agosto 18, 2026

El sistema de dominación continental del imperialismo norteamericano (primera parte)

Por Roberto Regalado (Cientista político)-.


«Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos». Theodore Roosevelt

Expansión territorial en América del Norte y política del “garrote” la Cuenca del Caribe

Más de 64 años de bloqueo y aislamiento contra Cuba, más de 24 años de desestabilización total contra Venezuela, décadas de 2000 a 2020 caracterizadas por la guerra mediática, la guerra jurídica y la guerra parlamentaria contra los gobiernos latinoamericanos de izquierda y progresistas de ese período –incluidos golpes de Estado de “nuevo tipo” y derrotas electorales “Made in USA”–, y “listas” arbitrarias de sanciones a gobiernos, instituciones y personas. Todo ello forma parte del arsenal de estrategias del cual los Estados Unidos disponen para imponer, defender y/o restablecer su sistema de dominación sobre América Latina y el Caribe.

Los movimientos populares y las fuerzas políticas de izquierda en Bolivia han sufrido los métodos de dominación de los Estados Unidos, entre ellos, el golpe de Estado de 2019, en el que la Organización de Estados Americanos (OEA) y su secretario general, Luis Almagro, desempeñaron un papel protagónico. ¿Cuándo y cómo comenzó la intervención y la injerencia de los Estados Unidos en América Latina y el Caribe? A esbozar algunos elementos sobre la historia del sistema de dominación continental del imperialismo norteamericano se dedica esta serie de artículos.

Desde la independencia de los Estados Unidos de América (1776), los llamados padres fundadores sientan las pautas de la expansión territorial y la dominación colonial, neocolonial e imperialista que caracterizan sus relaciones con el resto del continente. Cuando en 1809 se produce en Quito el Primer Grito de Independencia de Hispanoamérica, Estados Unidos había invadido Florida Oriental (1795), comprado Luisiana a Francia (1803), hecho el primer intento de anexión de Cuba (1803), atacado a los puestos españoles en el Río Grande y Luisiana Occidental, enviado expediciones contra Texas y California, y despojado a las poblaciones autóctonas de 20 millones de hectáreas de tierra.

Cuando culminan las luchas independentistas en la América del Sur (1825), ya se había registrado el segundo intento de anexión de Cuba y el primero de Puerto Rico (1811), España había entregado Florida Occidental y Oriental (1819), México (independiente desde 1821) sufría la política de “frontera móvil”, John Quincy Adams había promovido un pacto con Gran Bretaña y Francia para frustrar la independencia de Cuba y de Puerto Rico, y se había proclamado la Doctrina Monroe (1823).

La primera injerencia de los Estados Unidos en la Cuenca del Caribe es la ayuda brindada en 1791 a Francia para enfrentar a la Revolución haitiana. Pese a que la independencia de Haití se produce en 1804, el gobierno estadounidense reconoce a la República en 1862. Hasta 1825, los Estados Unidos mantienen una supuesta política de neutralidad en Hispanoamérica, en violación a la vez que le vende armas y municiones a España y comete numerosos actos de injerencia e intervención en las luchas independentistas.

Después de 1825 se produce la sublevación de Texas (1832), el reconocimiento de su independencia por el gobierno de los Estados Unidos (1837), el estallido de la guerra de 1847 contra México que “consuma” el “Destino Manifiesto” de expandirse hasta el Océano Pacífico, “legitimado” en 1848 con la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, en el que México cede Texas, Nuevo México y California. Por último, tras el fracasado intento del filibustero William Walker de arrebatarle vastos territorios adicionales a su vecino del Sur, los Estados Unidos le imponen a México la compra de Gadsden en 1853, a partir de la cual queda establecida la actual frontera entre ambos países.

