agosto 17, 2026

El dique: carta a nadie

por: Lorna Dee Cervantes

Hoy vi llorar a una mujer cerca del agua.

Se parecía a mi madre: pantalón

elástico rojo, blusa azul casual,

el pelo en un chongo de edad madura.

Se enjugó la cara, su único acto

con las viejas lágrimas, lenta como los restos de pipí.

Estuvo ahí mucho, mucho tiempo,

sentada en el dique, balanceando las piernas

como una niña sobre una alcantarilla del drenaje.

Palmeó sus mejillas húmedas.

Me pregunto qué miraba:

¿Garzas azules colapsándose y desdoblándose

en los tules; labios a la mitad chapoteando

en un río de espuma; el papel de una cola de garza?

¿Advierte la belleza? ¿Advierte

la ausencia de golondrinas, el cuchillo

de sus gargantas llamando al

crepúsculo?

¿Advierte la negación temporal

del pez, el revoloteo de las cadenas de plata

que lanza una golondrina de mar, la caída

de su clavado? Es gracioso: usamos el sonido

slice para imitar el movimiento

del hambre a través del viento o de las olas.

Una rebanada de nada como la nada

está acaso apartada en el reino

de este elemento. Solo la simetría alberga pérdida,

solo la fusión de la diferencia

se podría torcer, divorciar

o distanciar de su origen.

Después caminé de regreso por ambos lados

del dique. El río es un buen lugar

para el cieno y la sal, para este depósito de agua,

de banco, de pipí

y para jalar la cadena a la belleza.


* Tomado de la revista Casa No. 252.

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