marzo 7, 2021

Cuando permitimos que el enemigo determine la agenda


Por Carlos Echazú Cortéz-.


Es sabido que quien tiene la capacidad de determinar la agenda pública es el que ejerce, en ese momento, el dominio discursivo (ideológico) en la sociedad. Eso quiere decir, contrariamente a lo que se piensa comúnmente, que no es el que tenga las respuestas a los problemas el que domina el debate. Mas bien, quien hegemoniza el debate es el que formula las “preguntas correctas» o, por lo menos, quien logra que sectores mayoritarios de la población sientan que sus preguntas son las correctas. De este modo, se determina ¿cuál es el problema más grave que tiene la sociedad? ¿Cómo se puede solucionar o superar ese problema? ¿Qué recursos debemos utilizar para esa solución? ¿Quién o quiénes son los enemigos de la comunidad?, entre otros.

Ahora bien, en este debate por determinar la agenda pública no estamos todos en las mismas condiciones, eso es tan evidente que parece una verdad de perogrullo, pero que muchas veces se quiere pasar por alto. No son pues la inteligencia o el buen discernimiento las determinantes para imponer criterio sobre los demás. Más bien, con frecuencia, el que impone su verdad es el que tiene la capacidad de reproducir su voz en mayor proporción que el resto. De este modo, no es extraño para nadie que quienes poseen y determinan la orientación discursiva de los medios masivos de comunicación son los que preponderantemente dominan la agenda pública.

Este es un hecho incontrovertible que debemos saber quienes nos enfrentamos a las clases sociales oligárquicas en una sociedad que, como clase social, tienen monopolio sobre los medios masivos del denominado establishment. Este hecho, por sí solo, constituye ya un enorme escollo que vencer en la lucha política. Su ventaja es abismal, pues nuestros pequeños medios alternativos se baten contra gigantes medios monopólicos de la comunicación.

Ahora llegamos al punto de la argumentación. Si en ese contexto nos presentamos inconscientes de los esfuerzos que hace el enemigo por marcar la agenda pública y seguimos sus planteamientos, entonces caemos como pececillos ingenuos en sus redes. Así ocurre, por ejemplo, cuando después de haber dado un golpe de Estado, la derecha necesitada de consolidar su toma del poder entonces grita a los cuatro vientos, por todos sus medios, «necesitamos pacificar al país», «el pueblo clama por la pacificación». Si en ese marco nos ponemos en competencia con la derecha, por ser más pacificadores que ellos, lo único que estamos haciendo es caer en su trampa y serles útiles, mejor dicho, tontos útiles.

En otro contexto político, el movimiento popular les ha dado a los golpistas una paliza electoral y necesita castigarlos y sancionarlos para que en el futuro sepan lo que les espera cuando vuelvan a intentar otro golpe; entonces la derecha grita otra vez a los cuatro vientos «¡Reconciliación, el país necesita reconciliación!». Si en ese marco, nosotros somos más reconciliadores que ellos, entonces somos, otra vez, tontos útiles, viendo cómo los golpistas no solo andan impunes por las calles, sino también se vuelven hasta candidatos.

Un tercer contexto político, la derecha requiere hacer a un lado a un célebre dirigente popular que, por primera vez en la historia del país, ha logrado nuclear a todos los movimientos sociales y populares y, bajo su liderazgo, les hemos dado palizas electorales por 14 años, entonces la derecha grita a los cuatro vientos «¡Renovación, el país necesita renovar a sus líderes políticos», y nosotros gritamos más fuerte que ellos «¡Si, renovación, nosotros nos renovamos más que ellos!», entonces ya el mote de tontos nos queda chico.

* Militante de la izquierda boliviana

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