
Por Julio C. Gambina *-.
La suba de la inflación mundial está motivando políticas económicas nacionales de restricción monetaria por el mecanismo clásico de la suba de las tasas de interés. La Reserva Federal de los Estados Unidos viene cumpliendo sus anuncios de aumentos programados para este año y se espera en estos días una duplicación de las alzas ejecutadas en 2022.
El impacto inmediato resulta recesivo y afecta la recuperación del empleo, del consumo y a la inversión, deteriorando los ingresos populares, salarios, jubilaciones y planes sociales. Incrementar el costo del dinero afecta a países, empresas y a familias empobrecidas fuertemente endeudadas.
Lo que se verifica es una alta concentración de ingresos de los grandes propietarios de medios de producción, induciendo una mayor desigualdad de ingresos y en la riqueza apropiada. Es una información verificable en el sitio del Credit Suisse y su informe global sobre la riqueza [1]. También resulta ilustrativa la información detallada de Oxfam sobre la desigualdad acrecida [2]. En rigor, los organismos internacionales informan detalladamente el impacto regresivo sobre vastos sectores empobrecidos de la sociedad mundial.
Tiene lógica, la ganancia en tanto objetivo del régimen del capital resulta la única privilegiada en momentos de crisis. No hay espacio para relativas mejoras de ingresos salariales. En este sentido puede explicarse la inflación, ya que mediante aumento de precios puede apropiarse el excedente económico bajo el formato de la ganancia.
Mucho se esperó el fin de la pandemia para pensar en una dinámica de recuperación de la economía y que más allá de la ganancia fueran los ingresos populares los que permitieran reactivar el consumo y la inversión, la llamada “vuelta a la normalidad” demandada desde enfoques keynesianos.
La realidad es un proceso de crisis continua que aleja la salida del túnel y, como señalamos, privilegia la recomposición de ingresos del capital perdidos en tiempos recesivos.
En efecto, la pandemia continúa, sin fecha cierta de finalización, agravada por la guerra en Ucrania y el aumento del gasto militar a nivel récord en el ámbito mundial. Las consecuencias sobre el conjunto de la sociedad, especialmente los más empobrecidos, son alarmantes.
Quienes imaginaron que el año 2021 suponía el cambio de la tendencia recesiva de 2020 se equivocaron. Solo aconteció un rebote, ya que las novedades asociadas a la continuidad de la pandemia y la guerra impusieron nuevos límites a la expansión cuantitativa de la producción y circulación de mercancías, servicios y capitales.
Los datos apuntan a la incesante desaceleración en un horizonte de recesión en las principales economías del sistema mundial. Los datos de los organismos internacionales así lo refrendan. La reunión de primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) confirmaron una perspectiva a la reducción de las tendencias de evolución de la economía global [3].
En rigor, el régimen del capital no ofrece salidas a las demandas mayoritarias de la población mundial. Sin embargo, en el diagnóstico hegemónico se insiste en asumir las perspectivas de “reformas estructurales” concentradas en reaccionarias reformas laborales y previsionales. No aparecen ni pueden aparecer rumbos alternativos.
Tiene su lógica, ya que la institucionalidad en el ámbito nacional de la mayoría de los países, y en los organismos internacionales, prevalece una cosmovisión subordinada a la demanda de las corporaciones transnacionales, forma de dominio del régimen del capital.
Las reformas reaccionarias solo contemplan la demanda de recuperar condiciones de posibilidad para recomponer la tasa de ganancia, postergando cualquier orientación a resolver las demandas sociales múltiples, aun con amenazas de hambrunas y agravamiento de la situación ambiental por la política energética asociada a las sanciones a Rusia.
Parece una orientación suicida, aunque se reitera una dinámica que evidencia el objetivo de la producción y reproducción del orden económico sustentado en las ganancias, la acumulación y la dominación.
En ese marco se disputa la reorganización de la hegemonía capitalista, en donde el principal afectado parece el territorio europeo.
Al mismo tiempo, la elevación de las tasas de interés agrava el problema de los países altamente endeudados y subordinados a la lógica de la dominación del sistema mundial.
Recordemos que, en rigor, los más endeudados son los países capitalistas desarrollados, pero con capacidad de atender sus deudas, en buena medida asumidas en sus propias monedas. No es el caso de la mayoría de los países dependientes, endeudados en divisas que no producen y que, por lo tanto, están obligados a obtenerlas con elevado costo en el mercado global.
El capitalismo despliega, en las condiciones descriptas, una fortísima ofensiva contra trabajadoras y trabajadores, contra los pueblos del mundo, agudizando el saqueo sobre los bienes comunes y manipulando las conciencias sociales globales para no obstaculizar el gasto improductivo en la guerra.
Hay un doble movimiento de salto hacia adelante en la búsqueda de respuesta a la dinamización del orden vigente, al tiempo que destruye vidas y a la naturaleza misma. Como siempre sostenemos, resta visibilizar cuantiosas protestas y descontentos que puedan articularse en una propuesta alternativa que anime un horizonte posible de satisfacción de necesidades sociales sin acudir a la explotación y al saqueo.
- Economista.
1 Credit Suisse, en: file:/global-wealth-report-2021-en%20(13).pdf
2 Oxfam, en: https://oi-files-d8-prod.s3.eu-west-2.amazonaws.com/s3fs-public/2022-05/Oxfam%20Media%20Brief%20-%20SP%20-%20Profiting%20From%20Pain%2C%20Davos%202022%20Part%202.pdf
3 FMI. “La guerra retrasa la recuperación mundial”, en: https://www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2022/04/9/world-economic-outlook-april-2022

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