enero 7, 2022

¿Qué son los comités cívicos, que ponen en riesgo la democracia en Bolivia nuevamente?

Creados a mitad del siglo pasado para promover el desarrollo de poblados de todo el país, actualmente los comités cívicos son un arma de doble filo. Pueden ser una amenaza para sus propias poblaciones cuando son cooptados por intereses políticos y económicos, dijeron especialistas a Sputnik.

Los comités cívicos tienen un rol determinante en la vida democrática de Bolivia. Así lo demostraron en el intento de golpe de Estado de 2009, en el golpe de 2019 y en las últimas protestas contra el presidente, Luis Arce, cuando volvieron a demostrar su capacidad para desestabilizar gobiernos legítimamente constituidos. Pero ¿qué son los comités cívicos? ¿Cuál es su origen y cuáles sus motivaciones?

El Comité Cívico Pro Santa Cruz es el más fuerte del país. En este departamento del oriente boliviano los cívicos se autoproclaman como «el gobierno moral de los cruceños», lo cual da a entender que hay un poder paraestatal diseñado para proteger a la «cruceñidad».

Esta identidad regionalista se corresponde con los valores convenientes a grupos económicos y políticos dominantes de estas tierras, donde en varias ocasiones amenazaron con separarse de Bolivia para montar otro país.

El Comité Pro Santa Cruz fue fundado en 1950, cuando la ciudad tenía 50.000 habitantes. Hoy alberga a más de dos millones de personas, las cuales la convierten en el centro urbano más grande del país.

En un principio, este comité se movilizó para tener luz, agua, pavimento, alcantarillas. En 1957 sacó lustre como defensor de los cruceños, cuando encabezó las protestas para que el Gobierno nacional dejara al departamento el 11% de regalías por la explotación petrolera, que aún es una de las actividades principales de Santa Cruz, junto a la agroindustria, especialmente la sojera.

Rafael Rafo Puente es uno de los intelectuales más destacados del país. En los 90 fue diputado de Izquierda Unida, en el mismo periodo y partido que Evo Morales (2006-2019), con quien coincidió más adelante en la creación del Movimiento Al Socialismo (MAS). Fue su viceministro de Interior y también fue gobernador de Cochabamba, entre 2008 y 2010.

Con sus 81 años de experiencia, conoce como pocos el devenir y el significado de los comités cívicos, con sus luces y sombras. Alertó que, bajo ciertas condiciones, pueden convertirse en «un peligro» para la población, tal como lo demuestra el accionar de estos días del Comité Pro Santa Cruz, presidido por el controversial Rómulo Calvo.

Amenazas de un nuevo golpe

La última intervención de los comités cívicos de Bolivia aconteció semanas atrás, cuando encabezaron la protesta nacional e indefinida en contra de la Ley 1386, la cual pretendía controlar el contrabando, el narcotráfico, la trata de personas y todas las ilegalidades que transcurren en las fronteras bolivianas. Promulgar esa normativa era un compromiso de Bolivia con las Naciones Unidas.

Pero las protestas cívicas de nueve días, fundamentalmente en las ciudades de Santa Cruz y Potosí, decidieron al presidente Luis Arce a derogar la ley, al tiempo que denunció la ejecución de un nuevo golpe de Estado.

Para Puente, no todos los comités son iguales. En Bolivia hay cientos de ellos, muchos en áreas rurales, que están manejados por gente realmente interesada en mejorar la calidad de vida de sus vecinos.

Para él, un comité cívico «pretende darle a la sociedad una opción de reunirse y de tomar decisiones al margen del Estado. De ahí viene el nombre de ‘cívico’. Viene de la ciudadanía. No es algo estatal, no es algo oficial. No es comparable a lo que pueden ser gobiernos más o menos democráticos o autoritarios».

Desde esta óptica, un comité cívico «vale la pena y es una forma de expresión de los deseos, necesidades, urgencias, quejas y propuestas de la sociedad civil. En Bolivia han habido comités cívicos que en determinado momento han influido de manera muy saludable y han logrado cosas, han logrado apoyar a la movilización de la población».

