noviembre 3, 2026

Historia de la represión estudiantil de 1976:  Los lápices siguen escribiendo

Por Natalia Alexandra Linares Canedo *-.


La Plata, Argentina, 5 septiembre de 1975. Asamblea de la Coordinadora de Estudiantes de Secundaria (CES): se debate sobre las medidas a tomar para pedir la implementación del Boleto Estudiantil Secundario (BES). Claudia Falcone alzaba la voz desde la palestra diciendo que el diálogo se había acabado y que solo quedaba decidir si se iba a optar por la movilización o no; y, los estudiantes, conscientes de los tintes autoritarios que había tomado el Gobierno en los últimos años, sabían que había altas posibilidades de una represión a la misma. Al final de las exposiciones de los delegados se vota por unanimidad asistir a la movilización masiva. Así inicia el relato de los siete estudiantes que serán desaparecidos por la dictadura de Jorge R. Videla durante los operativos policiales de la noche del 16 de septiembre de 1976, conocida como “la noche de los lápices”, acción en que se sustrajeron de sus casas a estudiantes que fichados por la Policía como “subversivos” por las acciones tomadas en las movilizaciones estudiantiles: primero, por la exigencia de BES; y segundo, por las denuncias por la represión del Gobierno contra los estudiantes.

Claudia Falcone, Claudio de Acha, María Clara Cionnichi, Daniel Racero, Horacio Húngaro y Francisco López son los protagonistas de la historia contada por el único sobreviviente de este grupo, Pablo Díaz, quien tras ser secuestrado y vuelto preso político por la dictadura dará su testimonio ante el Juicio de Juntas llevado a cabo en 1985. Nueve años después de su secuestro dará a conocer su historia y la de sus compañeros, la cual saldrá de los juzgados para tomar forma en dos soportes, un libro escrito por María Seoane y Héctor Ruiz llamado La noche de los lápices (Buenos Aires, Editorial Contrapunto, 1986), donde con la guía de Díaz y los familiares de sus compañeros relatan las historias personales, pero también el contexto de la dictadura; el otro será la película homónima estrenada en 1986 bajo la dirección de Héctor Olivera.

La historia de los chicos y chicas de “la noche de los lápices” trata sobre adolescentes que cuentan con posiciones políticas, distintas formas de relacionarse, que viven sus amores, narran sus anhelos y hobbies, además de una idea de su realidad. Si bien cada uno tiene una historia particular, llegan a encarnar a algún sector de las juventudes en un contexto de dictaduras. Algunos son militantes de las juventudes de izquierda, son migrantes, hijos de familias con mucha o nula influencia política y son de escasos recursos, así como otros provienen de sectores acomodados, creyentes o ateos fervientes. Sin embargo, el punto de encuentro de ellos es su compromiso con su realidad y con la vida, lo que les costó la suya, por luchar por un país mejor.

La historia que retrata estas particularidades de cada uno y las generalidades de la época podemos entenderla en tres momentos: un preámbulo, la larga noche y finalmente la memoria.

El preámbulo empieza con los últimos años del gobierno de los Perón, cuando este se había “derechizado”, generando así un clima tenso. La represión estaba creciendo y con ella las movilizaciones y acciones de denuncia contra la misma. Simultáneamente, empieza a generarse una estigmatización hacia estudiantes movilizados, sobre todo a aquellos involucrados con el BES. Pero conforme avanza la historia vemos que las chicas y chicos continúan entrelazando los espacios de la militancia con sus actividades cotidianas estudiantiles: así como Claudia y Pablo hablaban sobre guevarismo y peronismo, al mismo tiempo escuchaban y bailaban Sui Generis.

La larga noche empezará con el golpe de Videla en marzo de 1976. El “proceso de reorganización nacional” será igualmente llevado a las escuelas, ya que se decía que estas no debían ser islas para los subversivos. La presencia policial se intensifica y los siete, conscientes de los tintes autoritarios, optan por continuar con volanteadas y pintadas en denuncia a la represión que cada vez se hacía más fuerte. Quizá una de las noches más oscuras es la del 16 de septiembre, día en que los estudiantes fueron extraídos de sus hogares y llevados a destinos desconocidos, siendo Díaz el único del grupo no atrapado esa noche, quien, al darse cuenta de lo que sucede, opta por esconderse unos días. Sin embargo, esto no será suficiente, porque la noche del 21 será secuestrado y llevado a lo que después se conocerá como el Campo de Arana, espacio donde serán concentrados otros “sospechosos”. Allí presenciará el interrogatorio y la tortura, Díaz será víctima de ello, aunque nunca dijo nada de sus compañeros.

En el Campo de Arana a su vez se verá el rol de la Iglesia católica en esa dinámica de violencia. Por último, Díaz será trasladado al Pozo de Banfield, donde se encontrará con viejos y nuevos compañeros. En este espacio podemos ver el punto más alto de deshumanización, la violación sistemática a las mujeres, cómo las embarazadas se veían obligadas a parir en condiciones insalubres y después eran separadas de sus hijos. Vivían atados de manos y tapados de ojos para no reconocer a sus carceleros, con movilidad limitada en los pocos metros cuadrados de sus celdas-tumba. En este espacio conocerán a Osvaldo, un viejo guerrillero que sirvió de guía y consuelo sobre sus ideales. A pesar que él mismo ya estaba muerto en vida, insistía que tenían que mantenerse fuertes porque, como dice en el film, “las revoluciones no las hacen los hombres, sino los pueblos”.

Entre esas sombras, los lápices querían seguir escribiendo; los cuales en aquel cautiverio se daban permiso para cantar canciones de Sui Generis, hablar sobre lo que les gustaría hacer una vez libres, a dónde les gustaría comer o tener citas. A veces se permitían pensar en un dios revolucionario y otras en condenarlo, siempre en razón de pedir un país mejor. De manera paralela vemos lo que sucede en las calles, el calvario de las familias, cómo buscan desesperadamente a sus hijos y las instituciones que no solo les niegan la información, sino que se mantienen en la línea de estigmatizar a sus hijos por “subversivos” y a las familias por buscarlos. Vemos el encuentro de las madres que transitan las calles en busca de respuestas.

La memoria, por último, es aquello que nos deja esta historia. Pablo Díaz es el único sobreviviente del grupo y quien tiene la oportunidad de mantener viva la historia de sus compañeros. La memoria es lo que construimos alrededor de este evento, porque si bien es un hecho puntual, en un lugar y fecha específico, nos interpela a todas y a todos en tanto muestra la brutalidad de un régimen fascista que se dedica de manera sistemática a la eliminación de aquellos que piensan distinto; de adolescentes que no aceptaron ese presente y estaban dispuestos a cambiarlo.

Así como Claudia intentaba encontrarse frente al espejo parecida a Evita porque tenían en común el fastidio visceral por la injustica social y la pobreza, y también intentaba descubrirse como Juana Azurduy, quien quería la liberación nacional, la segunda y definitiva independencia, nosotros debemos intentar encontrarnos en ellas y ellos, en nuestras denuncias, nuestros anhelos y seguir escribiendo desde ellos.


  • Egresada de la carrera de Historia de la UMSA.

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