octubre 20, 2020

Cholo soy yo, Indio soy yo

por: S. Inés Jaramilllo Doniush *

Hoy en Bolivia, a pesar del protagonismo político y social de las identidades indígena-originario-campesinas, ciertas barreras continúan sin ser franqueadas. En el habla común de las urbes bolivianas, cholo, indio es siempre el otro: él, ella, ellos. Nunca yo, nosotros, nosotras.

En respuesta, algunos bolivianos reiterarán que efectivamente no son indios —ni cholos— y esperarán que se acepte esta negativa a partir de la evidencia que proporcionan sus fenotipos, sus vestimentas, sus ocupaciones, sus lenguajes. También en respuesta —en una perspectiva contraria, pero no en sentido ni modo contrarios—, algunos otros bolivianos dirán que no son “blancos”.

En cuanto a un tercer grupo de bolivianos, todavía está callado y al momento no contamos con el detalle de las opiniones que fueran capaces de producir si salen de la confusión que les impone la maniquea estructura: —blanco/bueno— contra —indio, cholo, todo lo demás/malo—, o viceversa. Se miran al espejo la piel clara (u oscura), se acuerdan de la piel oscura (o clara) de los abuelos y se preguntan si realmente será una cuestión de pieles.

En otros lugares de Latinoamérica este tipo de confusiones se superó cuando quedaron en claro las verdaderas premisas en torno a las cuales se definen las identidades. En el mío, todos somos cholos, todos somos indios, todos somos negros. A diferencia de los bolivianos, en Panamá ya pasamos, sin intermediarios, por la esclarecedora tábula rasa del opresor neocolonial.

Sin importar el azul de algunos de nuestros ojos, lo claro de algunas de nuestras pieles, lo rubio de algunos de nuestros cabellos, lo aguileño de algunas de nuestras narices, la actualidad parisina de algunas de nuestras vestimentas, lo impecable de algunos de nuestros acentos al hablar inglés, para el ignominioso sistema legal de segregación del sur de los Estados Unidos impuesto en el territorio panameño ocupado militarmente desde 1903 hasta 1999, todos los panameños éramos iguales, éramos la enésima clase de seres humanos a discriminar en una absurda jerarquía donde la primera categoría estaba constituida por personas de tez clara de ciudadanía estadounidense, seguida por …absurdus ad infinitum.

A la luz de ciertos principios tal sistema de segregación resulta una abyección. Pero como antes en toda América a partir de 1492, en Panamá a partir de 1903, la fuerza demostró, de nuevo, que la opresión colonial no necesita de principios. Al expoliar al pueblo panameño de una franja de su territorio, de las riquezas de su posición geográfica, el imperio invasor y ocupante nos igualó. Todos perdimos por igual nuestros derechos, fueron desalojados pueblos enteros, se perdieron casas, haciendas, quedaron atrás muy solos los ancestros en sus tumbas, las memorias, los anhelos. Perdimos la riqueza arqueológica de la ruta de tránsito terrestre más importante de la colonia española. Éramos recibidos con las mismas balas y encerrados en las mismas celdas cuando osábamos cruzar la inicua frontera impuesta por el ocupante. Éramos siempre tratados con el mismo desprecio y la misma arrogancia neocolonial.

Fue una nueva versión del acto central de los prestidigitadores del despojo, que antes ya había sido ejecutado mil veces a la vez en cada rincón de Nuestra América. Primero trocando cuentas de vidrio por oro, después trocando identidades, despojándonos del derecho inalienable a ser la digna diversidad que somos para convertirnos, frente al opresor, en indios-cholos-negros-zambos-mestizos al servicio de un patrón de poder colonial, para embutirnos en categorías útiles a la perpetuación del acto de dominación.

