abril 22, 2021

Felipe Quispe Huanca: el indianista que suturó las dos bolivias y nos devolvió el ajayu

Por Daniela Franco Pinto -.


Felipe Quispe Huanca, el Mallku, no solo fue un historiador titulado por la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), sino que él mismo encarnó la historia. Escribió sobre las luchas del sector indígena emprendidas desde siglo XVIII para denunciar los vicios coloniales de una sociedad racista, pero además encarnó la “voz” de estas reivindicaciones y fue una ventana del pasado en el presente con un eco impetuoso sobre las nuevas generaciones. Como lo señala Carlos Macusaya, Quispe fue un continuador de las luchas de Tupaj Katari y Zárate Willka, y escucharlo significó comprender esas reivindicaciones milenarias.

Las consignas de Felipe Quispe calaron hondo tanto en la juventud movilizada por la defensa de la dignidad popular entre 2019 a 2020, y también entre quienes escucharon y vivieron sus consignas y estrategias políticas los años precedentes a la Guerra del Gas (2003). Sin duda, fue el precursor de los principales embates contra la colonización que allanaron el camino para el triunfo del Movimiento Al Socialismo (MAS-IPSP) en 2005 y también en 2020.

El 2000 Quispe reactualizó las estrategias del cerco a La Paz emprendidas por Tupaj Katari a finales del siglo XVIII. Al respecto, en agosto de 2001, en el periódico de opinión El Juguete Rabioso, apareció el análisis que Javier Sanjinés hiciera de dichas movilizaciones. Según este autor la propuesta del Mallku, “hay que indianizar al q’ara” o la afirmación de “me da asco el mestizaje”, si bien fueron consignas que asustaron a las élites señoriales, se trataron en realidad de una oportunidad para que la sociedad boliviana comprendiera que el mestizaje criollo como forma de homogeneización cultural había fracasado en su intento de integrar Bolivia. Felipe Quispe tuvo la genialidad de poner de cabeza la construcción criollo-mestiza sobre la nación.

Con un lenguaje interpelante, el Mallku implicó en la construcción de una nueva Bolivia a las poblaciones originarias que debían renunciar a los procesos de blanqueamiento y recobrar el “orgullo étnico” –del que habla Macusaya– y confrontó a las poblaciones mestizas, que él llamaba q’aras, para que se despojen de sus prácticas colonialistas y se indianicen.

Felipe Quispe trajo ecos del pasado haciéndolos penetrar en la subjetividad de las nuevas generaciones no solo indígenas sino también mestizas, las mismas que asumieron una indignación contra los procesos de racismo e inequidad social. La denuncia que caló con mayor vehemencia fue aquella que retrotrajo, por influencia de Fausto Reinaga, a la del indio americano Inka Yupanki, quien en 1810 se trasladó a Cádiz para defender a los suyos ante Napoléon y Occidente. Homologando su voz a las palabras de Yupanki, Quispe intervino en una sesión parlamentaria señalando: “Un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre. Por eso aquí hay dos bolivias. Una Bolivia que oprime a otra Bolivia no puede ser libre” (Quispe en UMSA-UNAM, 2001).

Se ha demostrado que la acción política indígena osciló entre la insurrección y la defensa legal; la primera, sin embargo, se trató de una excepcionalidad que irrumpía cuando toda la lucha institucional fallaba (THOA, Rivera, Gotkowitz, Hylton). En distintos episodios Felipe Quispe y el Movimiento Indígena Pachacuti (MIP) encarnaron la vertiente insurrecta del mundo indígena, mientras que Evo Morales y el MAS-IPSP fueron un ala indígena con mayor éxito en el mundo institucional y electoral. Esto no significa que el Mallku no haya querido intervenir sobre el aparato estatal, lo hizo hasta un último momento, cuando a través de la sigla Jallalla buscó ser gobernador de la ciudad de La Paz. Sin embargo, trascendió a la posteridad como el indio insurrecto que defendió la dignidad de los pueblos cuando estos necesitaron de él.

Ambas tendencias del mundo indígena, la institucional y la insurrecta, posibilitaron no solo la caída de los gobiernos de corte neoliberal entre 2003 y 2005, sino también la consolidación del Estado Plurinacional en 2009 y la recuperación de la democracia popular contra una avanzada fascista en 2020. Con el triunfo de Evo Morales en 2005 se dio paso a la segunda más importante democratización de los espacios de poder después de 1952 y se creyó que con los 14 años de su gobierno la brecha entre las dos bolivias se había suturado.

Con todo, tras un golpe de Estado y la toma de poder de una élite conservadora, esta sutura develó su fragilidad: la sociedad racista reemergió con voracidad. La caída del primer presidente indígena del país generó en la población originaria y en la mestiza indianizada un profundo dolor, una especie de duelo (Galindo, 2019). Fue entonces que reapareció el líder indio, padre del Qollasuyu, para suturar la herida del pueblo, devolverle el ajayu y darle la fuerza para combatir y luchar por la dignidad durante el gobierno de Jeanine Áñez.

En una entrevista, realizada por SEO TV en 2020, Felipe Quispe señaló que era muy doloroso ver nuevamente que las élites se regocijaban al verter la sangre de los indígenas durante las masacres de Sacaba y Senkata. Una vez más este líder aymara, fuerte e irreverente, defendió la dignidad del sector popular. El Mallku dijo que mientras él tuviese vida, no callaría y no dejaría de luchar por sus hermanos y cuando muriera seguiría gritando.

En agosto de 2020, ante la tercera postergación de las elecciones presidenciales, Felipe Quispe se convirtió en el Comandante en Jefe de los Ejércitos del Qollasuyo que articuló un movimiento plurinacional y popular que demandó la renuncia de Áñez y obligó a realizar las elecciones en octubre de ese año. La partida de Felipe Quispe Huanca, en enero de 2021, ha sido un duro golpe, sin embargo, no olvidamos que antes de irse dio su último embate, nos devolvió el ajayu y nos alentó para nunca rendirnos frente al racismo, cuya amenaza está siempre latente.


  • Cursa el Doctorado en Historia en la Universidad del Tarapacá.

 

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