En rampante contradicción y a contrapelo de todo lo dicho en su campaña presidencial, Donald Trump, lanzó la semana pasada un violento ataque contra Siria con nada menos que 59 misiles, argumentando la protección de los intereses vitales de la seguridad nacional de Estados Unidos y defender civiles inocentes muertos en un bombardeo químico ocurrido dos días atrás cuya autoría se desconoce. Unos sospechan que fue Bashar al-Ásad, otros que fueron los Jihadistas. El Consejo de Seguridad pidió una investigación para establecer responsabilidades, pero Estados Unidos cayó en la unilateral y apresurada conclusión de que fue el presidente al-Ásad quien lo hizo, antes de que ese Consejo realizara cualquier investigación.
El modus operandi del bombardeo de EE.UU. nos recuerda a lo ocurrido el 2003 en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas cuando el entonces Secretario de Estado de los EE.UU., Colin Powell, presentando pruebas -que hoy sabemos eran falsas-, sobre un supuesto arsenal de armas de destrucción masiva, consiguió el respaldo “del mundo civilizado” para que la OTAN atacará Irak, es también el mismo modus operandi que vimos desplegar después de la caída de las torres gemelas, el 11 de septiembre del 2001, que fue utilizada como excusa para atacar Afganistán. Ambas eran operaciones de falsa bandera, que consisten en provocar conflictos o dejar que estos ocurran para crear excusas y justificar invasiones en otros territorios. Hoy parece que estamos nuevamente ante un caso similar.
La pregunta clave es ¿qué interés tendría al-Ásad en lanzar un ataque de armas químicas en su propio territorio, cuando ya estaba derrotando a los rebeldes, retomando el control de su territorio y ganado la guerra, sabiendo que esto podría poner a la opinión publica su contra? Pienso que ninguna, a menos que al-Ásad esté loco, que no es el caso.
Por el contrario, existen millonarios intereses de Estados Unidos y sus aliados para deponer el gobierno de Damasco. Uno es evitar la expansión de la influencia de Rusia y China en el Medio Oriente. Otra es que EE.UU. es el mayor productor de armas en el mundo y posee un armamento militar de 7 billones de dólares, que supera al de China, Rusia y la Unión Europea juntas, por tanto su dinámica de crecimiento necesita de guerras para sostenerse y por eso es tan sensible a las presiones del complejo militar industrial que parce manejar la política exterior de ese país. Tercero, Siria es un territorio estratégico situado a orillas del Mediterráneo en el que compiten varios gasoductos, el de Qatar, el de Estados Unidos y el de Teherán, por ello se le ha llamado la guerra de los gasoductos en la que se juegan grandes intereses económicos y geopolíticos.
El bombardeo Norteamericano debería despertar la más profunda preocupación en todos los países del mundo, primero porque sienta un nefasto precedente, EE.UU. está actuando al margen del multilateralismo, del derecho internacional, de Naciones Unidas, sus órganos y su carta fundamental y deja a capricho de una sola persona el destino de la humanidad. Este hecho lleva al orden internacional a una situación previa a la segunda guerra mundial, cuando la guerra y la fuerza bruta eran los principales instrumentos del ordenamiento mundial.
Con este ataque, EE.UU. está convirtiendo a Siria en el terreno de una posible confrontación global, ahí convergen múltiples intereses, es el área de influencia de Rusia e Irán; la Unión Europea está también interesada en Siria como territorio de paso de un gaseoducto alternativo que lleve gas de Qatar hacia Europa sin depender de Rusia e interesa también otros países árabes aliados de EE.UU. como Qatar, Arabia Saudita, Kuwait, Bahréin, Jordania e Israel que buscan explotar otras fuentes de gas. Por tanto, de escalar este conflicto, podría conducir hacia una guerra ampliada de consecuencias imprevisibles.
Washington, en nombre de la democracia y la lucha antiterrorista ha destruido países enteros o en parte: Iraq, Libia, Somalia, Afganistán, Yemen, partes de Pakistán y Siria. Millones de pueblos musulmanes han sido asesinados, mutilados y dislocados con el pleno apoyo de la “civilización occidental”. Si alguien cree que Siria está lejos, que no se engañe, el imperialismo actúa de forma cada vez más sangrienta y ahora está poniendo el ojo en América Latina. Cuidado con este precedente.

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