octubre 17, 2026

Todos Santos en las minas de Siglo XX

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


A inicios del siglo XX existían tres importantes empresas mineras en el norte de Potosí. La primera, del Cnl. Pastor Sainz, contaba con 472 empleados y obreros que trabajan ricos filones en el asiento mineral de Llallagua. Le seguía la Empresa Minera Uncía, de John B. Minchin, con una planilla de 216. En tercer lugar, La Salvadora, de Simón I. Patiño, con 216. En 1908 se crea una nueva provincia, Rafael Bustillos, sobre la base de cuatro cantones: la Villa de Chayanta, Amayapampa, Uncía y Llallagua. La Compañía Estañífera Llallagua adquirió las propiedades del Cnl. Pastor Sainz, impulsando inversiones en el yacimiento denominado Siglo XX y en el ingenio Victoria de Catavi.

Los campamentos mineros en los distritos mineros de Siglo XX, Catavi y Cancañiri, así como las poblaciones civiles de Uncía, Llallagua y Andavillque, empezaron a crecer en los albores del siglo XX, con el auge del estaño, que impulsó un inusitado crecimiento demográfico de la provincia minera. Paradójicamente fue también la causa de mortandad, con una expectativa de vida que frisaba los 40 años. Los accidentes en interior mina, la enfermedad profesional de la tuberculosis y, por supuesto, las masacres mineras, eran las causas de la letalidad. A esas se sumaban las epidemias que azotaban a la población infantil, que sucumbía antes de cumplir el año de existencia. Así como crecieron las poblaciones mineras, se expandieron de forma notable sus cementerios.

Esa realidad dio lugar al desarrollo de una cultura fúnebre y funeraria muy arraigada en las minas, en una especie de sincretismo de lo ancestral prehispánico y las corrientes occidentales que llegaron con el capitalismo temprano. Cuando la muerte golpeaba la casa de los mineros se expresaba el culto a los muertos en una sucesión de hechos que empezaba con el lavado y amortajado del cuerpo del difunto, instalando la capilla ardiente en el domicilio, el velatorio, y al día siguiente la misa de cuerpo presente y romería al cementerio, con dolorosas escenas que se acentuaban en el entierro. El cortejo fúnebre acudía al domicilio de los deudos para acompañar en el dolor. A los tres días se celebraba el lavatorio, con el concurso de los allegados y familiares; a los ocho la primera misa de difuntos, luego la del mes y la de los tres meses.

La festividad más esperada era la fiesta de Todos Santos y de los Difuntos (1 y 2 de noviembre). Las familias preparaban la llegada de sus difuntos con antelación. La elaboración de la chicha contaba con el apoyo de la comunidad minera y el concurso de los niños del campamento para el muq’eo, para lograr la fermentación. Los niños y niñas llevaban bollos de maíz a la boca y los impregnaban con sus bacterias, en una labor agotadora. Recibían a cambio el primer subproducto de la chicha, una borra dulzona (k’eta), un manjar. La chicha era cocinada durante tres días. Antes de Todos Santos las familias acudían en masa a los hornos de la ciudad de Lllallagua, para preparar las masas, para lo que disponían de dos a tres quintales de harina, destinada a la elaboración de bizcochuelo, maicillos, ofrendas (diversidad de t’anta wawas, representaciones humanas); figuras zoomorfas (aves, serpientes, llama, acémila con sus cargas alimenticias a la espalda); las figuras alegóricas (sol, luna, escaleras), destinadas a la “tumba” o altar que se preparaba con detalle y cuidado para recibir a las almas de sus difuntos.

