
No fui parte de esa generación de los años sesenta que escuchaba los programas radiofónicos de la época o que iba a un bar, cantina o heladería a buscar una rockola donde introducías una moneda y escogías la tapa del disco de vinilo para poder reproducirla.
Tampoco estuve en el auge del rock and roll, del cine y películas como Psicosis de Alfred Hitchcock, Spartaco de Stanley Kubrick o Doctor Zhivago de David Lean, de la aparición del movimiento hippie, bajo las premisas del amor libre y el pacifismo, la psicodelia, drogas, la revolución sexual y la contracultura.
No fui parte de los vientos huracanados que soplaban en París y México aquel Mayo del 68, donde Jacques Lacan, Jean Paul-Sartre y Maurice Blanchot tomaban simpatía. No fui parte de los alucinógenos como el LSD, del auge del Estado de bienestar con tendencias de ideas socialistas de la clase trabajadora, de la guerra de Vietnam y de la llegada de los Beatles que revolucionaron el mundo con su álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), con más de treinta y dos millones de copias vendidas, cuando el disco de vinilo se popularizó a nivel mundial y se hizo parte de la cultura.
Los discos de vinilo más vendidos en la historia son Abbey Road (1969), que es el undécimo álbum de The Beatles, publicado por Apple Records, y que según Nielsen Music es en definitiva el vinilo más vendido de la historia con noventa y cuatro millones de copias; después esta Thriller (1980) de Michael Jackson con setenta millones copias; Back in Black (1980) de AC/DC con cincuenta millones de copias vendidas; Dark side of the moon (1973) de Pink Floyd con cincuenta millones de copias, entre muchos otros.
Tuve mi primer encuentro con el vinilo en casa. Un día mamá, Gloria, llegó con un disco de vinilo de música folklórica, para que baile, tenía cinco años de edad. En nuestra casita de Obrajes teníamos un tocadiscos muy lindo, de la década de los años setenta u ochenta del siglo pasado, era de la marca Panasonic, con unos parlantes muy grandes que le daban el sonido perfecto.
Esos equipos de antaño tenían como principal atractivo la reproducción de los discos LP y para ello contaban con un sistema mecánico consistente en una tornamesa automática provista de un fono-captor magnético, venía acompañado de una reproductora de cintas de audio o casetes, que tiempo después me acompañaría en mi tiempo de juegos, armando el tapagol con tapitas de botellas, además de la música que mi prima Camila me hacía escuchar –hablo entre mis seis y ocho años–, puro pop mexicano como Mercurio, Fey (eso quedó como anécdota ya que mis gustos musicales fueron cambiando). Además de aquello tenía una pantalla iluminada de color ámbar, verde, azul, donde se veía una aguja que se desplazaba por las emisoras AM y FM, para escuchar los domingos de futbol.
Ya en mi adolescencia, a los trece años, me inmiscuí en la habitación de mi tía Sonia y no sé por qué razón ese tocadiscos estaba en su cuarto y ya no en el escritorio, hasta el día de hoy no descifro esa ecuación. Encontré unos discos de vinilo de Silvio Rodríguez, los puse y me hizo volar la cabeza, era poesía pura, musicalizada por supuesto; en ese entonces no entendía nada de revolución o crítica a un sistema y demás.
Después llegó el compact disc más conocido como CD para jubilar a los vinilos, llegó la era digital, una nueva generación se estaba formando, la era de la globalización y de los Chicago Boys estaba en auge, el “fin de la historia” había comenzado y los vinilos pasaron a la historia, se convirtieron en algo anacrónico e inservible que ocupaba mucho espacio. Más adelante, en este libro, hay varias historias relacionadas a personas que los vendían en casi nada o los regalaban, otros los compraban a cinco bolivianos o menos. Ya casi nadie quería saber de los vinilos.
Un 17 de agosto de 1982, Kees Schouhamer Immik, de Phillips y Toshitada Doi, de Sony, crearán el formato CD, en el que uno se ocupó de desarrollar el sistema óptimo y otro la lectura y codificación digital; el CD parecía haber llegado para quedarse por mucho tiempo. El primer CD digital fue el álbum The Visitors(1981) de la agrupación ABBA, después la empresa Sony publicó el disco 52nd Street (1978) de Billy Joel.
