septiembre 11, 2026

La sorprendente y temeraria labor de los escribanos en la guerra de la Independencia

Fotos de izquierda a derecha: Pedro Domingo Murillo, José Manuel de Goyeneche, Juan José Castelli

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


En la época de Independencia destacaron los escribanos y notarios, primigenios archivistas de las ciudades coloniales por excelencia. El caso de Juan Manuel Cáceres es paradigmático, educado por los jesuitas pasó su juventud en Caquiaviri, Pacajes. En 1781 combatió la sublevación de Tupaj Katari y en mérito a ese hecho fue designado teniente capitán de la Compañía de Dragones de su provincia. Se le otorgó el cargo de escribano real desde 1792, en Caquiaviri.

En 1809 abrazó la causa patriota y fue designado escribano de la Junta Tuitiva con la obligación de llevar su archivo, junto al fedatario José Genaro Chávez de Peñaloza. Temerario luchador, tomó la torre de la Catedral para convocar al pueblo. Controló con destreza el flujo de correspondencia gracias a indios guías y chasquis de Achocalla, quienes le informaron que el obispo Remigio La Santa y Ortega y el gobernador Dávila conspiraban “a favor de Carlota del Brasil” y “habían entablado correspondencia entre sí por (correos) extraordinarios, que entraban a esta ciudad de deshoras de la noche sin tocar corneta, encargados de que no parasen ni una hora a fin de que no hablasen con nadie”.

Su accionar fue admirable, pues el 29 de julio, con la aprobación de Pedro Domingo Murillo, organizó la Compañía de Milicia de Escribanos del que fue capitán, apoyado por el teniente Juan Crisóstomo Vargas, el subteniente (escribano de Número), Cayetano Vega y el cura Agustino José Indalecio Salazar, quien fue capellán, secretario y director político de la guerrilla de Cáceres (1812).

La Junta Revolucionaria le ordenó “organizar y levantar a los indios de San Pedro, Santa Bárbara y San Sebastián”. Gracias a su influjo y ascendencia entre las comunidades originarias, con el apoyo de Eusebio Condorena logró reunir y adoctrinar a más de tres mil indígenas de las provincias Pacajes y Omasuyos, puestos a órdenes del cacique de Laja y Achacachi.

El escribano Luis Eustaquio Balboa salió con el comandante Castro y sufriendo la derrota en Chicaloma logró huir y se internó en las montañas. Apresado por el Ejército realista, fue liberado por Juan José Castelli, a quien escoltó de La Plata a La Paz. Acompañó al jefe argentino el 25 de mayo de 1811 y fue testigo de la proclama del revolucionario porteño en la que daba por concluida la mita y la servidumbre indígena y anunció la devolución de la tierra a los pueblos indígenas. El patriota Castelli fue conocido en el mundo andino como “ídolo de la clase indígena”, “oráculo de los indios” y “General Restaurador de los Indios del Perú”. Redactó un Plan de Reivindicaciones de indios y mitayos, a quienes soliviantó en Oruro y Chuquisaca. Al ser derrotado en Guaqui, salió para movilizar a los indios de Calamarca, Sicasica y Ayoayo contra los españoles “opresores de su patria”.

El jefe realista José Manuel de Goyeneche, vencedor en Sipesipe, viendo cortadas sus comunicaciones destacó una división de mil 200 hombres al mando de Lombera, al que Cáceres y un formidable ejército de indios logró sorprender en altas horas de la noche en Sicasica cayéndoles de improviso y con tal fuerza que alcanzó una victoria de la que solo salvaron la vida Lombera, su capellán y siete oficiales. En 1814 entró en contacto con la guerrilla de Manuel Ascencio Padilla, luego de lo cual se pierde su rastro.

En las filas patriotas otros escribanos tuvieron notable actuación. Mariano Prado formó parte de las filas patriotas de Murillo, a las que sirvió desde su puesto de escribano. Primero fue de Número y luego de Gobernación y Guerra. Participó en la toma del cuartel para dotar de armas al movimiento rebelde. Tuvo importante actuación como escribano de la Junta, autorizando el acuerdo del Cabildo por el cual se declaró la guerra a Puno el 12 de septiembre; de igual manera el acuerdo capitular de los tratados con Goyeneche el 17 de octubre, disponiendo su difusión en carteles colocados en vía pública. El 30 de octubre dio fe de la renuncia de Murillo como miembro de la Junta Tuitiva. Estuvo presente en el proceso contra Rodríguez y Castro, dando fe como escribano que aquellos arrancaron los carteles y los pisoteó. Certificó la ejecución de Rodríguez, afirmando que se realizó en el cuartel a puerta cerrada y antes de haberse firmado la sentencia. Su adhesión a la causa patriota provocó la pérdida de su oficio y su destierro perpetuo de la provincia, habiendo salido rumbo a la Argentina. En 1816 se le restituyó su cargo.

Juan Crisóstomo Vargas, escribano de Número de la ciudad de La Paz, adherente de la revolución, participó activamente en el Cabildo de 4 de octubre de 1809. Formó parte de la Compañía de Milicias de Escribanos como teniente. El patriota revolucionario limeño Juan Manuel Cossío, apodado El Mazamorra, la noche del 16 de julio fue portavoz del pueblo, ocasión en la que buscó al escribano Juan Crisóstomo Vargas, para tratar el asunto de los documentos del crédito público, que luego fueron quemados en vía pública. Fue apresado y posteriormente desterrado hacia Argentina, pero gracias a la revolución de 1810 pudo unirse al ejército de Castelli y retornar a La Paz. En su declaración preventiva, El Mazamorra hace saber “el entusiasmo popular que hubo con motivo de la quema de los papeles del crédito público que en prenda de las deudas al fisco guardaba la Real Caja, alhajas que representaban santos recuerdos de familia”. Llegó a ser Administrador de Correos en 1837.

El escribano Cayetano Vega apoyó a la causa rebelde con dinero y vituallas. El 12 de marzo de 1811 donó una inmensa carpa de campaña muy difícil de conseguir que entregó al capitán de la Sala de Armas, José Benigno Salinas, quien certificó haber “recibido el obsequio que en calidad de donativo ha puesto en esta Sala el Secretario D. Cayetano Vega, dos Ticudas de Campaña tegidas de lana costosamente grandes capases y de toda comodidad y lucimiento propios para un Ejército, con todos sus aperos corrientes para el servicio y uso de las Tropas Auxiliares dirigidas por la Excelentísima Junta Guvernatiba de Buenos Aires (…) siendo su balor por lo más ínfimo de más de trescientos pesos…”.

Aplastada la rebelión, Goyeneche hizo apresar al escribano Cayetano Vega, pero al obtener la libertad continuó su labor patriótica. Goyeneche sancionó al escribano Juan Crisóstomo Vargas con la pérdida del oficio por seis meses, pero este continuó trabajando con los patriotas. Mariano Ricafort le persiguió tenazmente hasta hacerlo fusilar en la Plaza.


  • Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

 

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