Por Farit L. Rojas Tudela *-.
Según Plutarco, Arquímedes, uno de los científicos más celebrados de la antigüedad, había escrito a Hierón el rey de Siracusa, una carta en la que le señalaba que con una fuerza dada podía mover cualquier peso. “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” se había jactado Arquímedes frente al gobernante, para interesarlo en sus trabajos. Era muy importante para Arquímedes que la ciencia sea de interés.
Hierón maravillado, solicitó a Arquímedes una demostración. Arquímedes hizo poner en tierra, con la colaboración de decenas de soldados que hicieron un esfuerzo increíble, una nave de transporte de tres mástiles perteneciente a la Marina Real, y Arquímedes la movió con el uso de la palanca. Hierón, estupefacto, comprendió la potencia, en sentido literal, de la ciencia y contrató a Arquímedes para que construyera máquinas para la defensa y el ataque de la ciudad, pues se temía una guerra con los romanos.
Arquímedes, entonces, se encontró embarcado, como señala Bruno Latour, en un “mini proyecto Manhattan” para la defensa de Siracusa, frente al ataque del general romano Marcelo. Plutarco señala que Marcelo dijo a sus soldados: “No cesaremos de guerrear contra ese geómetra que usa nuestras naves como cubiletes para sacar agua del mar, que ha eliminado de manera ignominiosa nuestra sambuca a latigazo limpio”. En efecto, todos los siracusanos, al mando de Arquímedes y con el uso de sus inventos, no eran sino el cuerpo de un organismo creado por Arquímedes.
Sin importar la resolución real de la historia (pues los siracusanos perdieron), Arquímedes venció a los romanos. Pero, sucede algo muy curioso, anota Latour, pues Plutarco no reconoce la política de la ciencia y cambia la historia.
Plutarco señala “Arquímedes tenía un espíritu tan elevado y tan profundo, que tenía por innoble oficio manual toda ocupación en la mecánica y todo arte aplicado a las necesidades de la vida”, ¿qué sucedió para que Plutarco señale que Arquímedes no tuvo interés en la guerra y sólo en la ciencia?
Veamos: Acto I: Arquímedes va a ver a Hierón para hacerlo “participe”, es decir para interesarlo; Acto II: Hierón propone a Arquímedes el desafío de probar la utilidad práctica de sus ideas, es decir para ver lo que la ciencia puede hacer para la política; Acto III: Arquímedes logra con éxito mover un barco y un poco más tarde defender exitosamente a Siracusa; Acto IV: Arquímedes no tiene nada que ver con ninguna consideración práctica de ninguna índole, sólo le interesa la ciencia pura, como si se tratase de un alma pura a la cual no es bueno hablarle de la política mundana de la guerra.
Lo que sucede, nos dice Latour, es que la ciencia, cuando la misma purifica sus hallazgos, no quiere reconocer su deuda política, es decir no quiere reconocer que detrás de un gran científico puede asomarse una gran guerra, un gran tirano, una gran catástrofe, todo ello distante de las preocupaciones científicas. Latour, entonces llama a re pensar una política de la ciencia, es decir, llama a re calibrar las relaciones de la ciencia con la política, mostrando que la modernidad (esta maquinaria de purificación de hallazgos empíricos en busca de la santidad de la moderación) no es más que la acción de ocultamiento de la política, fría y descarnada.
¿Podríamos decir algo parecido de la ciencia política y la praxis política cotidiana? ¿No será que, aquello que llamamos “Democracia” sea algo que costó sangre y lodo, y que cuando la teorizamos (la purificamos), se vuelve una colección fofa de principios y consignas color rosa?
* Abogado constitucionalista, MSc en Investigación Social y PhD en Ciencias bajo la mención “Justicia”.

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