septiembre 26, 2023

La participación popular en la creación de Bolivia

Luis Oporto Ordóñez *-.


La historiografía tradicional ha hecho énfasis en analizar el papel de la élite criolla (Serrano, Urcullo, Olañeta), dejando en segundo plano la participación popular (mestizos, indígenas, zambos, esclavos, pardos y mujeres) en la creación de la patria.

El 25 de mayo de 1809 la primera llama de protesta surge en la sede de la Real Audiencia de Charcas, expresada en el magistral silogismo: “Viva el Rey, muera el mal gobierno”; leal, por un lado, y rebelde, por el otro. El 16 de julio, en la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, se conformó la Junta Tuitiva revolucionaria, liderada por Pedro Murillo, que implantó un régimen independiente del todo de España. Los realistas aplastaron el incipiente gobierno criollo independentista y ahorcaron en la plaza pública a los libertarios.

Para hacer frente a la guerra independentista la Corona española envió un ejército continental de 17 mil plazas, dirigido por mariscales y coroneles, con la gloriosa honra de haber derrotado a los ejércitos napoleónicos: José de la Serna, Joaquín de la Pezuela y Jerónimo Valdés. José de Canterac, francés al servicio de España, arribó con tres mil plazas. Integró a la crema y nata del criollaje: Pío Tristán, José Manuel Goyeneche, Pedro Antonio de Olañeta, Francisco Xavier de Aguilera, Agustín Gamarra, Andrés de Santa Cruz, Carlos Medinaceli y José Ballivián (los últimos cuatro pasaron al bando patriota).

Esa formidable maquinaria de guerra enfrentó al Ejército Unido Libertador que bajó desde la Gran Colombia al mando de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre. Desde las provincias del Río de la Plata subió otro ejército valiente y temerario al mando de José de San Martín y cuatro denominados “auxiliares”.

Bolívar instruyó a Sucre a cruzar el Desaguadero, para rendir al general Pedro Antonio de Olañeta. Una intelligentsia criolla defeccionó de las filas realistas, seduciendo al joven mariscal con valiosa información. El 5 de febrero, escribe a Bolívar, desde Ilave: “el Dr. Urcullo y el Dr. Asín, ambos muy patriotas, lo han abandonado ya (al Gral. Olañeta), el uno en Oruro y el otro puesto a la cabeza de la revolución que se tramaba en Potosí”; y nombró a Casimiro Olañeta como Auditor General del Ejército. Sucre tomó la histórica decisión de “entregar al país a sí propio, para organizarse a la sombra del Libertador y del Ejército Unido, considerando que cinco provincias con más de un millón de habitantes era bien digna de formar una Asamblea propia”. El 9 de febrero de 1825 promulgó el Decreto que convoca a la Asamblea de Representantes del Alto Perú.

Presidida por José Mariano Serrano, instaló sus sesiones el 10 de julio de 1825, iniciando el debate sobre tres alternativas: la unión con la Argentina, la reintegración al “bajo Perú” (con una variante bajo la figura de “federalización”) y la independencia. El 28 de julio se declaró suficiente discusión. El 1° de agosto de 1825 el Mariscal envió su célebre Mensaje a la Asamblea. En la sesión del 3 de agosto se señaló el día 6 para la declaración de la Independencia.

El 6 de agosto el presidente Serrano leyó el proyecto de creación del nuevo Estado: “Por uniformidad de sufragios se acuerda que el Alto Perú, no se una con la Argentina” y “se aprueba la proposición de que el Alto Perú, no se una al Estado bajo peruano”, por tanto “por plenitud de votos, se acuerda que el Alto Perú es Estado soberano e independiente de toda otra nación”. Los diputados Mendizábal y Olañeta reciben la comisión de aproximar una copia y negociar con Bolívar.

La historiografía oficial ha tratado de minimizar la participación popular en la guerra de la independencia, pues para enfrentar a las tropas españolas se formaron temibles ejércitos, subestimados por sus enemigos que los veían como una simple “turba”, sin preparación ni pertrechos, denominados despectivamente como “montoneras” y “gavillas”. Los jefes montoneros, latifundistas que abrazaron la causa de la Independencia, dispusieron sus “almas y hacienda”, logrando controlar inmensos territorios, célebres republiquetas autónomas dotadas de incipiente organización militar y administrativa: en La Paz, el cura Ildefonso de las Muñecas; en Cinti el patriota Vicente Camargo; en Chuquisaca, Manuel Ascencio Padilla y Juana Azurduy; en Chayanta, Betanzos e Ignacio de Zárate; en Tarija, Eustaquio “Moto” Méndez; en Cochabamba, José Miguel Lanza; en Santa Cruz, Ignacio Warnes García.

Tanto los ejércitos patriotas como españoles contaron con tropas indígenas, casi siempre como “carne de cañón”, leales hasta la muerte, mostraron su valor y determinación por divergentes causas. Por ejemplo, el cacique quechua de Chinchero, Mateo García Pumacawa y Manuel Choquehuanca, fieles a España, desolaron a sangre y fuego las poblaciones aymaras, con las tropas del gobernador Manuel Quimper y Goyeneche ingresaron por el Desaguadero con 20 mil plazas para liberar a La Paz del cerco indígena de 1811.

Los ejércitos patriotas fueron conformados mayoritariamente por indígenas, esclavos mulatos, pardos y morenos. En el cerco de La Paz participaron entre 15 mil y 19 mil indios aymaras y quechuas, situados en Pampahasi, Pequepunco, Palca, Cohoni, Potopoto, Coroico y Songo, comandados por el escribano Juan Manuel de Cáceres y los caciques Titicocha, Santos Limachi, Vicente Choque, Pascual Quispe. Esteban Arze presionó sobre Oruro con indios de Tapacarí, Sacaca y Chayanta, a los que sumaron cinco mil indígenas de Arque. Juana Azurduy de Padilla, en El Villar, comandó 10 mil indios, entre estos el poeta quechua Juan Huallparrimachi. Incluso en las tierras bajas participaron los indios Canichanas de la Misión de San Pedro, los caciques Juan Maraza, Pedro Ignacio Muiba y su lugarteniente José Bopi.

Las mujeres protagonizaron los actos de mayor valentía. En La Plata, damas de la clase alta abrazaron la causa de la independencia: Mariana Zudañez, María Antonia del Río, María Teresa Bustos, Francisca Zurita, Mercedes Tapia, Juana y Mercedes Cuisa; y la célebre “chola de rompe y rasga”. En La Paz, un grupo de mujeres ricas fueron cruelmente perseguidas, desterradas, torturadas, vejadas y muchas asesinadas: María Manuela Sagárnaga, Vicenta Juaristi Eguino, Ramona Sinosaín; la mestiza Simona Manzaneda. En la Coronilla de Cochabamba, Manuela Gandarillas, junto a madres, esposas e hijas de los patriotas defendieron la ciudad ante un enemigo cruel.

Luego del 6 de agosto de 1825, aquella intelligentsia criolla expulsó al Mariscal de Ayacucho y controló el país, excluyendo a los comandantes montoneros, a los indios, mujeres, esclavos, mulatos, negros y pardos, quienes verdaderamente lucharon por la Independencia.


  • Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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