septiembre 18, 2026

El agotamiento de la tibieza en el Proceso de Cambio: no hay transformación sin sujeto revolucionario

Existen sectores en la izquierda que no ven como un peligro la derrota frente a la derecha suponiendo que solo por las condiciones estructurales, o sea por las contradicciones de clase o étnicas en las que se vería sumergido el país cuando se oficialice el retorno de la derecha y del neoliberalismo, en un corto plazo se volvería al poder político. Esas visiones deterministas son problemáticas, porque además de incentivar la inacción se subsumen a narrativas neoliberales que serán desarrolladas a lo largo del presente texto.

Es usual escuchar entre compañeros de diversos espacios que emergen del movimiento nacional popular, que hasta hace algunos años convergían en uno solo, que ya a estas alturas no les importa que el fascismo ingrese al país argumentando que en cuestión de meses o pocos años volveríamos a ocupar el poder, porque, según ellos, el pueblo no podría tolerar las medidas de ajuste o represión que tome un gobierno de derecha.

Esta posición ignora tres elementos fundamentales: primero, que nunca tuvimos el poder real, que es el económico y mediático, y que, por cierto, tampoco nos preocupamos nunca por disputarlo. Sino que ocupamos el Ejecutivo y en su momento fuimos hegemónicos en el ámbito político y social. Segundo, que se subestima a la derecha en tanto su voluntad de represión y castigo a las clases populares por algún momento haber osado autodeterminarse. Tercero, eluden la ausencia de un proyecto programático revolucionario; o, dicho de otra forma, de un horizonte histórico que hermane voluntades. Siendo este último el resultado de la prescindencia del sujeto histórico de nuestro país hace varios años. Entendiendo al sujeto no como a un liderazgo o una persona, sino como a las clases populares históricamente oprimidas conscientes y con un sentido unitario que las conecte. Teniendo como síntomas de aquello el aburguesamiento y desideologización del Proceso de Cambio.

Aproximaciones al debate académico sobre el sujeto

Con la aparición de los “post” estructuralismo y modernismo como la ideología cómplice del neoliberalismo con su crítica a las estructuras, pero al mismo tiempo cargando aún con vestigios del estructuralismo, ponen en duda la existencia del sujeto. Proponen una terminología cargada de despolitización, desplazan la existencia del sujeto y en su lugar proponen artificios conceptuales como “agentes”, “actores”, “multiplicidades”, entre otros, sin un sentido unitario que los enlace.

Impregnados de metafísica, negando la existencia del sujeto formulan que los “actores” son resultado de los discursos. De esta manera inducen a la imposibilidad de cuestionar y discutir si los sujetos son libres o no. Los académicos posmodernos y posestructuralistas plantean explícita o implícitamente el hecho de que no existe un sujeto histórico transformador, sino que en su lugar hay agentes o actores que simplemente acompañan relatos. Cuando Derrida dice que no hay nada fuera del texto, está diciendo que todo es relato, por lo tanto, cae en los absolutos/universales, y es sabido que todo absoluto es metafísica y por lo tanto idealismo.

Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, al analizar la falsedad de la existencia de un sentido común universal, ya dijo que no existen universales. El sentido común es algo que deriva del lenguaje, entonces tanto el lenguaje como el sentido común son producto de los hombres, de una consciente voluntad hegemónica. El sentido común es la imposición de relatos que se solidifican con el tiempo, pero no es eterno.

Según Kohan, para caracterizar algo como fetichista o alienado debe presuponerse como condición anterior que a nivel social existen sujetos autónomos que pierden su autonomía, racionalidad y capacidad de decisión sobre sus condiciones de existencia. Empero, si las narrativas dominantes incluso en las ciencias sociales se niegan a ese algo, es inhacedero caracterizar a ese algo.

Por otro lado, Althusser, quien no está catalogado como un académico posmoderno pero sí determinista/estructuralista, rechaza la historia centrada en los hombres, en los sujetos, porque según él es una problemática ideológica no científica, voluntarista e idealista. Para él los hombres son simples portadores que acompañan al proceso histórico de contradicciones en las relaciones de producción. Polemiza con Gramsci y, en contraste, postula que esta contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción operaría independientemente de la voluntad y conciencia de los hombres, que serían el producto del verdadero motor de la Historia. Evidentemente, responde a un determinismo que, en última instancia, se fetichiza, porque ese “motor de la Historia” es externo a la voluntad, está fuera de mí, como una especie de divinidad superior al hombre.

Althusser, que transita su camino teórico renegando de la metafísica y acusando a Gramsci de idealista, termina siendo metafísico porque cae en los absolutos, en los determinismos mecanicistas.

Así es como tanto las dinámicas académicas posmodernistas y posestructuralistas –como también las estructuralistas– terminan por negar ambas al sujeto con preconcepciones absolutas. Por un lado, los primeros niegan al sujeto alegando que en su lugar se trataría de actores efecto del discurso; los segundos niegan al sujeto porque los hombres serían efecto de una estructura predeterminada.

Dicho de otra forma, disuelven el sujeto en estructuras o en discursos. Ambos terminan despolitizando la Historia sin dejar espacio ni margen a la rebelión.

Consecuencias prácticas del debate académico sobre el sujeto

Entonces, para quienes concebimos al hombre como el centro medular de la Historia, el sujeto es el humano conectado y consciente de su vinculación innegable con la totalidad como engranaje protagónico de las transformaciones. Son las clases populares oprimidas conscientes y organizadas.

Negar al sujeto significa rendirse ante el sistema. Pero hay varias formas conscientes e inconscientes de negar al sujeto. Error que acompañó al andar de los llamados progresismos latinoamericanos. En el caso boliviano, el llamado Proceso de Cambio, encabezado desde 2006 por Evo Morales, resultado de una lucha histórica de las clases oprimidas desde Tupaj Katari, pasando por la guerrilla del Che, la lucha frente a las dictaduras del Plan Cóndor, la resistencia en contra del neoliberalismo desde el 85 en adelante, luchas que finalmente fueron organizadas en la “Agenda de Octubre” de 2003. Este Proceso que fue caracterizado por grandes logros como la nacionalización de los recursos naturales, la Asamblea Constituyente que derivó a la refundación del Estado a uno plurinacional, la nacionalización de las empresas estratégicas del Estado que permitieron la adquisición de derechos y dignificación de la vida de los bolivianos.

Después llegó el embate del golpe de Estado en noviembre de 2019, cuando el fascismo se hizo del poder y dejó en luto al pueblo con las masacres de Senkata y Sacaba. Seguidamente vino la recuperación de la democracia con la victoria del movimiento nacional popular de la mano de la candidatura de Luis Arce, victoria que fue producto de la organización y lucha de los movimientos sociales en agosto de 2020, liderada por Felipe Quispe y Orlando Gutiérrez. Luego se podría caracterizar al momento histórico que vivimos en Bolivia, a excepción de los dos primeros años de gestión de Arce, como el momento de fragmentación del movimiento popular en permanente escalada, impulsado por la inestabilidad económica.

Pero más allá de recurrir a respuestas fáciles como decir que Evo Morales es un ególatra adicto al poder o que Luis Arce es un traidor, sean caracterizaciones ciertas o no, tenemos la responsabilidad histórica de hacer un análisis profundo que explique cómo y por qué llegamos a estas alturas; o, mejor dicho, bajezas.


  • Por Valentina Enríquez Moldez

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