noviembre 29, 2022

Los hijos de Goni: apuntes al margen

Por Boris Rios Brito *-.


Gracias a una compañera y amiga me llegó a las manos Los hijos de Goni de Quya Reyna. Sinceramente, luego de ver una entrevista donde la autora dejaba presente que uno de los sentidos más importantes de identidad de las y los alteños es la búsqueda de “progreso”, me convencí de que el revuelo que causó su obra publicada en un acierto editorial por Sobras Selectas, no podía ser más que una apología de la miseria capitalista, pero me equivoqué.

  1. Ahí, sobre la obra

Los hijos de Goni, con una estética ágil y novedosa, está escrita con maestría en nueve pequeños relatos independientes pero articulados desde la vivencia de la autora, ninguno deja de sorprender por su honestidad y por mostrar una realidad cotidiana, y, como muchas, negada e invisibilizada. Sin ningún aporte, sin embargo, se añadieron dos reseñas innecesarias que solo emborronan cuartillas.

Esta interesante obra, como señalamos, hilvana con relatos cortos algunos episodios de la vida de Quya Reyna, rescatando la crudeza de la actualmente segunda ciudad más grande y la más alta de Bolivia: El Alto, que viene a ser un enclave de la migración aymara y uno de los motores económicos más relevantes del país.

En El Alto, al lado de la miseria y de la carencia, se irguen monumentos a la ostentación que han generado una propia estética arquitectónica (que han denominado como “cholets”) recuperando mucho una lógica funcional, sobre todo ligada al comercio y lo que conlleve y que incluye fiestas y prestes. Es pues una ciudad grande y compleja, imposible de reducir y aprehender en un solo sentido, de pronto lo comunitario aparece pataleando para sobrevivir en lo societario y pugnando los tiempos del capital, pero inmediatamente irrumpe un tiempo sincronizado, casi orquestado, que ha mezclado las relaciones de parentesco comunal con la explotación y la acumulación capitalistas. Como en todo, estoy seguro que existen resquicios de resistencias que encuentran en esas contradicciones odiosas y en la negación del trabajo enemigos acérrimos a vencer, a superar, porque el capitalismo nunca será capaz de borrar todo rastro de humanidad. Y de ahí que el relato y visiones de nuestra autora sean, como no podría ser de otra manera, parciales y pertenecientes a una de las vivencias y realidades del complejo mundo alteño. Aunque, posiblemente –no he visto los datos–, el comercio y la mano de obra sean las características del mundo laboral de El Alto.

Quya Reyna nos lleva a la vida de una niña que comercia en las calles alteñas en todas las fiestas –en vez de festejarlas–, pues la necesidad apremia. Asimismo, nos enseña que esa necesidad la obliga a hurtar para darse un “gusto” que no es otra cosa que una merienda en el recreo de la escuela, a la que asiste usando la ropa que le heredaron sus hermanas mayores.

De muy niña, en su último relato, La “ciudad”, nos enseña descarnada y dolorosamente el rostro del racismo a través del rostro de otra niña, una blanca de una familia paceña acomodada de la Zona Sur que le quita la muñeca que le había prestado para que no la manche con sus manitas que no están pintadas de barniz o tierra, sino del color de su piel.

  1. Ahí, sobre los otros

No logro quitar de mi cabeza la imagen de la intelectualidad criolla leyendo a Los hijos de Goni, y en medio de cavilaciones pausadas transformar sus rostros en expresiones de asombro, furia y resignación. Finalmente sus tinteros, ajenos a la realidad de este territorio, no podrán superar la genialidad, el uso correcto del idioma español escrito y la escritura del aymara. ¡Tantas cuartillas mal usadas han quedado en ridículo frente a esta escritora aymara!

Me imagino que esos espacios literarios atiborrados de la “gente culta” de la ciudad no tuvieron otra que aceptar nomás las presentaciones de un libro que desde el título les decía algo, mucho más cuando una “lentuda” autora les miraba crítica y serenamente sabiendo a quiénes interpelaba y que seguramente alguno participó disfrazado de “sholo” en un racista y violento “electropreste”; claro, no todos los que aparentan ser “cultos” lo son, ni por asomo, y básicamente en una especie de amalgama bizarra se alimentan de un mediocre modernismo, tecnología y superchería mítica barata.

Pero hay los otros que sí leen y estudian, y que no les sirve de nada a la hora en la que debe aflorarles lo racistas y violentos. Cómo pasar por alto a un conocido misógino y “culto” cochalo abrazado con una liberal que decía defender los derechos de la mujer, coincidentes en las marchas contra Morales, y finalmente –¿para qué ocultar lo evidente?– contra la indiada que, según sus blanquillas cabecillas, no entiende nada: ni de democracia, ni de igualdad, ni de mujeres. Me imagino a ambos gimotear al leer a Quya Reyna, sabiendo que nunca podrán escribir así y que son parte de sus historias, en las que tienen mejores condiciones de vida y opciones frente a quien debe rengar para sobrevivir.

Los hijos de Goni, que esperemos sea el inicio de otros libros, es una lectura necesaria para poner sobre la mesa no solo el arte literario, que la obra surte con creces, sino la realidad de una Bolivia que debe ser otra y mejor; por tanto, una obra totalmente importante y recomendable.


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