septiembre 16, 2021

México, del bonapartismo al nacionalismo transformador

Por Marcelo Caruso Azcárate *-.


Si las elecciones que eligieron a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en 2018 significaron una avalancha histórica de votos, las realizadas este 6 de junio fueron también históricas por haber sido las que más cargos de elección popular definieron, al unificarse por primera vez las elecciones locales –gobernadores, diputados y alcaldes, concejales– con las de Cámara de Representantes.

El resultado de un experimento que mostró más dificultades que progreso fue que el partido de AMLO, Morena –que tenía en la Cámara mayoría de más del 51% y completaba mayoría calificada (66%) con sus aliados (Partido del Trabajo a su izquierda y Partido Verde a su derecha)–, hoy sigue siendo el mayoritario, pero solo logrará con sus compañeros de coalición una mayoría del 55% y tendrá que pensar en complicadas alianzas y concesiones para alcanzar las “100 Transformaciones” que anunciaba para su segundo trienio. Si bien ganó 12 de las 15 gobernaciones en disputa –lo cual es un avance en los espacios regionales, fortines de los partidos tradicionales– perdió el 50% de las alcaldías de la Ciudad de México, que había sido el baluarte histórico del partido de AMLO.

Las razones son varias. En primer lugar, se comprueba lo inconveniente de unir las elecciones nacionales con las locales: en las primeras prima un discurso y un sentir político partidista que se ordena de arriba hacia abajo; pero, en las segundas, que van de abajo hacia arriba, priman realidades diversas y complejas de municipios, con intereses que van de lo personal a los de las mafias que controlan a muchos de ellos, lo cual explica las repetidas declinaciones a favor de “el que va a ganar” y los más de 80 candidatos asesinados para que no ganen. El desorden y la confusión generados empujó hacia la abstención (52%) en el voto de opinión, y afectó más a los partidos que se rigen por programas definidos que a los que tienen aseguradas sus clientelas y la compra de votos.

El origen de los gobiernos bonapartistas en América Latina –conservadores o progresistas, que logran triunfar colocándose inicialmente por encima de la lucha de clases y los partidos tradicionales bajo la promesa de servir a pobres y ricos–, ha sido una consecuencia de las contradicciones entre los partidos que disputan el poder hegemónico en representación de distintos sectores político-económicos dominantes (industria nacional vs. transnacionales y/o pequeños y medianos productores agrícolas vs. oligarquía agroganadera). Estos partidos se debilitan en una lucha interna que genera vacíos de poder, llenados por figuras carismáticas que se ofrecen para gobernar en nombre del “interés de todos”. Sin embargo, muy pronto son presionados por una oligarquía aliada al Imperio que los empuja hacia sus intereses y por un pueblo que clama por cobrar la deuda social acumulada. En ese equilibrio inestable no es posible sostenerse sin cargarse claramente hacia uno de los lados –caso ejemplar el de Bukele en El Salvador, que cayó a la derecha– pues la burguesía dividida, al constatar el riesgo del surgimiento de nuevos poderes dominantes, rápidamente se reorganiza y unifica, sobre todo si perciben que el equilibrista inicial se puede volcar a la izquierda amenazando sus intereses estratégicos.

Para ser elegido, AMLO debió seguramente comprometerse en no tocar los intereses de los grandes sectores dominantes y avanzar en políticas asistenciales que no afectaran estructuralmente el modelo, pero muy rápido pasó a cobrarles millonarios impuestos evadidos por años, lo cual llevó a las élites políticas y financieras a resolver sus disputas políticas internas y a prepararse para confrontarlo e impedir sus demoradas promesas antineoliberales. La tímida implementación de su programa de las “100 Transformaciones” –que equivocadamente pensaba profundizar en su segundo trienio– fue parte de ese descontento expresado por el resultado electoral nacional. Si su intención era emular a Lázaro Cárdenas, debía recordar que su Gobierno se caracterizó desde un inicio por avanzar hacia la nacionalización del petróleo, de los ferrocarriles y realizar una reforma agraria que repotenció la pequeña propiedad ejidal y que mientras resolvía los conflictos internos y consolidaba su movimiento nacionalista antiimperialista, avanzaba en la implementación de su plan de gobierno para no permitir que se reagruparan los sectores más conservadores de la burguesía nacional naciente: golpeaba al imperialismo y organizaba –con mucha burocracia– a los trabajadores y campesinos.

Pero AMLO no entendió que quien golpea primero pega dos veces, y que quienes lo apoyaron esperaban esas transformaciones en forma rápida; más aún con los impactos desgastantes de la pandemia. El castigo a su vacilación implicó perder votos en la juventud y en particular en las mujeres, sin que esto significara su migración hacia la contradictoria coalición creada por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) –antes férreos enemigos y hoy unidos para frenar la coalición de centro izquierda–.

En plena declinación agresiva del neoliberalismo global –que desespera a los grupos financieros y empresariales– y frente al neokeynesianismo imperialista de Biden, que no regalará nada, la opción de AMLO es convocar a la población a escenarios de democracia y acción directa para acelerar la implementación de sus más importantes y pendientes transformaciones anunciadas. La dependencia de nuevas y ambiguas alianzas electorales envalentonará mucho más a la caverna ideológica que busca cesarlo de sus funciones; en particular, aprovechando su anuncio de someterse a una consulta, no obligatoria, sobre la continuidad de su mandato.

Deberá reencontrarse con los mejores líderes de la Ciudad de México, de los cuales se distanció con su silencio frente al derrumbe de un paso elevado del Metro que costó más de 23 muertos, construido en el gobierno de Morena, por su actual canciller, y supuestamente agravado por falta de mantenimiento adecuado de su actual alcaldesa –ambos hasta entonces punteando la lista para la sucesión de AMLO–.

La reflexión sobre lo sucedido deberá llevar a comprender que, en un escenario parlamentario menos favorable, será una exigencia mayor superar su caudillismo y pasar a construir y fortalecer espacios de doble poder popular que incluyan a los olvidados pueblos indígenas, que le permitan asegurar las transformaciones anunciadas; y que la construcción de Morena como un partido programático, que desde abajo supere los oportunismos de muchos advenedizos arrimados a su poder de convocatoria, deberá ir de la mano de una política de alianzas más sólidas hacia la izquierda, comenzando por revalorar la fuerza leal que le ha significado siempre el PT, ya que su aliado Verde tiene más de empresa electoral que de partido de principios. La experiencia deja nuevas enseñanzas para los gobiernos progresistas y de izquierda.


  • Filósofo.

 

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