Entre todos los acontecimientos de esta semana, ninguno es más relevante para Latinoamérica que el rechazo de la Corte Suprema de Brasil al Habeas Corpus que la defensa del ex presidente Lula Da Silva presentó, como último recurso para evitar que fuera encarcelado.
Es imposible medir, por el momento, la magnitud de éste suceso y sus repercusiones. Se trata del presidente más popular al momento de dejar su cargo que haya tenido la historia latinoamericana y el primero en las encuestas de opinión que apuntaban a las cada vez más cercanas elecciones generales de aquel país, programadas para octubre de éste año.
Por el tamaño de su territorio, su población y su economía, Brasil es una potencia regional cuya influencia sobre nuestro continente no puede ser ignorada: Comparte fronteras con 9 de los 11 países latinoamericanos restantes, primer destino de nuestras exportaciones gasíferas como país, primer PIB de toda la región (con más de 2 billones y medio de dólares), principal inversor en proyectos de infraestructura (que se extienden desde Ecuador hasta Argentina, pasando por Bolivia, Perú y Colombia), impulsor de dos proyectos integracionistas de largo alcance político y económico (UNASUR y MERCOSUR) y dueño del más del 80% de la Amazonía.
Desde que Lula asumió la presidencia de este coloso en 2003, Brasil apuntó a contrarrestar la hegemonía estadounidense al sur del río Bravo para reemplazarla por un bloque regional bajo su liderazgo. Su diplomacia proyectó a éste país como un actor global relevante en espacios de suma importancia para las relaciones internacionales como el Concejo de Seguridad de la ONU y también su Asamblea General.
Y no sólo eso. Para finales de la primera década de éste siglo Brasil pasó de ser un país con índices negativos de desarrollo y una industria en proceso de desarme a una de las cinco economías emergentes más grades del planeta, formando parte del bloque conocido como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), con más de 28 millones de brasileños saliendo de la pobreza y la pobreza extrema a través de programas redistributivos como Bolsa de Familia y otras políticas destinadas a fortalecer la formación de recursos humanos mediante la educación secundaria y universitaria.
Es claro que la llegada de Lula al poder significó una mala noticia para los poderosos y una muy buena para los más humildes, no sólo de Brasil sino de toda la región. La ola progresista que trajo consigo la década dorada del crecimiento económico para Latinoamérica hubiera sido imposible sin él.
Los magnates brasileños, las grandes corporaciones multinacionales y el gobierno de los EE.UU. tenían mucho que perder si Brasil continuaba su rumbo para consolidarse como potencia de alcance mundial. Por ello, su condena y la permanencia de Temer en el Palácio do Planalto es una mala noticia no sólo para el pueblo brasilero, sino también para Bolivia y para todos los humildes del mundo.

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