Cuando se degenera el comité

Hay un lado sombrío en los comités, que gana cuando prevalecen intereses de sectores políticos y económicos. Es lo que se vio en el Comité Pro Santa Cruz en 2008, cuando a la cabeza de Branko Marinkovic y los cívicos de Pando, Beni, Tarija y Chuquisaca jugaban con la idea de hacer una república aparte.

Esta aventura concluyó con la masacre de Porvenir, en Pando, donde fueron asesinadas 15 personas.

El plan separatista se volvió descabellado cuando llegó al país Eduardo Rózsa Flores, nacido en Bolivia y fogueado en la guerra de los Balcanes, en la cual combatió para el bando de Croacia. La misión del cruceño era crear milicias que se encargaran de dividir al país: una parte andina, al oeste, y la parte de valles y llanos, al este.

En abril de 2009 la Policía irrumpió en el Hotel Las Américas, en pleno centro cruceño, y acribilló a Rózsa junto con dos de sus ayudantes. Otros dos fueron detenidos. Luego de que declararan, cayó una larga lista de cívicos y funcionarios de la Gobernación cruceña, entonces liderada por Rubén Costas, quien previamente había sido presidente del Comité Pro Santa Cruz.

Cuando el grupo de Rózsa fue desbaratado, desapareció del país Marinkovic. Volvió en 2019, cuando triunfó el golpe de Estado contra Morales. A los pocos meses asumió como ministro de Desarrollo Rural y de Economía del Gobierno de facto de Jeanine Áñez (2019-2020). En ese momento, nadie recordó su pasado separatista. Hoy su paradero es otra vez desconocido.

Cuando un comité tiene mucho poder, «también empieza a correr el peligro de degenerarse. Hay gente que quiere controlar los comités cívicos para ser alguien, para poder influir, para obtener ganancias de alguna forma».

Aparato ideológico de la élite cruceña

La politóloga cruceña Helena Argirakis dedicó mucho tiempo a estudiar el fenómeno cívico. Consultada por Sputnik, se excusó de hablar porque pasa por un momento de salud delicado. Pero recomendó leer algunas de sus investigaciones.

El comité de Santa Cruz alberga, desde su creación, «una tendencia profunda de la cultura política de la élite cruceña: la búsqueda de detener, resistir y rechazar los procesos de cambio societales», escribió en El Comité Cívico Pro Santa Cruz como aparato ideológico de la élite cruceña, su libro de 2011.

Un condimento esencial de los comités cívicos reside en la exaltación del regionalismo, de esas parcelas en las cuales nacieron y crecieron. En este sentido, las y los cruceños aman a su tierra, la cual se sitúa «bajo el cielo más puro de América», como dice la letra de su himno.

Argirakis consideró que «la creación de la identidad [política] cruceña está profundamente ligada a la creación de diversos mitos políticos o la mitificación de la realidad, que surgen para afirmar la hegemonía, además de presentar respuestas y/o reacción a situaciones de incertidumbre, inestabilidad, riesgo y miedo hacia lo desconocido y ambiguo del cambio».

El mito de la cruceñidad

La población del oriente se autodenomina «camba», una identidad local forjada en contraposición a lo «colla», como definen al ciudadano boliviano que habita la región andina.

Santa Cruz, como motor económico del Estado Plurinacional, recibió en las últimas décadas a miles de migrantes de Potosí, Oruro u otros departamentos de las tierras altas, que llegan a las llanuras calientes del oriente en busca de un futuro mejor.

Lo primero que reciben de la ciudad es su discriminación: «Colla ‘e mierda» es el insulto preferido de los cambas, que siempre tienen en la punta de la lengua para lanzar, por ejemplo, en cualquier incidente de tránsito.

«Raza maldita» es otro insulto que deben tolerar a diario los migrantes andinos en Santa Cruz. Costas, cuando era gobernador, se encargó se espetarlo en diversos actos públicos, con lo cual provocó aplausos entre los manifestantes locales.

