agosto 28, 2026

Ser feminista en el siglo XXI: una apuesta por la dignidad y los derechos humanos


Por Soledad Buendía Herdoíza *-.


Ser feminista en el siglo XXI constituye una postura ética y política profundamente vinculada con la defensa de los Derechos Humanos. En un mundo globalizado donde persisten múltiples formas de desigualdad y violencia, el feminismo emerge como una corriente de pensamiento y como una práctica social transformadora. Asumir el feminismo hoy es desafiar las estructuras patriarcales que históricamente han subordinado a las mujeres, y al mismo tiempo construir horizontes de justicia, equidad y dignidad.

Lejos de ser una ideología única, el feminismo contemporáneo es plural, interseccional y diverso. Se nutre de la experiencia colectiva de las mujeres del mundo, especialmente de aquellas que, desde América Latina, África y Asia, han situado sus luchas en territorios concretos marcados por la pobreza, la exclusión y la colonialidad del poder. Desde esta perspectiva, ser feminista en el siglo XXI implica también reconocer las raíces del feminismo popular, aquel que nace desde abajo, desde las comunidades, y que reivindica el derecho de las mujeres a vivir con autonomía, justicia social y paz.

Los feminismos contemporáneos se sustentan en el reconocimiento de los Derechos Humanos como un marco ético y jurídico universal. Las feministas del siglo XXI articulan sus demandas con los principios de igualdad, libertad y no discriminación consagrados en instrumentos internacionales como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw, 1979), la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing (1995) y la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (ONU, 2015).

Sin embargo, la realidad demuestra que los derechos de las mujeres siguen siendo vulnerados en distintos ámbitos. La violencia de género, la brecha salarial, la feminización de la pobreza, la invisibilización del trabajo de cuidados y la falta de participación política efectiva continúan siendo desafíos estructurales. De acuerdo con ONU Mujeres (2024) una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual, lo que revela que el reconocimiento formal de los derechos aún no garantiza su ejercicio efectivo.

En este orden de ideas el feminismo exige leyes y políticas inclusivas y busca transformar las relaciones de poder que sostienen la desigualdad. Como plantea Marta Lamas, el feminismo es una ética de la justicia y del reconocimiento, orientado a reconstruir los vínculos sociales sobre la base de la equidad y la dignidad humana. Ser feminista hoy es, por tanto, defender la universalidad de los Derechos Humanos desde una mirada situada que reconoce las diferencias culturales, económicas y sociales que atraviesan a las personas.

Una de las principales aportaciones teóricas del feminismo del siglo XXI es el concepto de interseccionalidad, formulado por Kimberlé Crenshaw (1989), que permite entender cómo las distintas formas de opresión (género, clase, origen étnico, orientación sexual, edad o discapacidad) se entrelazan y configuran experiencias únicas de desigualdad. Este enfoque ha permitido desplazar la idea de una “mujer universal” y reconocer que las luchas feministas deben responder a realidades múltiples.

En América Latina la interseccionalidad se ha reinterpretado desde perspectivas comunitarias y decoloniales. Feministas como Ochy Curiely Yuderkys Espinosa advierten que la colonialidad del poder y del saber continúa subordinando las voces de las mujeres racializadas y empobrecidas. Desde sus miradas, ser feminista en el siglo XXI también significa descolonizar el pensamiento, cuestionar el modelo neoliberal que mercantiliza los cuerpos y la naturaleza y revalorizar los saberes ancestrales que sostienen la vida.

La feminista de este siglo, entonces, no se define únicamente por su oposición al patriarcado, sino también por su compromiso con la justicia social, la equidad económica, la diversidad sexual y la sostenibilidad ambiental. Es persona que comprende que sus derechos individuales están entrelazados con los derechos colectivos, con la tierra y con las comunidades.

El feminismo popular ha emergido en América Latina como una corriente fundamental para entender las luchas de las mujeres en contextos de desigualdad estructural. Este feminismo no se origina en la academia ni en las instituciones, sino en la vida cotidiana de las mujeres trabajadoras, campesinas, indígenas, afrodescendientes y urbanas que enfrentan la pobreza, la violencia y la exclusión. Como afirma Verónica Gago, el feminismo popular es un “feminismo de masas” que ha logrado articular las demandas de justicia económica con la denuncia de las violencias patriarcales, capitalistas y coloniales.

Ser feminista en el siglo XXI desde esta perspectiva implica reconocer que las opresiones de género están íntimamente vinculadas a las opresiones de clase y de origen étnico. El feminismo popular latinoamericano rescata la noción de cuerpo-territorio, donde el cuerpo de las mujeres es visto como el primer espacio de resistencia frente a las violencias estructurales. Movimientos como “ni una menos”, las luchas de las mujeres zapatistas o las redes de trabajadoras domésticas en la Región son ejemplos vivos de cómo el feminismo popular articula Derechos Humanos, autonomía y organización comunitaria.

Como sostiene Julieta Paredes, feminista comunitaria boliviana, el feminismo popular “no busca la igualdad con los hombres dentro del sistema patriarcal, sino la transformación profunda de ese sistema para reconstruir la vida en comunidad”. Esta visión amplía el horizonte de los Derechos Humanos al incluir dimensiones colectivas, ecológicas y culturales que los marcos normativos tradicionales muchas veces han omitido.

A pesar de los avances normativos y sociales, las feministas del siglo XXI enfrentan múltiples desafíos. La violencia política de género, la misoginia digital, el negacionismo de los derechos sexuales y reproductivos y la precarización del trabajo son algunos de los obstáculos contemporáneos. Además los movimientos antiderechos y los discursos de odio han resurgido con fuerza en varios países, intentando deslegitimar las luchas por la igualdad bajo la narrativa de la “ideología de género”.

Frente a ello, el feminismo mantiene su vigencia como fuerza ética y transformadora. La construcción de tejido social con alianzas políticas para una agenda transformadora se ha convertido en una herramienta clave para resistir y avanzar colectivamente. Asimismo, el feminismo del siglo XXI ha encontrado en las tecnologías digitales un campo de disputa. Internet y las redes sociales se han convertido en espacios de denuncia y organización, pero también de hostigamiento. Las feministas luchan por apropiarse de estos medios desde una ética del cuidado y la libertad, haciendo de lo digital un espacio de emancipación.

Concluyo esta reflexión diciendo que ser feminista en el siglo XXI es ejercer la libertad como acto de resistencia y transformación. Es reconocer que los Derechos Humanos no se conquistan de una vez por todas, sino que deben defenderse día a día frente a los nuevos rostros del patriarcado y del autoritarismo. El feminismo contemporáneo, en su pluralidad, reafirma que no hay justicia de género sin justicia social, ni igualdad sin dignidad. Desde el feminismo popular latinoamericano hasta el feminismo académico y global, todas las expresiones del movimiento comparten una misma raíz: el anhelo de vidas libres de violencia, con autonomía y bienestar para todas las personas. En ese sentido, la feminista del siglo XXI no solo cuestiona las desigualdades, sino que propone nuevas formas de convivencia basadas en la solidaridad, la equidad y el respeto. Su lucha sigue siendo, como en los orígenes, una lucha por la humanidad y por la posibilidad de habitar un mundo más justo.


* Escritora.

 

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