Hay gente a la cual el despojo resulta indispensable. Sólo saben vivir de él. Lo llaman con eufemismos como tributo-cesión-privatización-civilizar-república-estado libre asociado. Lo hacen posible ejerciendo la fuerza, desconociendo, ocultando la humanidad de las gentes oprimidas, con frecuencia traicionando legados ancestrales propios, callando y tergiversando la verdad histórica, mintiendo al pregonar la excelente salud de una res publica que nació muerta, que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república, venerando una imaginada blanquitud que nunca existió, ni en Europa, donde demasiadas veces se amaron moros y visigodos, ni en América donde los diversos demasiadas veces hemos sido uno en el amor y en la lucha.

El despojo ha tendido puentes de plata sobre el Atlántico. Ha cruzado muchas veces las fronteras identitarias pero sin haber cambiado nunca su dinámica esencial: la de la fuerza. Fuerza directa usada en batallas sin honor, y fuerza indirecta —la necesaria negociación con los traidores— que cuando el genocidio no ha sido posible, ha permitido la efectiva continuidad de la subyugación.

Es la expoliación-despojo, a merced de la cual está la fuerza-opresión-conquista-ocupación-colonia-neocolonia, la única forjadora de identidades principales, todas las demás son accesorias.

Son antagónicas y son sólo dos las identidades principales: expoliadores-despojadores, por un lado, y expoliados-despojados por el otro. En ellas han podido llegar a fundirse todas las demás identidades: las nacionales, las étnicas, las culturales, las fenotípicas, las religiosas, las intelectuales, las familiares. De eso ya supo una nación tan consolidada como Francia en la última década del siglo XVIII cuando ciertos franceses se aliaron con príncipes alemanes con quienes pactaron la invasión y repartición de su país a cambio de la derrota de la Revolución y el retorno de sus privilegios feudales. Lo volvió a saber en 1940, cuando ciertos franceses entregaron de buena gana su país a los invasores hitlerianos. Lo saben los noruegos quienes el mismo año vieron a Quisling hacer lo mismo. Lo saben los irlandeses católicos cuyos curas organizaron misas para pedir por el triunfo de los ateos revolucionarios franceses que habían declarado la guerra a sus opresores ingleses. Lo supo Tupac Katari que en la guerra de liberación que lideró ordenó el ajusticiamiento de los indígenas-originarios considerados colaboradores de los colonialistas pobladores de La Paz. Lo supieron las autoridades coloniales de La Paz que una vez lograda la victoria militar sobre Katari y Sisa procesaron y ejecutaron a los españoles y criollos que habían servido a las órdenes de estos líderes en aquella gloriosa gesta emancipadora que aún nos sustenta.

En Bolivia, el desmontaje del Estado Colonial es el desmontaje de una opresión que para justificarse ha hecho perdurar sus “identidades” accesorias, las del desprecio, las de la degradación, las que han disfrazado las verdaderas, las milenarias, las del orgullo, las del trabajo, las de la solidaridad.

Desde que la humanidad guarda memoria histórica la dinámica que nos muestra es la de las identidades accesorias consolidándose o fundiéndose frente a las identidades principales. No es una dinámica fácil ni unívoca, es muy compleja y frente a cada complejidad hay que luchar por darle una dirección.

Puede servir para descabezar toda oportunidad de revolución proletaria invocando al nacionalismo de los obreros europeos para que combatan por los intereses del capitalismo financiero en la Primera Guerra Mundial. Puede servir para combatir por una sociedad mejor —¡Gloria eterna a los miembros de las brigadas internacionales, provenientes de más de 50 países que dieron su vida luchando por la República Española!—.

Puede servir para desmontar un Estado Colonial y su Pseudorepública. Puede servir para desmontar la opresión.

Hay una raza vil de hombres tenaces De sí propio inflados, y hechos todos, Todos, del pelo al pie, de garra y diente: Y hay otros, como flor, que al viento exhalan En el amor del hombre su perfume… De alma de hombres los unos se alimentan: Los otros su alma dan a que se nutran Y perfumen su diente los glotones…

*     Trabaja en la universidad de Panamá y cursa la maestría en Ciencia Política y Filosofía en el CIDES-UMSA

Be the first to comment

Deja un comentario