a convencernos de su «verdad», pero que también sirve a algún interés de poder inconfeso, entonces el objetivo es descubrir ese interés no confesado de Mesa pero en condiciones de igualdad y libertad; pero en este caso no se produce ya que el historiador, el periodista es el que determina qué es la verdad, porque solo Mesa cuenta con las herramientas para conocerla, practicarla e imponerla, así la verdad de Mesa, o sea su interpretación del golpe de Estado, es violenta y por tanto es política ya que expresa los intereses de su clase; y si, por el contrario, buscamos que la verdad de Mesa sea libre en condiciones de igualdad, debe escuchar y mezclarse con las verdades que manejan los movimientos sociales e indígenas, solo así el sentido y significado de la verdad será el comienzo de la democracia.

Y como Mesa no sabe organizar políticamente porque ve a la gente como simples medios a ser utilizados, dice lo siguiente: “Creamos una alianza política nueva… alimentada por una representación plural de la sociedad y que tuvo jóvenes, mujeres e indígenas como protagonistas… que decidió abandonar los lugares comunes de la identificación fácil de izquierda, centro y derecha[8]… decirles que en lo que a mí toca… mi propuesta será de reconciliación y de rencuentro entre bolivianos, no aceptando la lógica de Morales que habla de racismo de discriminación que no existe en las candidaturas, en la mía en particular”.[9]

Mesa es consciente que pertenece a una clase opresora pero también extranjera, por su origen y por sus intereses, en la medida en que la oligarquía boliviana fue siempre ajena a las referencias culturales de la nación, me refiero a los y las indias; no se puede afirmar que aquí no hay centro, derecha, izquierda, porque esto implica desconocer lo que se logró durante el Proceso de Cambio, que es el derecho de hacer política de los movimientos sociales e indígenas, derecho que significa insumisión y lucha contra los grupos dominantes internos y externos, solo así con la movilización  y la toma del poder por los movimientos sociales se puede construir la nación. Por el contrario, Mesa al aplicar rigurosamente su pensamiento sobre los movimientos sociales, sobre el poder político, sobre la historia de Bolivia, habla como clase dominante por los indios, por las obreras, por los sectores populares, pero lo hace de forma empírica, porque no los conoce, él solo los investiga, y todo lo que sale de su ser suena a vacío, y esto porque jamás luchó como periodista ni como ciudadano, y donde sus prácticas de historiador, periodista e intelectual solo le permitieron vincularse a la política de una forma tal que determinó su conducta política desapasionada y nada comprometida, además que no comprende que  no puede haber reconciliación con su clase que insulta, detiene y masacra al pueblo trabajador.

Mesa ejerció desde los 23 años el periodismo desde 1979 hasta el 2002, con el único propósito de acrecentar el poder de algunos y envilecer, pervertir, dañar la moral de todos, sin importarle que muchas veces un país vale lo que vale su prensa; así los periódicos desde el tono y el lenguaje que adoptan deben ser la voz de las mayorías, de la nación, pero Mesa nunca tomó posicionamiento, por eso desde el periodismo político y moral sobre la actualidad nunca supo qué quería ser, y solo impulsó, desde las élites ilustradas a las que Mesa representa, la invasión cultural extranjerizante, en una especie de contraconciencia histórica, o sea que ha hecho historia sin conocer al “otro”, al “extraño” y por el cual no está dispuesto a dar su vida, como son los indios y las indias. Ya Marx escribió que a la ideología burguesa le encanta historizar: toda forma social, religiosa y cultural es histórica, contingente, relativa; excepto la suya propia, porque Mesa que fue cómplice de la expansión de la ocupación extranjera de nuestra economía, es incapaz de conocerse históricamente a sí mismo y si es elegido presidente volveremos a esas andaduras, a que el poder de resistencia del pueblo boliviano se debilite y caigamos en las garras del imperialismo, por esto afirmamos que Mesa busca el poder por el poder mismo.

El pueblo boliviano sabe que Mesa representa el fracaso de todos los esquemas de la derecha y, por lo tanto, la propuesta de Mesa no será exitosa en las actuales condiciones de crisis estructural; además que Mesa fallará porque es un ser inferior al reto que plantea en este momento la historia, parafraseando a Zavaleta Mercado, con Mesa “no se debe elegir un futuro falso en nombre de un falso pasado”, en la medida en que el despotismo ilustrado de Mesa solo quiere dar significado a sus opciones existenciales: lavar sus manos manchadas de sangre y reivindicarse con su clase.


  • Exmilitante Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka

[1]  https://comunidadciudadanabo.com/#carlos

[2] https://carlosdmesa.com/2020/01/12/transformacion/#more-7855

[3] https://carlosdmesa.com/2020/01/12/transformacion/#more-7855

[4] https://www.youtube.com/watch?v=zBYveb_Hy2U Entrevista a UNITEL 20/09/2020

 

[5] https://carlosdmesa.com/2020/01/12/transformacion/#more-7855

[6] https://carlosdmesa.com/2019/12/29/votos-y-pititas/#more-7845

 

[7] https://carlosdmesa.com/2019/12/29/votos-y-pititas/#more-7845

[8] https://carlosdmesa.com/2019/12/29/votos-y-pititas/#more-7845

[9] https://carlosdmesa.com/2019/12/28/entrevistas-tras-el-fraude-y-la-renuncia-de-morales-5-la-silla-rota-de-mexico/#more-7828

1 comentario en Carlos Mesa: el déspota ilustrado

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