septiembre 28, 2021

Dama de negro; un testimonio histórico dentro del mito

Por Sonia Victoria Avilés *-.


En el contexto del cuento como instrumento antropológico para comprender mejor a la sociedad y a las estructuras del pensamiento humano, se presenta este fantástico clásico de la relación hombre-mujer misteriosa, tomado de una experiencia de vida, que pareciera superar y desafiar los límites de la ciencia.

La siguiente historia pertenece al chofer Hugo Molina, quien trabajó un tiempo con mi familia. Hugo era una persona de modales muy delicados y una conversación por demás agradable, que denotaba un gran interés por lo desconocido. Mientras papá se preparaba para ir al trabajo, aquel tomaba el té con nosotras; mamá y yo quedábamos encantadas con sus anécdotas. Sin embargo, aquella tarde nos inquietó muchísimo con esta experiencia que vivió en los años 70.

—ollo—

Ya son diez años que trabajo como chofer en YPFB. Al poco tiempo de ser contratado, me tocó conducir al gerente a una cena. Generalmente, terminado mi turno, yo dejaba la camioneta de la empresa en el garaje y tomaba un autobús para volver a casa. Sin embargo, aquella semana se vivía un extremo conflicto social, el transporte había decidido parar, sumándose a las protestas contra la dictadura militar. Por ello, el gerente me autorizó llevar el vehículo hasta mi domicilio, de modo que pudiera cumplir con mis horarios.

Durante la recepción fui acogido con amistad, el personal me hizo partícipe de la celebración, a pesar de ser nuevo en la empresa. El ambiente era ameno, no obstante, mi sentido de responsabilidad me impulsaba a retirarme temprano, sin aceptar ninguna bebida alcohólica, ya que al día siguiente iniciaba mi jornada de madrugada. El gerente, comprendiendo la situación, me autorizó a retirarme: “Vete a casa tranquilo Hugo. Me llevará un colega hasta mi domicilio. Yo tampoco me quedaré mucho más. Nos vemos mañana”.

En las calles de la ciudad la gente se aglomeraba tratando de conseguir transporte, muchos me hacían señales para que los recogiera, empero, tratándose de un vehículo oficial, no podía hacerlo.

Cuando prácticamente ya dejaba la ciudad, una esbelta figura toda vestida de negro llamó mi atención. Se trataba de una elegante dama, alta y delgada, que caminaba sola por la carretera. Cuando me aproximé a ella, sus ojos se encontraron con los míos y me detuve. Se asomó a la ventanilla y me preguntó si podía acercarla a su casa, vivía en El Alto. Le respondí que yo también vivía en la barriada alteña y que justamente allí me dirigía. Abrí la puerta y la invité a subir. Al ver esto, un grupo de hombres, mujeres y algunos niños me circundaron pidiéndome que los lleve –estaban llenos de bolsos y canastas–, por lo general, se trata de obreros y familias campesinas que trabajan y comercian productos agrícolas y otros en la ciudad. “Jefe, por favor, estamos volviendo a El Alto”. Era una de las frases que balbuceaban agobiados mientras se aglomeraban en torno a la camioneta.

Les indiqué subir en la parte posterior de la carrocería. Eran entre 10 a 15 personas. A ninguno sentaría junto a tan distinguida señora, ella iría conmigo en la cabina. A medida que avanzábamos y pasábamos diversos barrios, los pasajeros me tocaban la ventana trasera de la cabina, lo que significaba que yo debía parar para que ellos bajasen. Así, repetidas veces estacioné el vehículo y ellos descendieron.

Noté que mi encantadora pasajera llevaba una botella en sus manos, de la cual bebía delicadamente de tanto en tanto. Al ver que la miraba de soslayo, me dijo: “¡Vengo de una fiesta! ¿Quieres un poco?”. Sus rasgos eran tan perfectos y sus manos tan finas… “Sí, gracias”. Le respondí embelesado.

Me pasó la botella, la tomé con una mano, mientras que con la otra controlaba el volante, y cuando me disponía a beber, tocaron la ventanilla y frené, derramando así la bebida en mi camisa. Un grupo de campesinos saltaban luego de la carga y me hacían señas de agradecimiento y despedida con la cabeza y las manos. En tanto, mi hermosa acompañante, con un pañuelo me limpiaba la camisa. Me disculpé por la situación y continuamos el viaje. Ya en inmediaciones de mi propia casa, le pregunté dónde vivía, ella respondió: “Un poco más adelante…”.

Hablamos mucho sobre diversos temas, para mí uno más fascinante que el otro. Acerca de lo especial que era aquella noche, sobre la luna plena que nos acompañaba y toda la magia que la rodeaba, de cómo nos gustaba contemplar las estrellas, que entre el día y la noche preferíamos la noche.

Me perdí en su melodiosa voz. A un cierto punto, me pregunté cuándo tocarían nuevamente la ventanilla los campesinos –qué molestos eran, nos interrumpían todo el tiempo–. Afortunadamente, por un lapso habían estado tranquilos. Ante el silencio de mis rústicos pasajeros, me volteé y comprobé con estupor que ¡la caja de carga estaba vacía!, ¡ya se habían quedado todos y no me había dado cuenta! ¡Finalmente estábamos solos! Lo que, por un lado, me relajó y alivió, pues podríamos hablar sin interrupciones; pero, por otro, me turbó un poco. Cada vez que la observaba la encontraba más bella. Hoy, me atrevería a decir que no era una belleza terrena.

