octubre 19, 2026

Cuando el Evangelio se convierte en una elección de izquierda

SER CRISTIANO EN ÉPOCAS DE GOBIERNOS DE DERECHA


JoséPor José Percy Paredes Coimbra -.


Estamos en épocas emocionantes. América Latina vuelve a experimentar el avance de gobiernos de derecha que prometen orden, autoridad, mercado, seguridad y crecimiento económico, mientras millones de personas continúan enfrentando pobreza, desigualdad, precariedad laboral, exclusión, migración forzada y pérdida de derechos sociales.

En medio de esta disputa política aparece una pregunta que incomoda tanto a la derecha como a ciertos sectores de la izquierda: ¿Qué significa ser cristiano en este tiempo?

Durante demasiado tiempo, determinados sectores de la derecha latinoamericana han intentado apropiarse del lenguaje cristiano. Han convertido la cruz en un símbolo electoral, han utilizado el nombre de Dios para justificar políticas de exclusión y han presentado la defensa de la propiedad, del mercado y de las jerarquías sociales como si fueran principios establecidos por el Evangelio.

Pero lo que hay precisar es que el Evangelio no nació en los palacios. Jesús no edificó su mensaje desde el poder económico, militar o político. Lo hizo desde las orillas. Caminó con los pobres, los enfermos, los excluidos, los pecadores, las mujeres despreciadas por la sociedad de su tiempo, los trabajadores humildes y quienes habían sido colocados fuera de las estructuras de poder.

Por eso, quizás ha llegado el momento de recuperar una pregunta fundamental: ¿Y si ser verdaderamente cristiano en este siglo implica asumir una posición profundamente comprometida con la justicia social?

No porque Jesús haya sido un dirigente político moderno. No porque el Evangelio pueda reducirse a una ideología. Sino porque su mensaje coloca en el centro de la vida humana algo que resulta profundamente incómodo para cualquier proyecto basado en la desigualdad: la dignidad del ser humano.

Concurre una idea que ha sido reiterada durante décadas: que la religión debe mantenerse separada de la política. Pero existe un enorme contraste entre utilizar una iglesia como instrumento partidario y arrogarse que la fe tiene consecuencias sociales.

Cuando una persona ve hambre y decide actuar, está tomando un punto de vista. Cuando observa explotación laboral y protege al trabajador, está tomando una posición.

Cuando presencia racismo y discriminación y se rebela contra ellas, está tomando una posición. Cuando ve a un niño sin acceso a educación, a una familia sin vivienda o a un anciano desamparado y reflexiona que esa situación es moralmente insoportable, está tomando una posición.

Cuando se enfrenta a una sociedad donde unos pocos acumulan riquezas extraordinarias mientras millones necesitan de lo necesario para vivir dignamente, está tomando una posición. La pregunta, entonces, no es si el cristiano participa o no en la política.

La verdadera pregunta es: ¿De qué lado se coloca cuando la sociedad está dividida entre privilegio y exclusión?

Acá quiero hacer énfasis en una frase del Evangelio de Lucas que debería producir un terremoto político cada vez que es pronunciada: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres.”

No dice exclusivamente a los ricos. No dice a los poderosos. No dice a quienes controlan los mercados. Dice: a los pobres.

Y continúa hablando de libertad para los cautivos, recuperación de la vista para los ciegos y liberación para los oprimidos. Ese programa espiritual tiene esencialmente una dimensión social.

Por eso resulta difícil vislumbrar cómo alguien puede declararse hondamente cristiano y, al mismo tiempo, considerar que la pobreza es puramente un problema individual, que el desempleo es exclusivamente responsabilidad del trabajador, que la salud debe estar determinada exclusivamente por la capacidad de pago o que la desigualdad extrema es una consecuencia inevitable que debemos aceptar.

El cristianismo no puede convertirse en una religión de conformismo y resignación. El Evangelio no enseña a los pobres a conformarse con su pobreza. Enseña que toda persona posee una dignidad que ninguna estructura económica debería destruir.

Por tanto, vemos que uno de los grandes fenómenos políticos de nuestro tiempo es la utilización de símbolos cristianos por movimientos conservadores y de derecha. La cruz aparece en campañas electorales.

Dios aparece en discursos políticos. La defensa de la “familia” aparece asociada a proyectos económicos extremadamente desiguales. Se habla de valores cristianos mientras se promueven políticas que pueden debilitar derechos laborales, reducir la protección social o colocar el mercado por encima de las necesidades humanas.
Aquí existe una contradicción que los cristianos deberían discutir con absoluta honestidad. ¿Puede utilizarse el nombre de Cristo para defender una sociedad donde el dinero determina el valor de las personas? ¿Puede hablarse de amor al prójimo mientras se desprecia al migrante?

¿Puede hablarse de defensa de la vida mientras se acepta la muerte de niños por hambre? ¿Puede hablarse de moral cristiana mientras se normaliza la explotación? ¿Puede hablarse de familia mientras millones de familias trabajadoras no consiguen vivienda, alimentación o educación digna? ¿Puede hablarse de Dios mientras se construyen sociedades basadas en el miedo, el odio y la exclusión? Estas preguntas no son marxistas. Son preguntas cristianas.

Hay una parábola que contiene una formidable fuerza política: la del Buen Samaritano. Un hombre está herido al borde del camino. Otros pasan. Lo observan. Quizás sienten compasión. Pero continúan su camino.