«El ‘mito de la cruceñidad’ se basa antropológicamente en el ser étnico cultural del camba (sujeto de extracción étnica indígena de tierras bajas), para la construcción sociohistórica de la imagen y representación más amplia del cruceño» en la década del 80, según Argirakis.

La investigadora relató que el «ser cruceño», a su vez, se basa sobre otro mito, el del «feliz mestizaje, que atenuaba y justificaba los hechos de violencia sexual y de género, además de la violencia civilizatoria que se aplicaba hacia los pueblos indígenas de tierras bajas, específicamente a las indígenas de parte del sujeto masculino europeo».

Este «feliz mestizaje» es el fundamento de la sociedad cruceña, sustentada «en la base antropológica del mestizo del oriente, pero exaltando y priorizando los rasgos antropomórficos europeos y contraponiéndose a la memoria histórica de resistencia y sublevación de los originarios de tierras altas», como los pueblos Quechua y Aymara.

En este sentido, el ser cruceño «consiste en el conjunto de rasgos, características, valores, principios, normas sociales, actitudes, pautas de conducta aceptados socialmente para ser incluido en la estima social, pertenecer o escalar socialmente, gozar de estatus, reputación y privilegio social en Santa Cruz».

En definitiva, la identidad cruceña «se gesta a través de la voluntad política expresa de la élite cruceña y se refuerza por medio de una narración histórica esencialista y nostálgica, ligada a un pensamiento atávico, heroico y muchas veces reaccionario».

De esta manera, para ser un buen cruceño, «ya no hace falta pertenecer a la extracción antropológica, étnica y cultural del camba, ni ser producto del ‘feliz mestizaje’, sino militar ideológicamente en la cruceñidad», escribió Argirakis.

«O sea, según las consignas actuales del oficialismo cruceñista: el camba nace donde quiere, siendo preferible ser colla comiteísta que camba masista», reflexionó.

Los valores del camba, diseñados a la medida de las élites cruceñas, son útiles cuando necesitan «pretorianizar y movilizar conciencias, voluntades y cuerpos, al extremo de convertir individuos en masa amorfa indiferenciada y manipulable a los intereses de la élite cívica regional».

Lo que publicó Argirakis en 2011 fue palpable en las recientes movilizaciones cívicas, fundamentalmente en Santa Cruz y en Potosí: «Por medio de la pretorianización, se convierten ciudadanos en soldados de la causa cruceña, más allá de cualquier limitación axiológica y ética, cruzando la línea entre la violencia simbólica hacia la potencialidad de la violencia material».

¿Qué se puede hacer con los comités cívicos?

«Hay que tener en cuenta dos cosas: el hecho de que el comité sea cívico, es decir ciudadano, y no estatal, es valioso e importante. Tenemos que intentar que funcione sin que el Estado tenga que meterse en todo. Ese es el punto positivo», evaluó Rafo Puente.

Pero cuando los comités abiertamente complotan contra un Gobierno, el panorama es complicado para las autoridades elegidas democráticamente. «Ahí está muy difícil, porque es un tema sobre el cual no se puede legislar ni prohibir ni amenazar ni sancionar», dijo Puente.

Sostuvo que «la única forma de control que puede tener un comité cívico es el control social. Que las organizaciones de la sociedad civil no se dejen manipular por un comité».

En estos días, el Gobierno de Arce plantea denunciar al cívico Calvo por sedición, por obstruir el libre tránsito y otros supuestos delitos. Según el ministro de Justicia, Iván Lima, hasta ahora el líder opositor acumula 35 denuncias. Vienen desde 2004, cuando era concejal y fue alcalde interino de Santa Cruz.

Según Puente, los comités cívicos son, por su esencia, «libres de actuar. Prohibirlos, castigarlos o cerrarlos sería un comportamiento por parte del Estado profundamente antidemocrático».

«Depende de nuestra conciencia ciudadana, de nuestra capacidad de organizarnos, la posibilidad de entender, plantear y resolver los problemas que hay en el país», aseguró.

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