septiembre 18, 2021

La democracia directa en la continuidad de los procesos transformadores

Por  Marcelo Caruso Azcárate-.


En aquellos países donde los gobiernos progresistas y de izquierda han logrado recuperar el gobierno, Argentina y Bolivia, o esperan hacerlo, Ecuador, Uruguay, Brasil y Chile, más los que deseamos poder hacerlo pronto, como en Colombia, es fundamental no confundir el triunfo electoral con el originario proceso social político pleno de energías sociales y políticas revolucionarias que lo acompañaron e impulsaron desde sus inicios, con heroicas luchas por cambios estructurales, constitucionales y latinoamericanistas.

El intelectual boliviano Hugo Moldiz ha planteado que recuperar el gobierno no es aún recuperar el proceso transformador, con lo cual estamos muy de acuerdo. Estamos frente al dilema proverbial que Cervantes nos plantea en El Quijote, que “nunca segundas partes fueron buenas”, algo generalmente válido en las rupturas de parejas, pero que en el campo político puede confrontarse con aquel que dice que “la segunda o la tercera es la vencida”. La historia no se repite, pero si aprendemos de ella su siguiente versión será más rica y avanzada. Y en los casos de experiencias mencionadas, con sus diferencias notables, la mirada hacia el pasado, buscando el nexo que la vincule con un presente aún mejor, es fundamental.

La pregunta a hacernos va dirigida a encontrar ese nexo que, sin tener que repetir procesos ya vividos, nos permita recuperarlos, profundizarlos y dar un nuevo salto que nos saque de las posiciones defensivas que necesariamente se instalaron en los tiempos pasados como desterrados del gobierno y de la democracia. Tiene sin duda que ver con el cómo recuperar la confianza y, sobre todo, la voluntad de cambio de esa base social que se había apagado un poco, a la espera de decisiones estatales que la favorecieran, con gobiernos que sufrían desgastes, debates internos no resueltos sobre cómo volver a poner el pie en el acelerador y tendieron, como analizó Roberto Regalado, a refugiarse y defenderse a partir de la estructura del Estado, cuando lo más acertado era profundizar la relación de empoderamiento de los pueblos indígenas, comunidades campesinas, organizaciones sociales, estudiantes y pobladores, algo que le escuchamos a Evo poner en la reflexión en la reciente reunión virtual del Grupo de Trabajo del Foro de São Paulo.

La democracia participativa directa, popular y anticolonial es, históricamente, el vínculo natural entre lo político partidista y las organizaciones y pueblos que impulsan el cambio, ya que permite su construcción como sujetos de poder y, en conjunto, como un doble poder generalizado que apoye y defienda al gobierno popular y revolucionario. ¿Pero cómo hacerlo a partir del gobierno sin generar paternalismos, suplantaciones y liderazgos burocráticos?

El tema, con énfasis diversos, será el centro de mis próximas reflexiones en esta columna, pero para comenzar en forma general, va lo siguiente. El entusiasmo y la pasión de sentir que se quiere y se está cambiando la historia, propio de los jóvenes y voluntad permanente en los pueblos indígenas y las mujeres, requiere de espacios para la construcción cotidiana de experiencias de doble poder territorial, en las que el Estado cede sus funciones en la toma de decisiones y ejecuciones y, sin dejar de manejar los recursos públicos –por un tiempo–, traslada su poder vinculante a las organizaciones sociales y populares que allí trabajan o habitan. Ejercicio de extinción del Estado en la sociedad civil popular, que requiere que esté organizada, formada y con liderazgos colectivos rotativos y en paridad de género.

Un ejemplo sencillo: imaginen a los padres y madres de familia, a las y los maestros y estudiantes, tomando las decisiones sobre la gestión de su colegio: qué tipos de almuerzos; quién los aporta y elabora; qué tipo de propuesta pedagógica; qué acciones para educar desde la primera infancia en la relación con la naturaleza; qué hacer colectivamente por medio de mingas y convites para mejorar la infraestructura del colegio; cómo discutir las políticas nacionales de educación y elevar propuestas. Algo así me contó una vez el gran pintor y revolucionario Guayasamín, que esperaba hacerlo si lo nombraban ministro de Educación, cosa que no llegó a suceder, y decía: “¿Quién le quita ese poder adquirido a esa comunidad educativa cuando ya no estemos nosotros en el gobierno?” Sin pensarlo, tal vez así estaba adelantando aquello que Lenin había pronosticado como el paso revolucionario más avanzado, sobre la extinción del Estado, en la que el “gobierno dejaría de serlo pues administraría cosas en lugar de gobernar hombres” (hoy diríamos seres humanos).


  • Filósofo.

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