Si bien algunos “pioneros” fantasearon con la idea de expandir a los Estados Unidos, no solo desde el Atlántico hasta el Pacífico, sino también desde el Ártico hasta el Antártico, tras siete décadas de conquistas, despojos, compras y anexiones, en 1853 concluye la conformación de la masa territorial de la naciente potencia en América del Norte, y pasa a primer plano la disputa de la dominación colonial y neocolonial ejercida por España, Gran Bretaña y otras metrópolis europeas en el resto del continente. La expansión territorial de los Estados Unidos se completa posteriormente con la incorporación de los estados de Alaska (comprado a Rusia en 1867) y Hawái (anexado en 1898 e integrado formalmente a esa nación en 1900).

La resistencia de los pueblos, en particular la derrota a las invasiones a Centroamérica dirigidas por William Walker en 1855 y 1860, la guerra de secesión entre los estados del Norte y los del Sur del propio Estados Unidos (1861-1865) y el peligro de cruzar la “línea roja” en territorios coloniales o en repúblicas neocoloniales de potencias europeas a las que aún no estaba en condiciones de desafiar, le impiden a esa nación anexarse más territorios de sus vecinos. En lo adelante, los Estados Unidos amplían su dominación mediante el colonialismo (en Puerto Rico) y mediante el establecimiento de protectorados en Centroamérica y el Caribe. Esa ampliación de sus dominios, ejecutada con intervenciones militares, ocupaciones de países, imposición de gobernantes y de cuerpos represivos sumisos, y todo tipo de presiones políticas y económicas, comienza a aplicarse en la Cuenca del Caribe, para luego extenderse hacia América del Sur en la medida en que el incremento de su poder le permite disputar el control que sobre esa Región ejerce el imperialismo británico [1].

La principal acción expansionista del joven imperialismo norteamericano durante el tránsito entre los siglos XIX y XX es la intervención en la guerra de independencia de Cuba contra España (1898), identificada por Lenin como la primera guerra de carácter imperialista, en virtud de la cual: le escamotea al Ejército Libertador cubano la victoria que estaba a punto de cosechar frente a la metrópoli española; ocupa militarmente a Cuba por varios años; y establece su dominación colonial sobre Puerto Rico, Filipinas y Guam. Otro acontecimiento emblemático del período es la firma entre los Estados Unidos y Gran Bretaña del Tratado Hay-Pauncefote (1901), que autoriza al primero a construir un canal interoceánico en el istmo centroamericano. Este tratado es el reconocimiento implícito de una división de las esferas de influencia de los dos imperialismos anglosajones en el continente: Gran Bretaña y otras potencias europeas aceptan la dominación estadounidense sobre las naciones latinoamericanas ubicadas al norte del río Amazonas, mientras que los Estados Unidos consienten por el momento en respetar el statu quo de las colonias europeas del Caribe y el imperio neocolonial británico en el resto de América del Sur.

En los primeros años del siglo XX, el presidente Theodore Roosevelt (1901-1909), artífice de la política del “gran garrote”, elabora su conocido Corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe entre 1903 y 1906 [2], que afirma el derecho exclusivo del imperialismo norteamericano a ejercer la fuerza para obligar a las repúblicas latinoamericanas a saldar sus deudas internacionales. Durante su mandato se produce la secesión forzada de Panamá (1903); la invasión militar a República Dominicana (1904), que da lugar a la intervención aduanera de ese país (1905-1912); la segunda ocupación de Cuba (1906-1909); la interposición de la infantería de marina con el propósito de obtener dividendos políticos de las guerras desatadas entre Guatemala y El Salvador (1906), y entre Honduras y Nicaragua (1907), y las acciones intervencionistas que conducen a la renuncia del presidente Santos Zelaya en Nicaragua (1909). El sucesor de Roosevelt, William Taft (1909-1913), protagoniza la intervención militar en Honduras para derrocar al presidente Miguel Dávila (1911); la intervención militar en Nicaragua para frustrar la rebelión encabezada por Benjamín Zeledón (1912), e inicia la política de amenazas, presiones y agresiones destinada a entorpecer la Revolución mexicana (1910-1917).