Los niños acompañaban a sus madres a los hornos para elaborar las masas, en un trabajo agotador hasta terminar con la harina. “Batir bizcochuelo” era agobiante por el procedimiento empleado, rigurosamente coordinado con la disposición del horno. Los hornos se calentaban a leña (con t’ola), y cuando estaban en su punto primero se horneaba el pan y luego debía entrar el bizcochuelo. Eran momentos de tensión en la que dos “batidores” movían una paleta de madera tres aspas, para batir 30 huevos, a velocidad media, que se incrementaba cuando se vertía la harina, el royal, azúcar y alcohol o singani “tapado”, hasta concluir en breves minutos una batida perfecta. La paleta estaba incorporada a un caballete de madera, con el eje insertado en una estructura central que era sostenida por una banca de dos asientos. Para equilibrar el peso requerido, se convocaba a dos niños que se sentaban a los dos lados de la banca.

Esa labor se repetía hasta concluir las batidas de bizcochuelo. Una batida generalmente proporcionaba 18 bizcochuelos. Los niños trabajaban sin cesar en la preparación de las cajas de bizcochuelo, hechas en papel sábana, sujetados en los bordes con paja que se obtenía de las pichanas (escobas de paja).

Una vez elaboradas las ofrendas y bizcochuelos se armaba la “tumba” en varios niveles, en los que se colocaban las t’anta wawas que representaban a los difuntos, en la parte superior central de la “tumba”. A sus costados se disponían el sol y la luna (para alumbrar la vía al difunto en su largo y definitivo viaje); en el nivel inferior se disponían las llamas y caballos con su preciada carga, para que nada le falte al difunto en el viaje. Para subir de un nivel a otro se instalaban las escaleras. En la “mesa” se disponían las ofrendas y dulces elaborados en azúcar (suspiros y dulces artesanales bicolores), fruta, los platos de preferencia del difunto, con una gallina en la parte central, bebidas (agua, vino, singani, cerveza), para saciar el hambre y la sed del difunto. La “tumba” estaba adornada con cadenas dispuestas de manera armoniosa, flanqueada con largas cañas de azúcar que eran la estructura del toldillo que dominaba la tumba.

Solo restaba esperar a los reciris, a partir de las 12:00 hrs. del 1 (Todos Santos), a los que se recibía con cariño y respeto, escuchando los Padre Nuestros y Ave María “gloriados” para el alma. Los deudos tenían a la mano la lista (a veces interminable) de difuntos más antiguos, que enunciaban cuando el jefe de los reciris preguntaba quejoso “para el alma de (…) “. Los reciris eran atendido con el “plateo” (platillo lleno de ofrendas, con un vasito de vino dulce al centro), chicha y cerveza. Los niños formaban grupos de seis a 10 al mando de un “corador”. Estos pequeños reciris, a diferencia de los adultos, entonaban villancicos acondicionados a la fiesta de los difuntos, con una serie de alegorías cómicas. Al término de su rezo los niños recibían una porción de ofrenda y eran conminados a salir del salón. Los reciris frecuentaban las tumbas hasta avanzadas horas de la noche.

Al día siguiente (día de los difuntos) las tumbas abrían a las 12:00 del día, exclusivamente para recibir a un grupo selecto y sumamente experto en su trabajo, para el “destumbe” del altar, a los que se servía un plato de ají de trigo o “fideos uchu”, para darles fortaleza, pues para retirar cada elemento de la tumba se debía ofrecer una tanda completa de oraciones “gloriadas”, proceso que demoraba entre dos y tres horas.

Con ofrendas reservadas para este día los deudos se dirigen al cementerio para instalar los mast’akus e invitar a reciris a orar por las almas de sus difuntos. Es la ceremonia de la despedida, la “cacharpaya”.

Muchos deudos hacen coincidir con la fiesta de los difuntos la misa de cabo de año. Entonces se realiza la ceremonia de despedir al difunto y quitar el luto a los deudos. Estos inician el ritual con luto de rigor y terminan estrenando ropas de color. Es el aviso para que el viudo o la viuda pueda “rehacer” su vida sentimental, con el permiso tácito del difunto. Ciudad Satélite es un bastión de la tradicionalidad. Allí continúa esta celebración.


  • Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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