por: Lorna Dee Cervantes
Hoy vi llorar a una mujer cerca del agua.
Se parecía a mi madre: pantalón
elástico rojo, blusa azul casual,
el pelo en un chongo de edad madura.
Se enjugó la cara, su único acto
con las viejas lágrimas, lenta como los restos de pipí.
Estuvo ahí mucho, mucho tiempo,
sentada en el dique, balanceando las piernas
como una niña sobre una alcantarilla del drenaje.
Palmeó sus mejillas húmedas.
Me pregunto qué miraba:
¿Garzas azules colapsándose y desdoblándose
en los tules; labios a la mitad chapoteando
en un río de espuma; el papel de una cola de garza?
¿Advierte la belleza? ¿Advierte
la ausencia de golondrinas, el cuchillo
de sus gargantas llamando al
crepúsculo?
¿Advierte la negación temporal
del pez, el revoloteo de las cadenas de plata
que lanza una golondrina de mar, la caída
de su clavado? Es gracioso: usamos el sonido
slice para imitar el movimiento
del hambre a través del viento o de las olas.
Una rebanada de nada como la nada
está acaso apartada en el reino
de este elemento. Solo la simetría alberga pérdida,
solo la fusión de la diferencia
se podría torcer, divorciar
o distanciar de su origen.
Después caminé de regreso por ambos lados
del dique. El río es un buen lugar
para el cieno y la sal, para este depósito de agua,
de banco, de pipí
y para jalar la cadena a la belleza.
* Tomado de la revista Casa No. 252.

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