Entre 1913 y 1921, etapa de la llamada “diplomacia misionera” de Woodrow Wilson, con los pretextos de “promover la democracia” y “frenar la penetración alemana”, el gobierno de los Estados Unidos aumenta su intromisión en los asuntos internos mexicanos, ocupa militarmente Haití e interviene sus aduanas (1915-1934), ocupa a la República Dominicana (1916-1924), interviene en Panamá (1918), respalda golpes de Estado y dictaduras militares y civiles en países de Centro y Sudamérica, aprovecha la Primera Guerra Mundial para consolidar la dominación política, económica y militar en la Cuenca del Caribe, y para desplazar de América del Sur los capitales de Alemania y sus aliados.

Tras el impasse provocado por la Primera Guerra Mundial, con la cobertura de un supuesto abandono del intervencionismo y un mayor respeto a la soberanía de las naciones latinoamericanas, durante la denominada “restauración republicana”, la política de los presidentes Warren Harding (1921-1923), Calvin Coolidge (1923-1929) y Herbert Hoover (1929-1933) se caracteriza por el apoyo a las dictaduras militares implantadas para contener las luchas populares desatadas por la crisis y por la política dirigida a sacar provecho de los conflictos de diversa naturaleza que surgen entre varias naciones y dentro de ellas. En esos años se produce una intervención militar en Panamá, para reprimir protestas populares (1921), dos en Honduras para “interponerse” en la guerra librada por fuerzas políticas en conflicto (1923 y 1924) y una en Nicaragua (1926) que deviene en enfrentamiento contra el “Pequeño Ejército Loco” del general Augusto C. Sandino.

En síntesis, el imperialismo norteamericano se concentra en afianzar su dominación política, económica y militar sobre México, Centroamérica, la franja norte de América del Sur y las naciones independientes ubicadas en el Mar Caribe, hasta que la crisis de 1929 a 1933 provoca la quiebra del sistema neocolonial británico y le abre el camino hacia el resto de Latinoamérica. Aunque la Gran Depresión golpea tanto a los Estados Unidos como a Gran Bretaña, su efecto en las relaciones de una y otra potencia con América Latina es diferente. Ello obedece a que la dominación estadounidense se asienta más en la proximidad geográfica y la fuerza militar –elementos que no se alteran por la crisis–, mientras en el caso británico depende de su capacidad de mantener la supremacía comercial y financiera.

Durante el período comprendido entre la Gran Depresión y el fin de la Segunda Guerra Mundial transcurre la presidencia de Franklin Delano Roosevelt (1930-1945), quien aplica la llamada política del “buen vecino”, durante la cual no se registran intervenciones militares estadounidenses en América Latina y el Caribe. Roosevelt interactúa tanto con las dictaduras militares y civiles como con los gobiernos liberales constitucionalistas de orientación progresista.

El “buen vecino” proclama que el gobierno de los Estados Unidos renuncia a ejercer la intervención armada contra las repúblicas latinoamericanas. Esa política comienza a aplicarse después que el imperialismo norteamericano había instaurado en el gobierno a dictadores y guardias nacionales dóciles en los países de la Cuenca del Caribe que antes invadía. Esa modificación formal de la política no incluye el abandono de las sanciones económicas y políticas. Aunque el gobierno de Roosevelt aplicó represalias contra México por la nacionalización del petróleo realizada por Lázaro Cárdenas, la situación internacional, la de México y la de los Estados Unidos, le impidió recurrir a la agresión militar.

(Continuará).


1       Para mayor información sobre el tema, ver a Luis Suárez Salazar: Un siglo de terror en América Latina: una crónica de crímenes contra la humanidad, Ocean Press, Melbourne, 2006.

2       El Corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe no quedó establecido mediante un solo pronunciamiento, sino fue el resultado de diversas acciones y declaraciones realizadas entre 1901 y 1906.

 

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