Al no ver más poblaciones a lo largo de la carretera le pregunté nuevamente donde vivía. A lo que ella respondió como la primera vez: “Más adelante”. El tono de esta última respuesta fue mecánico, seco, privado de aquella dulce melodía que caracterizaba su voz, casi como si estuviera molesta por mi reiterativa pregunta. Esta aspereza en sus palabras terminó por despabilarme. Conocedor de la ruta, sabía que más adelante se encontraba únicamente la desolada altiplanicie. A través de los espejillos vi a mis espaldas las luces ya lejanas de El Alto, solo entonces comprendí que me dirigía hacia la nada, no había poblaciones al menos 50 km a la redonda.

Temía pararme en medio de la pampa, me inquietaba girar y volverla a ver, su risa antes cautivadora, ahora lastimaba mis oídos, poco a poco me sentía presa del pánico. De pronto, nos sorprendió un camión que venía en dirección contraria, sus faros iluminaban la carretera con potencia, fue entonces cuando tomé valor y bruscamente me incliné hacia ella, abrí su puerta y con voz de mando le dije:

– ¡Bájese! –A lo que ella respondió:

– ¿Por qué?

– ¡Bájese ahora mismo! –repliqué nervioso pero sin perder la moral ni el tono elevado de la voz.

El camión se avecinaba paulatinamente cada vez más, sus luces comenzaban a encandilarnos. Me volteé de nuevo hacia ella para insistir en que se bajara, y ya no estaba, entonces cerré la puerta y activé el seguro, prendí todas mis luces para buscarla en la carretera, pero no la encontré. Viré en U, iluminando todo el perímetro, pero ella no apareció en ningún sitio de la solitaria y desértica meseta. Tomé la linterna de la guantera y, siempre aprovechando la presencia del camión, esta vez ya demasiado cercano, bajé del auto y pensé: “Se habrá escondido en la parte trasera…”, e inspeccioné el área y la llamé arrepentido: “¡Vuelva! ¡Pararé el camión, la ayudaremos, vuelva por favor!”.

¿Dónde pudo haber ido en aquella planicie infinita privada de árboles? El camión finalmente me alcanzó, sus poderosas luces iluminaron toda la sección, no había rastros de ella. No dejé que el camión se alejara, no quise arriesgar, sino que partí ni bien me adelantó y desde aquel momento lo seguí a pocos metros de distancia sin separarme demasiado del gran motorizado. Se notaba que estaba excesivamente cargado de mercancías, porque iba demasiado lento, pero no me importaba, no solamente era mi única compañía en esa extraña noche, sino mi salvoconducto a casa. Cuando entramos en El Alto, me sentí seguro y reconfortado. No había tanto movimiento como normalmente suele ver, pues los paros se hacían sentir, sin embargo, no faltaban transeúntes. Las casas y los negocios iluminados y uno que otro vehículo me llenaban el alma.

En mi hogar mi esposa me esperaba atormentada: “¡Es tardísimo! ¿Qué pasó? ¿Dónde estabas? ¡En la ciudad hay enfrentamientos, han reportado nuevos desaparecidos, dictarán toque de queda! Estoy enloqueciendo con las noticias…”.

Todavía confundido, entre la culpa y el altruismo, le hablé sobre los trabajadores que levanté, le expliqué que no podía quedar indiferente y sin colaborar un poco con aquellas familias, sin mencionar el incidente que me trastornaba.

Con el paso de los días, la horrible vivencia me pareció un mal sueño, una fantasía de mi mente, un recuerdo lejano que no podía ser real. Mi hermosa familia y la rutina de mi nuevo trabajo ocupaban mis días…

–He lavado con todos los productos posibles tu uniforme, pero esta extraña mancha no sale con nada, al contrario, se hace cada vez más fuerte. ¿Qué raro, verdad? –decía mi esposa molesta.

–¡La camisa! –exclamé con un grito, como quien despierta de improviso ante un baldazo de agua fría.

En ese momento supe que no lo había soñado, era la camisa que llevaba aquella noche, aún con la mancha que me produje al intentar beber de la botella de aquella mujer. Todas las imágenes llegaron a mi mente, tomé entre mis manos temblorosas la camisa, la mancha era violácea, intensa, viva. La observaba alterado. Mi esposa estaba atónita ante mi reacción. “¿Qué sucede? ¿Qué tiene esa camisa? ¿Cómo te hiciste esa mancha?”. No podía más, las lágrimas se me caían, le conté todo. Guardamos la preciada prueba. Todavía pienso que algún día la haré analizar. Que esa mancha me dará todas las respuestas. Nunca –antes de aquel encuentro con lo ignoto– había sentido terror, y hasta el día de hoy, cada vez que recuerdo a la dama de negro, aún me estremezco.


  • Doctora en Arqueología e Historia.

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