La agresión perpetrada por Estados Unidos, Reino Unido y Francia contra Siria constituye una flagrante violación a la soberanía nacional de ese país del Medio Oriente. Representa asimismo una burda violación del derecho internacional vigente. Ha sido, en el sentido más preciso de la palabra, un acto de terrorismo de Estado.
Estos tres países han pretendido asumir el rol de policías planetarios, que deciden y disponen a su antojo, según sus intereses particulares, aunque ello conduzca a la agresión y la violencia contra un país independiente. De nada ha valido que el Consejo de Seguridad de la ONU no haya podido llegar a ninguna decisión que autorice acción militar alguna, o que la Organización Para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) esté justo en este momento en medio de una investigación sobre el reciente incidente en el fueron utilizadas armas químicas cerca de Damasco. La OPAQ, que es la institución que está viendo el caso sobre el terreno, no ha adjudicado responsabilidades. Pero ya Washington, Londres y París declararon culpable al gobierno de Assad. Y en represalia, le lanzaron una lluvia de cohetes altamente destructivos, como si tuvieran licencia para disponer de los países del mundo.
Esta es la misma actitud que asumió la administración Bush contra Irak hace varios años. Entonces, el gobierno de Estados Unidos le mintió al mundo alegando que el gobierno de Sadam Hussein poseía armamento de destrucción masiva y que constituía una amenaza para la humanidad. Cuando Bush intentó obtener el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU para legitimar la agresión que tenía entre manos, recibió el rechazo decisivo de Rusia y -paradójicamente- de Francia. Como recordamos, la respuesta de Washington fue una acción típica de delincuente internacional: bombardearon Bagdad, asesinaron a Hussein, se apoderaron del país y su riqueza petrolera, y sembraron la región de zozobra e incertidumbre hasta nuestros días.
No es casualidad que esta agresión coincida con las importantes victorias militares alcanzadas por el gobierno de Assad contra los terroristas y mercenarios financiados, armados y organizados desde hace años precisamente por esos tres países agresores. ¿A cuenta de qué hay miles de soldados estadounidenses en territorio sirio? ¿Cuántas armas y dinero le ha entregado por años Londres y París a los fundamentalistas a su servicio en Siria? ¿Acaso lo que persiguen no es el colapso del gobierno sirio para beneficio de su aliado sionista de Israel, encabezado por el corrupto Netanyahu?
En toda esta situación el rol desempeñado por Rusia ha sido fundamental. Claro que el gobierno de Putin tiene intereses geopolíticos en la región. Pero hay una diferencia fundamental. El apoyo militar ruso, así como el apoyo militar iraní, es fruto de una petición soberana del gobierno de Siria, no una intervención desalmada, como la desatada por Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Turquía, Israel y otros países de la región.
En todo caso, reconociendo la complejidad política de esa región y los pueblos que la habitan, para dar fin al espanto que ha sufrido el pueblo de Siria durante la pasada década, resulta indispensable que se respeten su soberanía, sus fronteras, sus autoridades gubernamentales y el derecho a disponer libremente de su destino.
La política de guapo de barrio solo conduce a más violencia. Luego, no se sorprendan los residentes de Nueva York, Londres o París cuando la violencia terrorista toque sus puertas y estremezca su tranquilidad, trayendo muerte y dolor a personas inocentes. Es la consecuencia espantosa de la política de “ojo por ojo”. A cohetazo limpio nada se va a resolver.
Si de veras creemos en la paz, el terrorismo de Estado debe ser condenado firmemente.
* Catedrático / Universidad de Puerto Rico, Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico.

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