octubre 28, 2020

Viaje a la Amazonía profunda

por: Carlos G. Zambrana Lara

Anoticiado de que la ciudad de Cobija, capital del departamento de Pando, festejaría su 105 aniversario el 9 de Febrero, decidí que era una buena oportunidad para cambiar los gélidos aires paceños por la canícula del noroeste. Me hice aplicar una buena dosis de complejo B, para evitar el ataque de los mosquitos y salí de La Paz con destino a la lejana Amazonía. No tenía idea de que me esperaba una larga travesía, recompensada con una agradable experiencia de viaje. Previamente opté por un pollo frito made inVilla Fátima; comí como perro prisionero, pensando que el bus partiría por lo menos “semi” puntualmente, pero la “Flota Yungueña” rindió culto a la proverbial “hora boliviana” y partió con más de dos horas de retraso.

Una hora después de atravesar la Cumbre, comenzamos el descenso hacia los Yungas. Las cerradas curvas de la “ruta de la muerte”(mundialmente conocida comodeath road), me mantienen sobresaltado, con la nariz pegada a la ventanilla. La niebla, por momentos muy densa, le agrega un toque siniestro al camino. No puedo evitar un mal pensamiento: “en el asiento nº 17 fue hallado un occiso masculino de entre 23 y 25 años de edad…” Al final del primer día de viaje, el camino zigzaguea por montañas cada vez más bajas, al acercamos a las últimas estribaciones de la cordillera andina.

Al día siguiente amanecemos en Alto Beni, más adelante, casi llegando a Yucumo aparecen platanales, junto a árboles de papaya y mango. La yungueña estuvo muy necia todo el día, dos plantones requirieron de complicadas maniobras del chofer y sus ayudantes que retrasaron nuestro avance por algunas horas. La temporada de lluvias se deja sentir en el estado de la ruta, además el cielo aparece cubierto de nubes que impiden ver las estrellas, en cambio miles de luciérnagas (o curucusí, como se la llama en el oriente) forman una constelación intermitente en el escenario selvático. Al anochecer llegamos finalmente a Rurrenabaque, la perla turística del departamento del Beni, situada sobre la orilla derecha del río del mismo nombre.

El primer tramo del trayecto, LP-Rurre, fue completado en 28 horas!, mucho más de lo que se requiere durante la estación seca. Si bien es cierto que en está época del año el camino se deteriora debido a las lluvias, no es menos cierto que la informalidad de las empresas de transporte tiene algo de culpa en la excesiva demora, y aunque generalmente los choferes son efectivos solucionando problemas “sobre la marcha”, vendría bien un poco de organización y menos improvisación. Por otro lado, es evidente que sobrecargan los vehículos para tener más ganancias por la recepción de encomiendas; haciendo números se trata de un negocio, con amplios márgenes de rentabilidad.

Por la mañana del tercer día, se abre ante nosotros la llanura beniana, como una gigantesca mesa de billar. Sobre los extensos pastizales se halla disperso el ganado vacuno, máxima riqueza del Beni. Por trechos, dominan el horizonte cientos de nidos de hormigas, algunos de hasta un metro de alto por un metro de diámetro; se yerguen como torreones sobre la abierta y despejada pampa. En la provincia José Ballivián, sobre la carretera de tierra colorada se suceden poblaciones y establecimientos ganaderos con nombres extravagantemente extranjeros, como “Australia”, “Hamburgo”, “Marsella” o “Las Vegas”, junto a otros más “domésticos” como “El potrero” o “Santa Blanca”.

Más tarde llegamos al denominado “triángulo”, donde la ruta se bifurca, hacia el noreste se va hacia Riberalta, capital de la provincia Vaca Díez, y hacia el oeste el camino se dirige a Peña Amarilla (sobre el río Beni), límite interdepartamental. Después de comer un bife James Bond (con “nervios de acero”) acompañado con un escabeche de ají “gusanito” (la variante oriental del locoto), reponemos fuerzas para emprender el tercer y último tramo del viaje, atravesar el departamento de Pando de sureste a noroeste. Esta última etapa impone una primera prueba: cruzar en pontón el ancho río Beni.

Ya en la provincia pandina Madre de Dios, la llanura da paso a un terreno ondulado de espeso monte alto, mucho más húmedo que la pampa beniana con sus islas de bosque dispersas. Unas horas más tarde se arriba al puerto El Sena, en la confluencia de los ríos Manurimi y el caudaloso Madre de Dios (en este puerto se asienta la estatal Empresa Boliviana de Almendras, dedicada al beneficio de la castaña). Las persistentes lluvias hicieron reblandecer la empinada plataforma de acceso al puerto y debemos pasar la noche junto al río, donde enjambres de mosquitos alteraron el sueño. Tras media hora de navegación en pontón se cruza el portentoso río.

