enero 12, 2022

Chile: el futuro está abierto

Por Osvaldo Torres * -.


En Chile, con el triunfo presidencial de Gabriel Boric (foto), se ha ratificado que se vive un intenso proceso político desde octubre del 2019. Están conviviendo la rebelión social y sus efectos, la canalización institucional de ésta en la Convención Constitucional y ahora la presidencia que expresa la orientación de izquierda a la salida de la crisis del modelo neoliberal.

Futuro promisorio

En este contexto es importante comprender que el futuro está abierto y es promisorio, pero no está asegurado. La victoria electoral ante el candidato de ultraderecha José Antonio Kast muestra la capacidad de reacción social y política que tiene el pueblo y el débil compromiso democrático de sectores importantes de la derecha, pero también indica la capacidad por parte del Frente Amplio y Apruebo Dignidad para interpretar los peligros y ponerse a la cabeza de un bloque amplio de fuerzas, con un proyecto que respira con los anhelos de la mayoría de la sociedad.

En otro plano la victoria electoral se da en un contexto mayor, como lo es el proceso constituyente, centro del conflicto estratégico de cómo se organizará la institucionalidad del país. ¿La nueva Constitución será capaz de asumir y delinear los profundos cambios que han ocurrido en el mundo y en Chile? La Convención se logró por la movilización sostenida del pueblo y por la capacidad de concretar aquello en una victoria.

Compromiso democrático

Este modelo tiene dos aspectos dignos de destacarse. Por una parte, evidencia un compromiso con la institucionalidad democrática por imperfecta que sea, pues se entiende que la democracia es constitutiva de cualquier proyecto de izquierda y, por otra parte, que el nuevo gobierno tendrá, entre sus objetivos fundamentales, ponerse al servicio del éxito de la Convención y gestionar los primeros pasos de la instalación de una Constitución verdaderamente democrática.

Boric, con la decisión de firmar el acuerdo por una nueva constitución expresó un tipo de pensamiento político que vincula el proyecto transformador con la realidad y la voluntad de cambio y con el respeto al orden institucional democrático, por más limitado que sea. Las recriminaciones del campo propio sobre la firma del acuerdo que abrió paso a la Convención Constitucional, muestran la diversidad de la izquierda en concepciones y estrategias respecto de cómo lograr las transformaciones estructurales que superen el neoliberalismo, campo consolidado no sólo en la estructura económica sino también en las subjetividades de las y los chilenos. En este sentido, el acierto estuvo marcado por la convicción de impulsar una salida a la crisis de octubre en el marco institucional para, justamente, terminar con éste.

Lecciones

Un tercer factor de la situación y quizás el más determinante para el futuro de las generaciones actuales y venideras, es el de las lecciones de largo plazo. En este proceso chileno estará en juego la idea de superar las causas de las derrotas y frustraciones de una izquierda latinoamericana que requiere transformarse para poder transformar la realidad.

La izquierda chilena, o las izquierdas, tuvieron, en los últimos 30 años, tres referentes básicos: el socialismo liberal europeo, que resistió y luego dirigió la transformación neoliberal moderada en ese continente, reflejándose en Chile en una política de connivencia y aceptación de la hegemonía neoliberal en la prolongada transición, aplicando políticas púbicas que amortiguaran las desigualdades. Por otra parte, el Partido Comunista, rechazando los acuerdos transicionales, se articuló en una política extraparlamentaria, que reiteraba la línea de rebelión de masas, para luchar contra el neoliberalismo. Otra izquierda, más difusa y diversa, se fue constituyendo en universidades, así como en territorios y causas antidiscriminatorias, generando dinámicas sociales, movilizaciones e ideas nuevas, en un país en transformación cultural y económica, pero de un rezago institucional y político evidente.

Durante los ’90 y hasta fines de la primera década del 2000, las experiencias latinoamericanas como “el socialismo del siglo XXI”, de Chavez-Maduro o el “sandinismo de Ortega – Murillo”, golpearon en el sentido común del pueblo y la subjetividad contemporánea al mostrar unas izquierdas devaluadas, de corte autoritario con partido único, que, controlando los poderes del Estado, culminaron en regímenes corruptos, violadores de derechos humanos y desastres económicos, más allá del sabido juego intervencionista de Estados Unidos. Al mismo tiempo, la vieja generación de proyectos revolucionarios de los ’60, como los Tupamaros uruguayossellaron un compromiso con la democracia tempranamente en los ’80 y también los movimientos guerrilleros de El Salvador y Guatemala, a través de los procesos de paz, mediados por la ONU.

Izquierda plural

La izquierda plural en el continente, tuvo su momento a inicios del siglo XXI en Brasil, Argentina, Ecuador y Bolivia, agrupada en lo que se llamaron los “gobiernos progresistas”. Éstos alcanzaron el poder por la vía electoral y gobernaron con políticas públicas redistributivas, dignificando a millones de familias en sus países. Sin embargo, su ciclo se cerró junto con la caída de los precios de las materias primas, al no haber impulsado transformaciones estructurales en las estrategias de desarrollo (Bolivia es la excepción, justamente por eso).

La izquierda naciente del gobierno de Boric tiene una oportunidad única en este campo también. Ser capaces de resolver problemas concretos con una estrategia de superación del neoliberalismo y profundizar el vínculo de la izquierda con la justicia social, las libertades y la fraternidad. Esta izquierda, ahora alianza de gobierno, nace comprometida con los derechos humanos como fundamento de su identidad y lo promueve como motor de los cambios pues entiende que éstos no son solo un marco jurídico sino también la expresión jurídica de las demandas, movilizaciones y triunfos de poblaciones avasalladas por diversas formas de opresión.


  • Director Ejecutivo de Fundación La Casa Común

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