Finalmente, alguien se detiene. Lo atiende. Lo carga. Lo lleva a un lugar seguro. Y se hace responsable de él. La parábola plantea una cuestión revolucionaria: el prójimo no es solamente quien pertenece a nuestro grupo.

El prójimo es también el extranjero. El diferente. El pobre. El excluido. El que está al borde del camino. En una América Latina atravesada por migraciones, xenofobia, racismo, desigualdad y discursos de odio, el Buen Samaritano vuelve a ser una figura extremadamente contemporánea.

Mientras algunos gobiernos construyen muros físicos y simbólicos, el Evangelio pregunta: ¿Quién está herido al borde del camino y qué estamos haciendo nosotros?

El cristianismo latinoamericano no puede ser entendido únicamente desde las instituciones. Está en las comunidades campesinas. En los barrios populares. En las comunidades indígenas. En las comunidades afrodescendientes. En los trabajadores. En las madres que sostienen sus hogares.

En quienes cruzan fronteras buscando sobrevivir. En quienes organizan comedores comunitarios. En quienes acompañan a los enfermos. En quienes defienden sus territorios. En quienes comparten el pan cuando no alcanza.

Ese cristianismo cotidiano posee una enorme dimensión política, aunque no siempre se defina como tal. Porque política también es decidir qué sociedad queremos construir.

América Latina ha entrando nuevamente en una época de polarización. La derecha avanza en distintos países. Los discursos de seguridad y mano dura ganan espacio. El individualismo vuelve a presentarse como solución.

Los pobres son responsabilizados por su pobreza. Los migrantes son convertidos en chivos expiatorios. Los movimientos sociales son presentados como enemigos.
Y en medio de todo esto aparece una pregunta fundamental: ¿Dónde está el cristiano?

Si está con el poderoso simplemente porque el poderoso habla de Dios, ha confundido el Evangelio con el poder. Si está con el pobre porque reconoce en él la dignidad de un ser humano, entonces ha comenzado a comprender el mensaje de Cristo.

Porque Jesús no dijo: “Bienaventurados los poderosos”. Dijo: “Bienaventurados los pobres”. No dijo: “Felices los que dominan”. Habló de quienes trabajan por la paz. No enseñó: “Acumulen”. Enseñó a compartir. No construyó una religión del privilegio. Construyó una comunidad alrededor de la solidaridad.

Quizás ésta sea la gran tarea de los cristianos latinoamericanos del siglo XXI: reconquistar la dimensión rebelde del Evangelio. No una rebeldía violenta. No una rebeldía contra las personas. Una rebeldía contra la injusticia.

Contra la pobreza evitable. Contra el racismo. Contra la explotación. Contra la corrupción. Contra la indiferencia. Contra la mentira. Contra la utilización de Dios para justificar privilegios. Contra la idea de que algunos seres humanos valen más que otros. Ese cristianismo puede encontrarse con la izquierda en un terreno fundamental: la construcción de una sociedad donde nadie sea descartado.

América Latina requiere recuperar una conciencia cristiana intensamente latinoamericana. Una fe que dialogue con los pueblos indígenas. Que reconozca la dignidad de los afrodescendientes.

Que defienda al campesino. Que acompañe al trabajador. Que respete al migrante. Que valore a las mujeres. Que proteja la naturaleza. Que defienda la soberanía de nuestros pueblos. Que promueva la paz. Que enfrente la pobreza. Que cuestione la concentración obscena de la riqueza.

Y que no tenga miedo de decirle al poder: esto no es justo. Porque quizá en estos tiempos de gobiernos de derecha, de individualismo creciente y de restauración de viejos privilegios, ser cristiano vuelva a convertirse en una posición incómoda. Y tal vez sea precisamente esa incomodidad la que necesitamos.

El cristianismo latinoamericano tiene ante sí una elección histórica. Puede convertirse en instrumento cultural de los poderosos. O puede recuperar su raíz popular.

Puede ser utilizado para justificar la desigualdad. O puede ponerse al servicio de quienes luchan por una vida digna. Puede encerrarse en los templos. O puede volver a caminar por las calles, los barrios, las comunidades y los campos.

Puede hablar simplemente de salvación individual. O puede recordar que ninguna salvación puede ser indiferente ante el sufrimiento del prójimo. Por eso, en esta América Latina convulsa, atravesada por gobiernos de derecha, crisis económicas, desigualdades y nuevas formas de exclusión, hay una pregunta que debemos volver a formular: ¿Qué significa seguir a Cristo cuando hacerlo exige ponerse del lado de quienes están al borde del camino?

La respuesta puede ser incómoda. Puede ser profundamente política. Puede incluso llevarnos a encontrarnos con muchos de los valores históricos de la izquierda.

Pero sobre todo puede devolvernos a la esencia de una palabra que ha sido demasiadas veces secuestrada por el poder: Evangelio.

Porque si ser cristiano significa amar al prójimo, defender al débil, compartir el pan, combatir la injusticia, recibir al extranjero, dignificar al trabajador, cuidar la creación y ponerse del lado de quienes sufren, entonces quizá hoy, en medio de esta nueva batalla por el futuro de América Latina, ser cristiano sea, antes que nada, una forma de rebelarse contra la indiferencia.

Y cuando la indiferencia se convierte en sistema, la solidaridad se convierte en resistencia. Cuando la desigualdad se convierte en norma, la justicia se convierte en rebeldía. Y cuando el poder pretende apropiarse de Dios, el pueblo tiene derecho a recuperar el Evangelio.

Sea el primero en opinar

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*