
Por Luis Oporto Ordóñez *-.
Florecieron en la época colonial los colegios a los que acudían tanto los españoles como indígenas escogidos, los que recibían lecciones de latín, religión, música, pintura, escultura y oficios. Estos centros de enseñanza, como el Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco establecido en México (1536) y San Francisco en Perú (1523), estaban dirigidos a los hijos de los caciques. Más tarde se extendieron a las Misiones Jesuitas del Paraguay y el nordeste de la Argentina, “donde establecieron una especie de sociedad colectivista, dando a los indios guaraníes reglas de vida, de trabajo, de arte y de juego”.
En La Paz se suscitó un hecho significativo promovido por el corregidor Francisco Antonio Guerrero Moreno, quien en 1729 dispuso el establecimiento de una escuela de instrucción “que la puso bajo la dirección de Lorenzo Gutiérrez, a quien el vulgo apellidaba el escolero”. Es significativo el hecho, pues se trataría de la primera escuela laica. Por otra parte, Cayetano Llano, natural de Caracato, “tenía su escuela en 1758, en esta ciudad, en que daba lecciones a los niños pobres”, como refiere el padre Aranzáez.
La necesidad de impartir el conocimiento fue una motivación temprana en la conquista española; inmediatamente después de la invasión y consolidada ya la era colonial se procedió a fundar las universidades en distintas regiones de América. En Santo Domingo (1538), México (1551 o 1555), Lima (1571), San Francisco de Quito (1586), Córdoba (1614) y Guamanga (1617). La séptima se produjo el 27 de marzo de 1624, a cargo del P. Provincial de la Compañía de Jesús, Juan Frías y Herrán, quien fundó la Universidad de San Francisco Xavier, siendo junto a las de México y Lima, “las que se fundó con todas las prerrogativas de dar títulos”, como señala Paz. Florecieron luego las de San Carlos Borromeo en Guatemala (1676), Santa Rosa en Caracas (1725) y la de San Jerónimo en La Habana (1728).
Las universidades fomentaron la lectura aunque no tuvieron eco en la edición de obras, pues las facultades carecían de textos de estudio designados de antemano y los cursantes se veían obligados a invertir su tiempo en escribir diariamente en las aulas las lecciones de sus maestros.
Los conventos instalaron bibliotecas en su interior, desde muy temprano en la Colonia. Fray Rodrigo Estrada, natural de Málaga, España, construyó el convento de Santo Domingo de La Paz (1609), en “cal y piedra, labrada de tres naves, según planos del arquitecto Francisco Jiménez, natural de Sigüensa”. En 1831 se trasladó a él la catedral, para cuyo fin fue mejorado por el arquitecto Sanauja y posteriormente por Leonardo Lanza. El claustro principal se hallaba constituido a lado de la iglesia, cuadrado con arquerías de piedra, de un solo piso, con celdas nada confortables, su regular refectorio, biblioteca y demás oficinas.
Las bibliotecas jesuíticas de Charcas fueron impresionantes. Una de las más importantes instalada fue la de la Compañía de Jesús de Potosí, de la que se llegó a conocer su catálogo cuando fue inventariado en 1770, como consecuencia de la expulsión de la orden que se concretó en 1767. Según aquel inventario, contenía cuatro mil 603 volúmenes, en no menos de mil 246 títulos.

De esa manera se formó la Biblioteca de los Jesuitas, la segunda de importancia del Perú, siendo la primera la de Lima. Estaba conformada además por una valiosísima colección de manuscritos, la que lamentablemente junto a su archivo fue remitida a Lima por el presidente de la Audiencia, Martínez de Tineo, cuando se produjo la expulsión de la Compañía de Jesús. Posteriormente saldos de esta biblioteca pasaron a poder de la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca.
La Junta de Temporalidades se hizo cargo de los bienes de la orden de los jesuitas en Cochabamba, “por auto de 8 de noviembre de 1777 se entregó al cura Dr. Dn. Faustino Mendoza con la calidad de tenerla a disposición de esta Junta y de devolverlas siempre y cuando se le ordene”.
La experiencia fue muy distinta en las tierras bajas. En el Oriente los jesuitas desarrollaron las bases de un imperio comercial. Tres aspectos caracterizan a las 25 estancias que conformaban las diez misiones del oriente de Charcas: la riqueza animal, la riqueza musical y la riqueza cultural, entre ellos 74 volúmenes, una verdadera librería, como se puede apreciar en el sorprendente “Inventario de los bienes hallados a la expulsión de los jesuitas de sus temporalidades por Decreto de Carlos III”.
Pero no es lo único que leyeron los padres de la Iglesia en la época de oro de las misiones jesuíticas, dispersas en el vasto territorio oriental de Charcas. Se sabe que los procuradores, entre ellos el padre Francisco Burgés, dotaron de libros espirituales y morales a las Misiones de Chiquitos.
Hasta 1766 los jesuitas habían formado impresionantes archivos y bibliotecas en las misiones de conversión de indígenas. Si bien parte de esa documentación desapareció, otra subsistió a la administración civil de Mojos (1768-1820). En 1796 el visitador Melchor Rodríguez ordenó el traslado masivo de las antiguas bibliotecas, que incluían los libros parroquiales, los que fueron a parar en Santa Cruz de la Sierra.
José Matraya y Ricci pasó a Tarija en 1804, donde fue bibliotecario y consejero teológico del arzobispo Benito Moxó y Francolí. Editó El Legítimo rubriquista, escrito político y religioso conservador. Retornó al convento San Francisco de Lucca en 1829, donde falleció.
En las postrimerías de la Colonia los franciscanos asumieron el desafío de penetrar en la montaña de los yuracarés, fundando las reducciones de San Carlos, San Francisco de Asís del Mamoré y San Juan Bautista del Coni. Cuando fray Tomás del Santísimo Sacramento y Anaya salió del Mamoré “realizó los inventarios respectivos de todo lo que había donado Velazco, además de libros y otros enseres y herramientas de la misión”. Este dato revelador muestra la importancia que los franciscanos otorgaron a la biblioteca para la formación de misioneros, considerado como un método para reforzar la misión de conversión de infieles y la evangelización.
Los franciscanos fueron formando una sólida biblioteca en el Colegio Misionero de Tarata, que alcanzó a 998 volúmenes, según el índice de la librería elaborado por el Visitador fray Manuel Concha. Los franciscanos se caracterizaron por otorgarle importancia a la formación de los misioneros, quienes debían versar “en el idioma quechua para las misiones de los valles cochabambinos, como en el idioma yuracaré para las reducciones del Chapare; fruto de este esfuerzo lingüístico es el diccionario yuracaré elaborado por el padre Francisco Lacueva”. A la formación teológica de los misioneros se suma otra formación permanente a través de la biblioteca, pues esta fue a la vez fuente de formación para los nuevos misioneros.
- Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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