agosto 27, 2026

El Carnaval: un contraimaginario liberador

por: Pilar Uriona Crespo

Adentrarse en las lógicas festivas del Carnaval, intentando interpretar sus sentidos, así como el simbolismo de las etapas o secuencias en que éstas se desenvuelven es un camino interesante —mi favorito quizá— para comprender cómo las formas de vinculación social, cultural y económica no están despojadas de cierta ritualidad, que actúa como lente para intentar ordenar y aprehender nuestras percepciones individuales y nuestras experiencias subjetivas.

Ciertamente, cualquier espacio de celebración termina constituyéndose en un escenario donde se montan representaciones y se recrean espectáculos participativos que permiten flexibilizar el ánimo, conferir menos dramatismo a la vida cotidiana. La fiesta permite pues reinventarnos como personajes, invertir nuestras vivencias, exagerar e ironizar lo que día a día angustia, en una especie de rebelión y de ejercicio de control supremo sobre nuestra vida.

Festejar el Carnaval es por tanto más que un momento de regocijo; es un acto de poder, una forma de contactar con la potencia creativa que todos y todas llevamos dentro. Es, como señala Mijail Bajtin, la oportunidad que tenemos cada año como ciclo de situarnos en las fronteras entre el arte y la vida.

El Carnaval entonces inyecta en las vivencias la excentricidad necesaria para imaginar dinámicas populares de relación subconsciente donde la danza y los cantos no sólo expresan el placer del encuentro amistoso sino proyectan los deseos subconscientes que motivan a expresar nuestras múltiples máscaras y personalidades, es decir, aquellas facetas que, antes que como seres esquizofrénicos, nos definen como seres múltiples, incoherentes, pero profundamente necesitados de una liberación transitoria.

Fomentar el exceso social, tolerarlo dentro de un espacio y tiempo delimitados, el del rito y el espectáculo popular, pone en relieve la existencia de una segunda vida, de un momento paralelo en que podemos inventar cosmovisiones propias.

Así, mientras las fiestas oficiales y solemnes consagran un orden existente, confirman las jerarquías, las normas y los valores que señalan las desigualdades, el carnaval y las demás fiestas populares cuestionan ese orden y lo invierten, recordándole al poder que, aunque sea de manera ficticia, es posible recuperar historias ya existentes y crear una contra-imaginería grupal, furiosa, compartida en torno a una percepción de lo humano donde lo contradictorio no se descalifica sino se toma como una pauta de auto-conocimiento y como un derecho intrínseco a dejarnos ser a dejarnos estar, así en infinitivo, sin que medien juicios represivos.

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