Se calcula que en estos cuarenta años de formato se han vendido cerca de doscientos cincuenta millones de CD en el mundo, y que el tamaño estaba pensado en veinte centímetros, pero se optó por los doce porque es lo que mide la diagonal de una cinta de casete. Todo esto fue denominado “audio de ensueño”, y lo fue.
Yo vengo de la generación que vive de lo digital, los CDs y toda esa revolución. Según la BBC el CD más vendido de la historia fue el recopilatorio de grandes éxitos de The Eagles, que vendió más de treinta y nueve millones de copias.
Conocí el CD el año 1991, tenía cinco años, mi tía Gladys había decidido vivir en Bolivia, después de una larga estadía en los Estados Unidos, trajo las novedades: recuerdo que siempre escuchábamos Juan Luis Guerra, Willy Colón y Celia Cruz, eran tiempos de descubrimientos.Fue tan accesible el CD que opté por grabar mi propia discografía, descargar de Internet discos completos y grabarlos, etiquetarlos y tenerlos en mis estantes, para darme el placer de agarrar un álbum y ponerlo en mi sala mientras disfruto de un buen cigarro.
Después aparecieron los Minidisc (MD), a comienzos del año 2000, eran muy lindos estéticamente y tenían una elegancia especial. Tenían una versión del ATRAC que puede comprimir el audio a tasas mayores, con una duración máxima de ciento sesenta minutos. Hasta el día de hoy tengo los pequeños discos, pero sin el aparato que se me extravió, un Sony de color negro y muy estético.
Pasó un tiempo y apareció el Ipod, que fue el primer reproductor MP3. Con mucho esfuerzo recién el año 2006 pude tener uno, era plomo con una capacidad cinco gb, el eslogan de Steve Jobs en su lanzamiento decía: “el iPod pone mil canciones en tu bolsillo”. Fue algo alucinante, además que permitía ordenar por carpetas, por nombre o como uno quisiera. Fue el primer momento de debacle de la industria del CD, ya que uno podía descargar música de manera fácil y barata.
Hoy con mi compañera de vida y de amores, mi esposa Natyta C. Duchen entre muchos artefactos electrónicos que tenemos en casa priorizamos desde que despertamos el dispositivo de “Alexa”, un asistente virtual controlado por voz que vinculamos a nuestro Spotify, donde gozamos de Fito Páez, Charly García, Gustavo Cerati, música de los años noventa, cumbia villera que le encanta a ella, sobre todo 18 Kilates, fanática de Maximiliano Appap, de Néstor en Bloque y algunas rarezas más.
Como arte de magia de pronto hubo un regreso del vinilo, un milagro, ¿por qué resucitaron? Hay una serie de respuestas, República Checa nunca dejó de producir los vinilos, para los Djs siempre fue su herramienta de trabajo; otra razón fue que los coleccionistas hicieron resistencia. Este libro habla de los coleccionistas y sus historias, estos coleccionistas guardaron y atesoraron en esta línea de tiempo los discos de vinilos, muchas son joyas que se conservan, que se aprecian y que valen una fortuna.
A partir del año 2010 creció la demanda de los discos de vinilo y eso es gracias a la piratería del gigantesco mundo digital, el Youtube y el Spotify han provocado que la gente ya no compre los discos físicos por música, sino por plataforma.
La ceremonia o ritual del vinilo es única, pararse y dar la vuelta al disco, poder tocarlo físicamente, revisar las tapas y sus portadas con una estética y una elegancia que no se encuentra en otro formato. El vinilo ofrece una calidad de sonido natural, cosa que no pasa con los formatos digitales o comprimidos; muchos sonidos se pueden percibir en el vinilo, algunas intros o sonidos diferentes.
Es así que el año 2021 decidí comprar un Tocadiscos Maleta Bluetooth Con Altavoces Tres Velocidades para comenzar y entrar al universo del vinilo. Compré algunos discos de mi preferencia, otros los traje de la Argentina y otros llegaron por pedido, de manera que comencé a transitar un nuevo mundo.
Este libro está dedicado a eso, a los discos de 78rpm, a los discos vinilo y a todos los coleccionistas.

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