Después llegamos a la población de Puerto Rico, capital de la provincia Manuripi, a la vera del río homónimo. Tres horas más tarde, estamos en Porvenir, sobre el río Tahuamanu, allí un monumento recuerda a los campesinos asesinados en septiembre de 2008, por la intolerancia política y la discriminación étnica. Es notable la cantidad de camiones que transitan la vía, desde Riberalta y La Paz. Media hora más tarde arribamos por fin a la capital pandina. Ha sido un viaje excesivamente largo (en total 1.250 kilómetros, recorridos en 74 horas, en ese mismo tiempo hubiéramos podido llegar a Tokyo), pero sin duda vale la pena: los cobijeños reciben al visitante con los brazos abiertos. Felizmente, pudimos asistir a los festejos por los 105 años de la fundación de este puerto (9 de febrero de 1906).

En Cobija se practican costumbres adquiridas del vecino Brasil, se come farinha(harina de yuca), se bebe caipirinha (bebida a base de cachaça, limón y azúcar) y se baila al ritmo del forró (popular música brasileña). Sin embargo, ni la vecindad con las ciudades de Brasiléia y Epitaciolandia ni el fluido intercambio comercial, menoscaban la identidad cobijeña, tradicionalmente de raíz oriental, pero con fuerte aporte del occidente. Así, se encuentran muchas chicharronerías, se escuchan taquiraris y morenadas e infaltablemente se toma cerveza “Paceña” (últimamente apareció “Bahía”, producida localmente), a pesar de la competencia de las brasileñas “Brahma”, “Samba” y “Antarctica”. Es fácil encontrar potosinos de origen que echaron raíces en Pando y hablan con marcado acento “camba”, con hijos que son ya enteramente amazónicos (como dice aquella canción del Papirri).

Era obligación internarnos, aunque sea algunos pocos metros, en la espesa y exuberante floresta amazónica. Allí conocemos a dos gigantes de la selva: la siringuera y la castañera. Estos dos árboles, en distintos momentos históricos, sostuvieron la economía pandina y determinaron las relaciones sociales de la región. La siringuera (Hevea Brasilensis, mide entre 15 y 40 metros de altura), que produce el látex, conectó el norte amazónico con el mercado mundial de materias primas, en las primeras décadas del siglo XX, dando lugar a un auge regional y la formación de grandes fortunas. El árbol de la castaña (Bertholeta Excellsa, puede llega a medir 50 metros de alto), desde hace más de diez años constituye el pilar fundamental de la industria extractivista de Pando, que da trabajo a cientos de personas y genera millones de dólares en exportaciones.

Es necesario crear conciencia sobre la conservación de este espacio sorprendentemente rico en recursos, amenazado por la actividad humana como otros escenarios naturales del país. La depredación es provocada por distintos agentes y en distinto grado, no sólo las empresas madereras que talan el bosque, o los narcotraficantes que vierten residuos tóxicos en los ríos, también los campesinos que “chaquean” sin medidas para prevenir la propagación del fuego y los viajeros que, a cada minuto, arrojan por la ventanilla del bus bolsas nylon y baterías alcalinas. Quizás como mecanismo de defensa, la selva amenaza al invasor con la malaria, el dengue y otras enfermedades mortales.

Tres cosas nos quedan de este viaje a lo profundo de la Amazonía boliviana. La excesiva demora y dificultad para llegar a la capital de Pando se debe por un lado al deterioro de los caminos y por otro a la informalidad de los transportistas; existe un importante flujo comercial generado por las ciudades de Riberalta y Cobija, lo que debería motivar el mejoramiento de las rutas de penetración al norte del país; pero sobre todo la impresión más poderosa nos la dejaron el encanto y los atractivos particulares de Cobija, por su cualidad amazónica y su situación fronteriza. Nos resta invitar a los compatriotas poco adeptos a recorrer la geografía nacional, a conocer Cobija, la “perla sobre el río Acre”.

FOTOS EN ORDEN DE APARICIÓN:

•     Vista parcial de la ciudad de Cobija

•     Monumento a la Guerra del Acre

•     La Amazonía boliviana

•     La yungueña cruzando el río Beni

•     El río Acre y el “Puente de la Amistad” que une Bolivia y Brasil

Be the first to comment

Deja un comentario