
Vivimos en un mundo complejo de extrema virtualización, donde las nuevas tecnologías se han apropiado de todos los aspectos de la vida, desde nuevas formas de producción hasta formas de relacionarnos entre humanos. Una persona pasa diariamente, en promedio, ocho horas diarias frente al celular, sin contar el tiempo en televisión, computadoras, y eso que ahora existen los relojes inteligentes y hasta refrigeradores donde también puedes ver tus mensajes, correos, etcétera. Producimos, reproducimos y generamos relatos.
Cuando terminamos la jornada laboral, llegamos a nuestra habitación y abrimos TikTok, Instagram, X, juegos en red, o cualquier otra plataforma, dando por entendido que se tratan de momentos de ocio, aunque en realidad seguimos produciendo valor puesto a que la información también posee propietarios que conforman monopolios. Estamos “vendiendo” nuestros datos, nuestros gustos, nuestras crisis existenciales, a plataformas que son propiedad de los hombres más ricos del planeta, sin que estas sean remuneradas.
Ahora, con la Inteligencia Artificial (IA), esta realidad de producción se hace más evidente debido a que esta herramienta en realidad no produce conocimiento, sino que reproduce el conocimiento generado por los seres humanos en cientos de miles de años, el conocimiento de las mayorías o como lo denomina Marx: general intellect. “…vemos que tanto los datos como la información son traducidos. De un soporte material en el que estaban codificados, pasan a otro soporte material con otro código, el lenguaje”, destaca Lucas Aguilera.
En la virtualidad nunca dejamos de producir, pero igual generamos relatos de nosotros mismos a partir de nuestra existencia en las redes sociales. Construimos nuestro ser fuera de la mundanidad. “Si no estás en redes, no existes”, dijo alguna vez uno de los hombres más ricos del planeta, Bill Gates, y parece que este dicho se transformó en una realidad sin que nosotros lo hayamos cuestionado a tiempo.
Gramsci en los Cuadernos de la cárcel, publicados póstumamente, brinda una cantidad vasta de reflexiones alrededor de la gran temática de la revolución cultural. Ahí, como en toda su obra filosófico-política, existe un concepto fundamental y necesario para comprender estos tiempos de digitalización de la vida y del capital como es la “inmanencia”. Para entenderla empezaremos por explicar su concepto contrario, el de la “trascendencia”: entendida como un tránsito hacia una nueva tierra, la creencia de un más allá, de un cielo, que concibe la vida terrenal con desdén. Por otro lado, la “inmanencia”, término elemental de la concepción gramsciana del marxismo, es la actitud del hombre que decide por voluntad propia instalarse acá y ahora en este mundo. La palabra inmanencia proviene del latín immanens, que es el participio presente del verbo immanere, que significa “permanecer en”.
La religión como pieza fundamental del aparato ideológico del Estado burgués, que garantiza sumisión y obediencia de los pueblos, usaba, y aún continúa usando, la venta de la “trascendencia” a otro mundo/cielo, para abandonar los objetivos de realización humana en esta terrestridad. Si la Iglesia pudo mantenerse a lo largo de siglos de siglos impartiendo la misma doctrina y expandiendo el sentido de “trascendencia”, fue porque tuvo la capacidad estratégica de juntar aparentemente lo bajo y lo alto. A pesar de que la Iglesia abarca en su seno una élite culta y, por otro lado, una masa primitiva (una curia romana que puede citar con exactitud los postulados filosóficos de Santo Tomas y un grupo de vecinas analfabetas que asisten a misa los domingos), se ha negado a separarlas. Creen en lo mismo, celebran sus cultos bajo las mismas formas; procuran que los elementos fundamentales como la doctrina y la moral, lo que se cree y lo que se vive, sean los mismos teóricamente, aunque unos estén en Roma y otros en una favela. Algo similar sucede con la virtualización de la vida, de las relaciones sociales y de la producción en tanto contiene un efecto parecido al que provoca la religión. Los multibillonarios, dueños de las redes sociales y, por lo tanto, dueños monopólicos de la información, juntan lo bajo y lo alto en plataformas, es decir, las formas de relacionamiento social. “Conviven” clases sociales antagónicas en el mismo lugar ficticio que son las redes, cada vez más alejadas de la mundanidad.
Así como Marx en la introducción a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel postula que la religión es el opio del pueblo, precisamente porque los humanos creamos a dios y después creemos que este nos domina. Lo mismo ocurre con la mercancía, como lo señala ya en el primer capítulo del primer tomo de El Capital, en la cuarta sección. Y, finalmente, algo parecido sucede con la virtualidad: la creamos los humanos, pero después la concebimos como si tuviera un valor intrínseco o como si actuara de manera autónoma o no fuera resultado de la actividad humana.
Es decir, los poderosos continúan vendiendo la episteme de la “trascendencia”, omitiendo y evitando habitar el mundo de acá y ahora, solo que mediante otras tácticas y estrategias. Su objetivo es claro: que el hombre no tome consciencia de sí mismo ni de su realidad terrestre. Tanto la religión como la virtualidad se justifican y se sustentan teóricamente en la venta de esperanzas en cuanto la “trascendencia” hacia otro mundo/vida. No obstante, se tratan de esperanzas muertas, porque son de otro mundo.
En consecuencia de ello, Antonio Gramsci propone el “inmanentismo” como la base de toda edificación marxista. Así pues, entendemos al marxismo como historicismo absoluto; mundanidad y terrestridad absoluta en el pensamiento; y humanismo absoluto en la Historia. El término absoluto es clave, y no podemos dejar de mencionarlo porque indica el rechazo a toda “trascendencia”. El primer vértice, historicismo absoluto, hace referencia a que no podemos consentir la existencia de algo eterno, o sea no puede existir algo extra-histórico. Todo está dentro de la Historia. El segundo vértice es la mundanidad y terrestridad absoluta en el pensamiento, y se refiere a que no hay más allá, que todo es este mundo, esta existencia. Todo es aquende, de este lado, más acá de; lo contrario a allende (aunque nos guste la palabra por ser el apellido de Salvador), es el opuesto al más allá. El tercer y último vértice es el humanismo absoluto y sostiene que debemos descartar cualquier concepción que no considere lo humano como supremo. La “trascendencia” es un vicio burgués, porque es una evasión extremadamente peligrosa ya que impide que nos empeñemos en lo único que es real y que puede ser transformado. Estos tres vértices mencionados conforman la fórmula del “inmanentismo absoluto”. Concepto medular para concebir la revolución en nuestros tiempos complejos.
Si la filosofía critica es la superación de la religión, es la superación de la “trascendencia”, es entonces incluso la superación de la virtualidad y la superación de todo fetichismo que intente doblegar lo humano y terrenal.
Bibliografía:
- Gramsci, A. Cuadernos de la cárcel. 1985. Euskal Herriko Komunistak.
- Aguilera, L. Nueva fase. 2023. Punto de encuentro.
- Saenz, A. 2004. Antonio Gramsci y la revolución cultural. Gladius.


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